Los ideólogos del laicismo agresivo han ido ganando batallas en los últimos tiempos y han conseguido retirar a Dios definitivamente, no solo de colegios, universidades y parlamentos, sino de la mente de las personas. ¡Y así nos va!

¿Qué es Europa, sino un continente huérfano que se avergüenza de sus raíces cristianas, concepto eliminado del borrador de la Constitución comunitaria? Se le puede restar importancia e interpretarse como una simple anécdota, pero es un marcador importante de la transformación progresiva de una sociedad que, poco a poco, ha ido olvidando la primacía de los valores que nos ennoblecen. ¿Qué son sus instituciones, sino nidos de corrupción, donde unos cuantos vividores sin escrúpulos, que ni conocemos ni votamos, sirven de apoyo a quienes maquinan engaños y estrategias para continuar la guerra declarada contra la humanidad? Esto ocurre ante una la sociedad despistada y confusa que aún no se ha enterado de que lo de Ucrania es una broma si lo comparamos con la auténtica guerra contra el ser humano como especie. Sí, estamos en guerra; una guerra muy bien programada en tiempo y forma que se desarrolla en cinco frentes principales: físico, energético, emocional, mental y espiritual, coincidentes con las cinco dimensiones del ser humano, que en su conjunto constituyen una unidad de interrelación en la cual cada una afecta al resto. Entenderlo no resulta fácil, porque las diferentes piezas del puzle están desperdigadas sobre la mesa, sin un tutorial para irlas colocando. ¿Pero lo hemos intentado alguna vez?

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Hace más de dos siglos que el filósofo y político Chateaubriand dirigía estas palabras a los ilustrados y simpatizantes con la nueva moral impuesta tras el corte de cabezas de la sangrienta revolución:

“Renunciando al cristianismo, no por ello vayáis a pensar que conservareis las nociones superiores de justicia, las ideas verdaderas sobre la naturaleza humana y los progresos de todo género que el cristianismo ha traído a la sociedad: su dogma es la garantía de su moral; esta moral no tardaría en verse asfixiada por las pasiones no gobernadas por el freno de la fe. Ahora bien, no se vuelven a encontrar las elevadas virtudes cristianas allí donde ha reinado y se ha extinguido el cristianismo”.

Podremos estar de acuerdo o no, pero estas palabras eran un toque de alarma, casi una profecía, a juzgar por este presente salvaje dominado por la barbarie, una barbarie sofisticada, solapada y aséptica que no se practica en las plazas públicas y se exhibe en las picotas, sino en respetables centros en los que la sociedad confía plenamente, a través de instituciones que, aparentemente, nos cuidan y guardan.

La cuarta dosis es la gran protagonista del otoño, y con ella sus efectos adversos de vómitos, diarreas y malestar general, aparte de otros daños menos visibles a las inmediatas, pero más graves, que ni los propios fabricantes ocultan ya. Pero el miedo inhibe la razón, y la sociedad se ha convencido de que si hay que morir, mejor estar vacunado, máxime si el papa dice que es un marchamo para entrar en el cielo. 

Los viejos vuelven a ser el objetivo y hay protestas porque en las residencias los están inoculando sin su consentimiento o el de sus familiares. ¡Ay, pobres mayores de cuerpos cansados y enfermos, desmemoriados, ojos vidriosos y voz y manos temblorosas! ¿Qué hacen ahí en esas residencias, sino castigados por no haber muerto prematuramente? ¿Qué hace tu hijo o tu abuela en un moridero? ¡Seamos valientes y llamemos a las cosas por su nombre! ¿No están allí esperando la muerte, con el único consuelo de ver abrirse la puerta del amplio salón colectivo y contemplar la cara de alguno de sus hijos o nietos? Un par de horas con el viejo y ya hemos cumplido con nuestra obligación semanal. Así aplacamos nuestra conciencia. No es de extrañar que algunos opten por pedir la eutanasia y poner fin al sufrimiento del abandono, que podía ser evitado si no fuésemos tan egoístas. 

No cabe duda que el Estado del bienestar ha traído avances, pero ha alelado a la sociedad y la ha hecho esclava y dependiente. El relativismo moral nos ha vuelto débiles en virtudes y en valores éticos y espirituales. El Estado del bienestar nos ha robado la generosidad y la empatía; nos ha hecho egoístas, utilitaristas y frívolos, con poca o ninguna capacidad de sacrificio. Solo nos interesamos por aquello que nos divierte o nos aporta algún beneficio y comodidad.

¿Por qué enviar a nuestros mayores a residencias si, por el mismo precio, podemos tener un cuidador en casa? Esta pregunta que muchos se hacen tiene una respuesta desoladora. La razón no es económica. Es por no pasar el trabajo de asearlos, alimentarlos y, sobre todo, para no verles la cara. No tenemos paciencia para escuchar sus repetidas historias y nos ponen nerviosos cuando no aciertan con la palabra adecuada porque les falla la memoria o tiran el vaso de agua en el mantel por su torpeza. En definitiva, no soportamos su estética decadente, en un mundo ficticio que se publicita: lleno de luz, movimiento, música, color y juventud.

No es mi intención herir a nadie, sino hacer reflexionar sobre esta vergüenza que nos denigra como sociedad. El clásico cuento del plato y la cuchara de madera que el niño esculpía para que sus padres, aún jóvenes, comieran en el rincón apartado donde habían ubicado al abuelo por todos los inconvenientes descritos, deberíamos tenerlo presente. A todos, inexorablemente, se nos va a llenar la cara de arrugas; los músculos y los huesos perderán vigor y nos convertiremos en “trastos” que hay que llevar al trastero o arrojar a la basura directamente. Hay que cambiar la dinámica destructiva que se ha ido imponiendo. Hay que recuperar la conciencia, la sensibilidad y el discernimiento. Hay que revertir la situación y poner freno a este mundo deshumanizado. Hay que desandar el camino andado. Hay que recuperar los valores. Y, para ello, el primer paso es sacar a Dios del cuarto oscuro, donde lleva mucho tiempo encerrado.

Si algún youtuber desea reproducir este texto o parte de él para la locución de su vídeo o para cualquier otro uso, debe pedir autorización y citar la fuente al principio de la narración.

gcomunicacion@laregladeoroediciones.com

 

5 Comentarios

  1. Desgraciadamente gran parte de la humanidad dejó a DIOS hace tiempo (si es que alguna vez lo tuvo presente). De igual manera progresivamente vamos acercándonos a la MALDAD ABSOLUTA, en breve veremos en directo como los desesperados se dejarán sellar en su mano o en su frente.
    Me pasa como a Magdalena: “No es mi intención herir a nadie” y -esto lo añado yo- al mismo tiempo lo siento por ellos.
    Muy buen trabajo MAGDALENA.

  2. Nada nuevo. Antes a los viejos se les llevaba a los asilos, expcepto a quienes tenían dinero para que los cuidaran en casa; ahora se les lleva a las residencias para la tercera edad (que son un eufemismo de lo anterior).
    Tampoco hay que olvidar que antes casi nadie llegaba a viejo (y el que llegaba se moría en casa en cuatro días con la primera enfermedad que llegará); ahora no es raro llegar a ochenta años y eso significa parkinson, alzheimer, decadencia y vejez en suma. En paises como Sudán o Ruanda no tienen este problema: no hay viejos.

  3. Mis hermanos mallores abusaron sexualmente de mi,después sus amigos…son cosas que pasan,después me corrompieron en el colegio y algunos maestros también me violaron.
    Ser el Benjamín no es tan agradable como parece,menos siendo de una aldea.Con desarrollo detenido…me fui a la ciudad,y allí me metieron en todos los vicios,hasta que caí enfermo muy enfermo y me volví a la aldea.

    Soy un victimista?,soy uno de tantos miles de benjamines a los que les pasa lo mismo en ámbitos rurales.Mis hermanos se repartieron mi herencia,en connivencia con un empleado de banca y unos de juzgados. También sufrí violencia de género…ahí conocí a muchas mujeres maltratadas.

    Sin carrera o estudios superiores,con enfermedad mental (la enfermedad es no ser el primer hijo),sin recursos ni esperanzas,siempre gente que te hechan una mano,aunque sea por lástima.

    Y mis padres envejecieron,mis hermanos les arruinaron,gastándose la hacienda en cocaína y en putas,pero es que son heterosexuales,y encima fachas!,a decir verdad también les timaron en los negocios,por eso entendemos a los Royuela.

    Y a quien le costó cuidar de los padres?,a mi…aunque pedí una ayuda,al Estado que tras un millón de trabas y varios años tuvieron que darme por la ley de dependencia,llegó el COVID y de la última ayuda me robaron 600 euros…con excusas de todo tipo…mientras a los inmigrantes les daban 2000 euros y una estancia en un hotel de lujo.

    Será por qué soy mala persona y me lo merecía?,Me cure de gran parte de las enfermedades al recuperar lo único bueno que creo tener,mi educación católica,y creer de nuevo en Dios me hizo sanar…de casi todo,menos de la costumbre ignominiosa muy arraigada a consecuencia del control mental desde los 5 años de edad.Por eso me opongo a Irene Montero y a todas esas normativas degeneradas y elijo proteger la infancia de los niños,aunque no sean míos,pues aunque biológicamente si,parece ser que no sirvo para tener hijos,por qué la sociedad nunca lo quiso,sin siquiera preguntarme.

    Así que: mujeres,niños,ancianos…y benjamines somos mártires de esta sociedad,y ahora vuelve mi hermano y dice que les de morfina…y el otro que quiere vender la casa…y me tratan con desdén,ya que según la abogada de oficio mejor no presentar denuncia,por que perdería el juicio…quizás como Don Quijote.

    Y mira tú por dónde,que yo soy un desdichado al que le gustan los hombres y esa,es su desgracia,y por eso los demás me tratan con lástima,y que tengo que hacer las paces con mis hermanos por qué yo no tengo vida como los perros, ni futuro.

    A mi primo hermano Benjamín le mataron y a su esposa,a mis amigos benjamines les atropellan,o les mienten o les tratan como a esclavos,y todo lo que tengan será en su día para los sobrinos.

    Y tú Magdalena,tienes hermanos?,eres la mallor?.

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