“Sí, pero ya no escribo. ¡No puedo escribir! ¡No sé qué me pasa!”. Y cerrando la puerta dejé la  habitación de mi madre. “A la gente le encanta lo que escribes”, me había dicho. Es cierto: mi  pluma ha sido faro en la noche de algunos corazones, atalaya defensiva frente a la nebulosa  incertidumbre provocada por una sociedad cada vez más relativista, cada vez menos humana.  Pero llevo unos meses…, unos meses ¡en los que no puedo escribir nada! No sé qué me pasa.  Será por culpa del ajetreado horario universitario; o acaso porque, simplemente, he dejado de  leer. De leer, digo, literatura: manuales filosóficos he ingerido a granel. Dudo que sea casualidad  que el momento en el que más escribo del año sea el verano, coincidiendo precisamente con el  período en el que más leo y menos estrés tengo. Mi labor estival se reduce a ir —a caballo entre  la bici y el tren (qué ganas tenía de tejer esta frase)— a una tranquila piscina a pasar unas diez  horas leyendo, contemplando hermosos jardines al son del gorjeo de las golondrinas y  agasajando a los (más bien pocos) usuarios con una deferencia y cordialidad que en ocasiones  redundan en sustanciosos diálogos. Sí: llevo desde mis dieciocho años trabajando los veranos  de socorrista para sacarme un dinero; y siempre —aunque algunas veces no se me ha concedido  y me he tenido que aguantar— he pedido las piscinas más tranquilas, esas que cualquier otro  rechazaría porque le supondrían un aburrimiento insoportable, para así poder tener mis  vacaciones soñadas: que me paguen por leer. 

¿Serán la tranquilidad, la lectura y la conversación serena los motores de un escritor? Es la  primera vez que me hago una pregunta directamente, sin premeditación, y la trato de responder  sobre la marcha mientras —¡paradoja!— escribo. No sé si son requisitos universales inexorables,  pero empiezo a percibir que en mi caso particular tienen las tres, lectura, tranquilidad y  conversación, un peso considerable. Y es que en todo el cuatrimestre no he escrito ni un solo  artículo, mientras que este mismo verano las palabras me brotaban de la mente, me salían a  troche y moche del entendimiento y en tropel bajaban hacia mis manos para plasmarse en  decenas de ellos. 

Decía Valentino Bompiani que “un hombre que lee vale por dos”. Quizá sea verdad; quizá leer  haga posibles mundos infinitamente más ricos, más copiosos de alternativas, de elementos, de  profundidad; quizá leer sea esa sempiterna fuente de pasión, de creatividad, de ideas que todo  escritor anhela con tesón irrefrenable. Lo que está claro es que en este mismo momento es la  lectura, aunque sea meramente como concepto, la que me está dando alas, la que está  impulsando con su soplido la vela del bajel de mis pensamientos. 

Me vuelvo a la habitación de donde salí apesadumbrado, a la habitación en la que expresé a mi  madre la desazón que mi antes prolífica pluma, con su actual sequedad, estaba provocando en  mi corazón. “Mamá, le digo, creo que ya se me ha pasado. Escribir no es como hacer barquitos  de papel: requiere un tema, un estilo, una estructura ordenada y coherente…, pero, sobre todo,  requiere inspiración; y eso no puede elegirlo el escritor”. Me pide mi madre que prosiga con mi  conclusión. “He descubierto lo ligada que está la escritura a la creatividad, a la imaginación, y lo  importante que es, por ello, que un escritor lea, que lea mucho, que lea libros de todo género,  pero sobre todo que lea prosa literaria, rica en imágenes, ideas, narraciones. He descubierto que  la creatividad llega cuando quiere, pero que un ambiente cálido, sustancioso en libros, novelas  y ensayos, acelera su llegada. He descubierto, en fin, que la lectura es y debe ser mi fiel  compañera en este apasionante viaje que es la vida; que los libros son los mejores amigos del  alma; que sin ellos la mente se queda huérfana, porque por mucho que estudie le faltarán los  propulsores del corazón, y esos propulsores solo los brinda la prosa literaria”.

Pasado un rato, dándole un beso, me voy al salón a disfrutar de ese magnífico placer que supone  escoger un libro de una librería. ‘Los cuatro amores’ de Lewis es el elegido. Lo abro por un  capítulo al azar: el afecto. Pronto surgirán de nuevo las simientes de la prosa y del verso; pronto  será alumbrado, con el fulgente faro de la creatividad, el alado regato de la escritura que  caminaba lejos de mí. Confío plenamente en ello. Gloria al arte sempiterno de la prosa escrita.  Gloria, sí, y gloria sobre todo a ella, porque hace posible que la historia siga su cauce, que los  que andábamos perdidos encontremos el camino; porque hace posible, en definitiva, que el corazón palpitante de la escritura siga latiendo con ritmo y vida, siga regando los manantiales  del pensar, el sentir y el querer del hombre. 

 

1 Comentario

  1. Esperamos que sea algo transitorio,y que le llegue pronto la inspiración,quizás los acontecimientos actuales,y la actitud de gente cercana hagan que se le quiten a uno las ganas de todo,ánimo!.

    Comienza por apagar el televisor,y luego haz terapia para aislarte de gente toxica,a veces gente incluso de la misma familia.

    Y como decía Lola Flores,da por cada desengaño una sonrisa…aunque en estos tiempos se le puede desencajar a uno la boca,un saludo.

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