Las Navidades se han convertido en “fiestas de invierno” en celebraciones paganas para comer, beber y dar rienda suelta a los sentidos. Son fiestas del ocio y para el ocio, que poco se diferencian de las saturnales o las dionisíacas. La decoración de las calles invita al jolgorio y a las compras compulsivas, pero nada que llame a la espiritualidad y a reflexionar sobre lo que en realidad estamos celebrando. Algún Belén medio escondido en algún pueblo perdido donde aún no ha hecho presa el laicismo, pero poco más. Los símbolos cristianos se han sustituido por figuras geométricas sin sentido que también podrían servir para carnaval o, si me apuran, para el día del orgullo gay. Lo más tradicional que encontramos es algún Papá Noel despistado, el viejo gordito a quien los publicistas de la Coca-Cola vistieron de rojo para vender “la chispa de la vida” en invierno. ¿Dónde están los ángeles de neón que atravesaban caminando las calles importantes de las principales ciudades de España? ¿Dónde está el portalito con el Niño Jesús, la Sagrada Familia y el ángel anunciador? ¿Y los Reyes Magos? Ya ni siquiera se ve la estrella con su larga cola.

Canales en Telegram 👇👇👇
👉 El Diestro https://t.me/ElDiestro
👉 El Diestro TV https://t.me/eldiestrotv
👉 Lo que no te cuentan las televisiones  https://t.me/LoQueNoTeCuentanLasTelevisiones 

No estoy teniendo una crisis de nostalgia ni suscribo que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero siendo honestos, debemos resaltar algunos valores que se han ido diluyendo en los llamados avances de la civilización y eso sí me aviva un sentimiento de tristeza. Uno de los años de mi niñez hubo un concurso de frases navideñas en radio Intercontinental de Madrid. Todos los días leían lo que los oyentes iban enviando. No me pregunten cuál era el nivel literario; supongo que bajo, porque los poetas de altura estarían a sus cosas. Pero les puedo asegurar que el espíritu navideño de los participantes estaba muy presente. Recuerdo la sencilla frase ganadora: “Si Navidad es paz y alegría, hagamos Navidad todos los días”. Precioso decreto que quizá en aquel momento no entendí, pero nunca olvidé. El autor era un cocinero del Hotel Palace. ¡Cómo cambian los tiempos! No sé si hoy encontraríamos algún cocinero capaz de sentir así el espíritu navideño y llamar a la radio a cambio de nada. Ellos también son víctimas de los tiempos distópicos y frívolos que vivimos. Los cocineros de hoy aspiran a ser couchers en los programas de televisión, tipo “masterchef”, donde humillan a los ingenuos concursantes cuando osan utilizar algo tan obsoleto como la receta de mamá o de la abuela. A buen seguro que la abuela no desestructuraba los platos, ni caramelizaba la cebolla, ni empleaba nitrógeno líquido, ni virutas, ni crujientes con aromas varios para paladares insatisfechos que ya lo han probado todo. Yo me río mucho con la nueva jerga de los chefs de la alta cocina y con los esnobs que casi en estado de éxtasis degustan estos platos de largos nombres. Es otro síntoma de la banalidad actual. Entiendo que esto es una moda, una industria y que hay que verlo desde este prisma, pero no deja de ser una majadería. Confieso que en alguna etapa de mi vida también fui víctima del esnobismo y frecuenté este tipo de restaurantes, que se han convertido en una suerte de santuarios laicos, con personal envarado y casi militarizado.

El polo opuesto a esta cocina de mínimos y florituras, servida en grandes platos con salsa dibujada, lo constituyen las pantagruélicas cenas de Nochebuena y Nochevieja. Cada año por estas fechas la sociedad se vuelve histérica. Me llamó la atención cuando hace tiempo viajé a Venezuela un poco antes de Navidad y vi que las mujeres andaban como locas comprando hojas de plátano o de bijao para hacer las hallacas, una especie de tamales o pastelillos, típicos de estas fechas, hechos de pasta de maíz rellena con carne, alcaparras y aceitunas. Me parecía que aquellas mujeres, sin distinción de clase social, eran unas exageradas. Pero aquí seguimos la misma dinámica.

No puedo evitar asombro cuando veo las interminables colas para conseguir nécoras, angulas o cabrito. Viendo estos días las compras desaforadas da la impresión de que el mundo se acabará el diez de enero o que recién hemos salido de una guerra con su hambruna correspondiente. A todos nos gusta compartir con familia y amigos, incluso excedernos un poco en comidas y bebidas. Es bueno y saludable brindar y festejar. Pero lo exagerado y ostentoso nos convierte en horteras. Si en el frontispicio del templo de Apolo en Delphos rezaban las palabras “Ne quid nimis” (nada en demasía), que el gran Horacio nos transmitió a través de sus Odas, no está de más recordarlas para recobrar una mínima dosis de moderación. 

Crece el paganismo a grandes zancadas, pero no un paganismo culto y sincretista, del que tanto nos habla Julio Caro Baroja o Mircea Eliade, que nos acerca a los albores de nuestro pasado y a todo el simbolismo ancestral escrito en la naturaleza, sino un paganismo salvaje. Con estos polvos, no es de extrañar que nos revolquemos en el lodo de la barbarie.

 

4 Comentarios

  1. ¿Qué son las tradiciones en realidad? Hace un par de meses estudié un poco esto y para mi sorpresa me encontré que las navidades del siglo 20 no tenían casi nada que ver con las del siglo 19 y así con las demás, al final la vida es un constante cambio y no hay que tomarselas al pie de la letra, el cerebro tiende a pensar que el pasado fue mejor porque el cerebro en pro de nuestra salud tiende a recordar más las experiencias positivas que las negativas y nada más lejos de la realidad, hoy en día estamos mejor que nunca, calidad de vida, avances, es mucho más fácil socializar con internet, todo es mejor, lo único que hay que hacer es un pequeño esfuerzo para adatarse a cambios que a la postre mejoran nuestra vida

  2. Yo soy muy Grinch de las Navidades,estoy deseando ya que sea día 7 de enero .
    Es todo hipocresía y falsedad.

Comments are closed.