Dedicado a los incomprendidos enfermos de electrohipersensibilidad EHS.

Decíamos ayer… que los campos electromagnéticos (CEM) alteran el metabolismo del oxígeno, produciendo numerosas enfermedades. Pero el resto de animales, e incluso las plantas, también metabolizan el oxígeno, gracias a las porfirinas. Y también sufren daños a causa de los CEM.

Todos tenemos en mente la gripe porcina, la gripe aviar y hasta la covid, de la que se especularon las teorías más estrambóticas de contagio, con pangolines y murciélagos por medio.

Lo que hay de cierto en todo ello es que esos animales, y todos los del planeta, en realidad sufren el mismo factor ambiental: los CEM.

Cualquier apicultor sabe de las penurias que sufren desde 1996 las abejas. Casualmente, desde la extensión masiva de la telefonía móvil, y particularmente en las proximidades de las antenas. Porque no es casualidad –para su desgracia- que los insectos tengan también antenas, que realizan su trabajo con las radiaciones artificiales igual que con las naturales.

O los centenares de aves muertas misteriosamente en las proximidades de las antenas. Porque las aves, a diferencia de las animales terrestres, en vuelo no pueden descargar a tierra la radioelectricidad que reciben.

Y no solo mata a las aves, también daña su sistema neurológico, como ocurre con las palomas mensajeras, que desde ese mismo año se extravían como no lo habían hecho nunca. 

Poblaciones enteras de aves, incluso los ubicuos gorriones, desaparecen de las proximidades de algunas antenas.

En los zoológicos, y sin cambios en la dieta, no sólo aumentó el número de enfermedades coronarias, también aumentó el sobrepeso, y hasta 10 veces el número de tumores cancerosos.

Gracias a esta coincidencia, en la que los animales sufren nuestras mismas dolencias, las autoridades aprovechan a menudo para lanzar nubes de humo sobre la verdadera causa de nuestros males. Acusan a una especie cualquiera, ya sea cerdo, gallina, caballo, perro o gato, de contagiarnos tal o cual enfermedad y sacrifican innecesariamente a miles de ellos. Con este proceder nos infunden pánico, al tiempo que, como el prestidigitador, nos llaman la atención sobre un aspecto inocente (un supuesto virus) para ocultarnos al verdadero culpable (los CEM).

Respecto de la vegetación, los árboles también sufren innumerables daños a causa de los CEM.

En los años 90 se habló mucho de los bosques afectados por la lluvia ácida. Sin embargo nadie nos contó que aquella lluvia era muy extraña, porque en muchos lugares afectaba sólo a una ladera, la orientada hacia una antena o un radar, y no afectaba a la opuesta. Y los árboles de la ladera afectada tenían el anillo de crecimiento algo más pequeño, no en el lado norte, como es lo habitual en el hemisferio Norte, sino en el orientado a la antena o al radar. 

Donde los radares fueron eliminados, la “lluvia ácida” desapareció, y los árboles volvieron a crecer normalmente. Casualidades.

En Alaska hay registro de árboles dañados desde época tan temprana como 1916, pero es que allí, en Sitka, se instaló una antena de radio de largo alcance en 1907.

En el Amazonas aparecieron bosques dañados en 2005. Inicialmente se le echó la culpa, como no podía ser de otro modo, al calentamiento global y la sequía. Pronto se vio que la sequía no producía efecto alguno en determinadas zonas, mientras que en otras, donde no hubo siquiera sequía, había importante devastación. 

Lo que ocurrió realmente fue que, en 2002, EEUU desplegó en Brasil un sistema de radiocontrol de la selva, para monitorizar el movimiento de guerrilleros y narcotraficantes, que costó 1.400 mill. de dólares, e incluía 35 radares, 200 estaciones flotantes, 8 aeronaves con radar y centenares de otras instalaciones. Los funcionarios que lo controlan se jactan de que se enteran si alguien pisa una rama en cualquier lugar del Amazonas. Pero esto ha sido a costa de la selva y de la gente que vive en ella y de ella.

Para salir de dudas, en Colorado, EEUU, se hizo en 2007 un experimento. Este estado cuenta con una completa red de 203 estaciones de radio que cubren todo el territorio. El experimento: se plantaron 27 álamos temblones, 9 protegidos por pantallas de aluminio opacas a las radiaciones electromagnéticas, otros 9 con pantalla de fibra de vidrio, transparentes a la luz y a la radiación, y otros 9 sin protección alguna. 

La radiación la proporcionaban las antenas de la zona. 

En dos meses, los álamos protegidos por una pantalla metálica habían crecido un 74% más que el resto. La pantalla de fibra no tenía efecto alguno. 

En 4 meses el aspecto de los álamos protegidos por aluminio era infinitamente mejor que el de los otros 18.

Como podemos ver, la culpa de la deforestación la tiene el calentamiento global, la lluvia ácida, la televisión, que hace rallas, y la abuela, que fuma.

Y no descartemos que, cualquier día, nuestras autoridades acusen a las petunias o los crisantemos de contagiarnos un extraño retrovirus cuando las olemos, que los nuevos enfermos contagiarán al resto de humanos con la mirada. Otra vez todos en pánico encerrados en casa, esta vez con gafas oscuras, “por nuestro bien”.

Eso sí, cuando fueron los tomates los que nos mataron, ese día hicieron un malabarismo para echar la culpa al aceite de colza. La CIA manda. Pero eso es otra historia y será contada en otro momento.

Con la última entrega (19) se adjuntará el ensayo completo en pdf.

Si consideras importante la información contenida en este ensayo y quieres contribuir a su investigación y divulgación, puedes colaborar con tus aportaciones aquí: ES64/2103/7029/7800/3000/0893

 

4 Comentarios

  1. Aquí dejo un enlace sobre la toxicidad del grafeno en plantas y animales y un antídoto, para el que le interese.

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