¿A costa de quién viven los políticos, sus cohortes, los subvencionados y los que más se quejan siendo los que menos aportan al erario español? Se han publicado los datos de población activa correspondientes al tercer trimestre del presente año, que son: 

  • Los trabajadores españoles, de nacimiento o nacionalizados, sobre el total de la población nacional es del 42,61% y representan el 87,18% del total de trabajadores.
  • Los extranjeros sobre la población total española es del 11,72% de los que trabajan el 47,37% que a su vez representan el 12,82% del total de trabajadores.

Todos estos datos quedan desvirtuados en la realidad del día a día de acuerdo con la información que facilita la Fundación de Estudios de Economía Aplicada, que añade otras 441.000 personas que en realidad cobran de las arcas públicas, que son los llamados fijos discontinuos de ese trampantojo cuyo copyright ostenta la vicepresidenta comunista Yolanda Díaz.

En cuanto al engrosamiento de los empleados públicos, esos agraciados por su pertenencia el poder establecido en cada momento, ha alcanzado un total de 3.506.200 personas, la mayor cifra en la historia de España.

Fuente: Libremercado

¿Qué diferencia hay entre un funcionario y un empleado público? La principal diferencia entre un funcionario de carrera y un empleado público se encuentra en la regulación legal del puesto de trabajo. Mientras que los primeros se rigen por el derecho administrativo, a los segundos se les aplica el Estatuto de Trabajadores. Todo funcionario es empleado público, pero no al revés.

Si a ello añadimos el gasto supérfluo, el improductivo y el maná caído del cielo para los futuros votantes, no es de extrañar que la Deuda Pública, igualmente, haya alcanzado su record histórico.

Y si seguimos analizando los sectores en los que se concentra el trabajo, el 76,31% es en el de “servicios”, o sea, amanuenses de quienes producen, lo que significa que estamos condenados a ser, en conjunto, una nación cada vez más pobre, mientras dilapidamos las ayudas de la Unión Europea en empresas en quiebra que nunca van a recuperarse, en autopromociones personales, en subvenciones a quienes piensan no trabajar nunca, en ser munificientes con los enemigos de España y en mentalizar y constreñir el pensamiento de los niños, calco de las madrazas musulmanas, escuelas comunistas o juventudes hitlerianas.

En España, en líneas generales, nos quedamos estancados en las reformas agrarias llevadas a cabo a finales de los años sesenta en el régimen franquista y las facilidades concedidas entonces a las empresas para que se establecieran aquí, con bajos costes laborales y elevadas ayudas financieras. Desde entonces, construcción y turismo han sido los pilares que completaron la economía nacional.

Eso es historia, pasado que el tiempo ha dejado obsoleto, porque el coste de la mano de obra -justicia retributiva- ha sido exponencial en relación al desarrollo tecnológico y nuevas técnicas que aportan mucho más valor añadido a cualquier empresa, en un país en el que todavía se sigue utilizando la roldana para subir ladrillos a ciertas obras, pico y pala para hacer hoyos y el botijo manchego, la bota navarra y el tres por ciento de comisión son las tarjetas de presentación de nuestras industrias.

La guerra ruso-ucraniana está poniendo de manifiesto algo de lo que no todo el mundo es consciente. Los únicos verdaderamente perjudicados hasta ahora somos los europeos, el viejo continente que o será asolado por unos o por otros, o que se convertirá en un gran parque temático, islamizado, para el resto del mundo. Porque es aquí, y solo aquí, dónde se intenta poner, de forma obligatoria, la Agenda 2030, que se la resbala a chinos, indios, rusos, árabes, coreanos de arriba y de abajo, africanos, hispanoamericanos y estadounidenses.

Y es que no es bueno que las cuentas te las hagan desde fuera de casa, y desde que el Patrón Oro dejó de ser referencia de la economía mundial, el botón de una fotocopiadora es tan peligroso como el de un arma nuclear, Deuda para todos, que no se podrá pagar jamás, pero habrá que seguir sometiéndose a ese dedo para que la pelota, o la bola de nieve, sea cada vez más grande.

Si además de eso, no utilizas ese dinero nada más que para satisfacer egos personales y mantener empresas anquilosadas en un pasado que no volverá, si no cambias las formas de hacer las cosas, seguirás obteniendo los mismos resultados.

España necesita una revolución industrial, empezando por la educación primaria, enfocada a sistemas mucho más rentables, de alto valor añadido, en todos los sectores, desde la agricultura al último avance físico-químico-nuclear que exista en el mundo, para lo que se tendrán que quedar empresas, empresarios y trabajadores por el camino, a los que habrá que reciclar para la sociedad que se nos viene encima, no ya de futuro sino de presente, salvo que queramos ser todos autómatas cortados con el mismo patrón y subvencionados en el nuevo tipo de esclavitud al que parece estamos abocados si no ponemos urgentemente los medios para evitarlo.

 

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Antonio Campos
Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías. Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.