De aquellos tiempos de la niñez en los que uno empleaba buena parte del día a jugar en la calle, no guardo ninguna imagen en mi memoria que no sea la del jolgorio, la riña y vuelta a empezar. Emociones estas, cuyo reflejo en los rostros ya lejanos de aquellos compañeros de juegos, no tienen nada que ver con las que ahora contemplo en las caras “ausentes” de buena parte de la chiquillería.

Se nos disculpará la nostalgia. Sí, es cierto que han transcurrido cuarenta años, pero es que ese modo de vida, donde los niños jugábamos en las calles mientras los padres se dedicaban a sus cosas, ha cambiado tanto que hoy es raro ver a pandillas de chavales retozando por el barrio. Porque los niños ya no salen de sus casas como antes. Ya no juegan a los juegos que jugábamos nosotros, que eran los de nuestros padres y los de nuestros abuelos: las canicas, la peonza, la piedra arrojadiza, la goma, la rayuela, el churro, el pilla-pilla, la comba, el escondite inglés, etcétera. Ahora, estos juegos se han convertido en reliquias de un pasado que nuestros infantes apenas conocen de oídas y que amenazan con perderse de manera irremediable.

Siglos de tradición se esfuman como por arte de magia. Y nunca mejor dicho, pues todo apunta a que podría tratarse de otro caso más de “prestidigitación social” a manos del Estado profundo; que, cual mago bien trajeado para la ocasión, deslumbra al público desde su privilegiado escenario televisivo desplegando sus falsas luces de neón y sus ilusorias promesas de ciencia al servicio hombre.

Los diferentes dispositivos tecnológicos, cual “casita de chocolate” del cuento de los hermanos Grimm, seduce a nuestros infantes –y antes a sus mayores— con el resultado que todos conocemos. Porque la infancia es el primer punto donde estas élites actúan en la consecución de sus aviesos planes. Formar seres despegados de su medio natural, a través de tecnología que sustituya el componente lúdico natural por el artificial, es el mejor modo de conseguir individuos adultos sumisos y esclavizados.

Porque no se trata de la mera desaparición de unos juegos infantiles porque ya no tienen cabida en la era tecnológica. Aquí parece haber “gato encerrado”, pues privar al niño de los instrumentos cognoscitivos propios de su naturaleza humana y, lo que es todavía peor, sustituirlos por otros de carácter tecnológico o artificial no parece algo inocente. Todo apunta a un fin premeditado de fomentar el atontamiento o idiotización de nuestros hijos instaurando una suerte de dependencia que los convertirá no solo en sapiens limitados o intelectualmente disminuidos, sino, peor aún, en seres definitivamente desconectados de su portentosa esencia espiritual.

Y este es el punto a donde queríamos llegar, pues son dos las palabras que hemos utilizado más arriba para definir a la “semilla del mal” que está siendo implantada en el género humano desde sus primeros balbuceos conscientes: “artificial” e “intelecto”.

Ahora ya podrán sorprenderse al comprobar que hace apenas unos días la Real Academia Española (RAE) declaró al nombre compuesto “Inteligencia artificial” palabra del año 2022. Pero no se sobresalten demasiado, pues el año anterior la palabra seleccionada fue “vacuna” y en el 2020 “confinamiento”. ¿Les suena?

No hay duda de que todo esto emite cierto “tufillo sulfuroso” de cuyo hedor no escapan ni instituciones tan renombradas ni tan, presuntamente, filantrópicas como aparentaba ser la RAE. Nos hallamos, en tal caso, ante una especie de transhumanismo tolerado, que consiste en poner a instituciones de hondo calado humanista al servicio de la causa cibernética.

Subvertir los modelos y los valores de manera descarada parece ser la premisa de estos tiempos. La institución que ha de velar por la pureza de la Lengua española como garante de la conciencia colectiva se rinde ante el “Príncipe de este mundo”. Ya puestos, en vez de “Inteligencia artificial”, ¿por qué no escoger el nombre de “Inteligencia saturnal”?

Resuenan en mis oídos las palabras de ese gran humanista de nuestros tiempos que fue Salvador Freixedo, que en su extensa obra divulgativa siempre trató de invitar al lector a someter todo lo que se le ofrece como verdades inmutables al criterio de su propia inteligencia: “El rito grande que el hombre tiene que practicar en esta etapa que le ha tocado vivir en este planeta es el uso de este gran sacramento que es la inteligencia”.

Desde una perspectiva consecuente con la evolución de la especie humana, la “inteligencia artificial” consistiría en el anuncio de la mayor traición perpetrada por el hombre contra sus propios congéneres, pues la sustitución por una máquina “pensante” relega al hombre a la condición de “bruto” o cabaña. Ahora bien, puesto que el latrocinio es tan evidente, las élites oscuras que entre bastidores mueven los hilos a través de programas globalistas de ingeniería social, necesitan engañar a las masas para que se muestren sumisas y no se rebelen ante su propia extinción como especie sapiens. Por eso la idea que proyectan es la de la máquina al servicio del hombre, y al hombre elevado a la figura de demiurgo.

Nada más lejos de la realidad. La palabra “inteligencia artificial” constituiría en sí misma una cortina de humo para ocultar la verdadera finalidad que persiguen las élites que la difunden: el transhumanismo. Y para ello se valen de toda una corte de “expertos” en todos los campos del saber que ofician de Judas en esta nueva adaptación de las SSEE a nuestros tiempos.

Bajo el cubilete, el trilero del Estado globalista oculta dos tipos de bolita: una con la intención de mostrarla al incauto mientras se va elevando la apuesta (la máquina inteligente), y otra reservada al final de la partida cuando la víctima lo tiene todo perdido (el homo-ciborg).

No se olviden SSMM de regalar a sus hijos por Reyes eso que tanta ilusión les hace.

 

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