Bebé (Pixabay)

Dicen que no hay bebé feo, y probablemente es cierto, aunque solo sea porque a un animalito así lo vemos tan desvalido y vulnerable que tendemos a dotarlo de todo tipo de gracias y virtudes: la estética, una de ellas. Hasta los más arrugaditos y con puchero permanente resultan graciosos, incluso si objetivamente pasan más por patata vieja que por humano neonato.

Pero me pareció ver hace algunas fechas al bebé más feo del mundo, mientras rebasaba a una pareja joven portando el clásico carrito de niños. La tendencia natural antes apuntada me hizo mirar de reojo al interior del vehículo durante unos segundos. Y les juro que me llevé un susto morrocotudo, porque «aquello» más parecía un feto de jabalí que un crío. ¡Joder, vaya ejemplar! Ni por asomo les comenté nada a los padres, orgullosos ellos como dos claveles reventones; normal, un hijo es un hijo, y la estética un valor subjetivo. Y si el chaval sale feo de cojones ―y del resto del cuerpo―, pues se le ha de querer igual, y hay de aquel que ose lanzar una indirecta, pues se las tendrá que ver con ambos progenitores. Yo haría lo mismo, naturalmente.

Rebasado el trío, entré en la mercería de mi calle a hacer una compra, y al salir me percaté de que la familia volvía a estar delante de mí. Y esta vez decidí rebasarles, pero mirando con mayor desparpajo y atención al interior del carrito, no fuera que la vez anterior viera yo lo que no era por mirar solo de reojo. Así lo hice. Y, en efecto, aquello no era lo que yo supuse en mi primer adelantamiento. Yacía allí, medio dormido, pero atento a los ruidos de la calle, un perrillo peludo, de ojos claros, cuya mirada se cruzó con la mía, y me pareció apreciar en ella una suerte de interpelación no verbalizada: “¿Es que no has visto nunca un perrete en una carrito para bebés?”.

Efectivamente, yo lo había visto de cuando en cuando, en casos de canes abuelitos, o con movilidad reducida, por la razón que sea. Me parece un acto de amor facilitarle la vida al Toby de turno, ya ancianito, o a la Luna con serios problemas de cadera por un maldito atropello cuando era perra abandonada. ¡Solo faltaba!

Pero me cuentan que en las grandes ciudades (se queda la mía en mediana) es relativamente habitual observar perros y hasta gatos en los referidos cochecitos, mas no porque tengan necesidad física de ello, sino por una suerte de esnobismo de los dueños. Y sobre tan particular comportamiento quisiera reflexionar el resto del artículo.

En mi larga trayectoria como militante creía haberlo visto casi todo en materia de excentricidad animalera: collares de trescientos pavos, trajecitos bordados con hilo de oro (o eso me dijo la propietaria, estirada como una garza), sin olvidar los chubasqueros con gorro más grande que el propio traje, que nunca se usa, obviamente, por razones estrictamente anatómicas. Y me reitero en lo de “casi todo”, pues el tiempo siempre te reserva un penúltimo capítulo en el camino de lo absurdo.

O sea, debo entender que ahora se ha puesto «de moda» llevar en carrito al perro o al gato ‘normal’, es decir, con plena capacidad física. Pues vale, me lo apunto. Engrosará tan particular fenómeno el ya demasiado largo listado de idioteces que cometemos los animalistas (el nombre me pareció adecuado en su momento, y ahora ya no tanto, por razones que no procede explicar aquí).

Recuerdo aquel colectivo que llegó a hacer un comunicado de prensa denunciando el “asesinato de medusas”, porque los operarios municipales de no sé qué localidad mediterránea retiraban los ejemplares llegados a la playa y los amontonaba en un extremo de la misma. O los tan populares «santuarios» actuales, donde no se suelen admitir animales carnívoros, limitando sus inquilinos a especies que puedan tocar el corazoncito en el calendario anual de turno. ¿Es que las culebras y las arañas peludas no tienen sincero interés por las sensaciones agradables, y rechazan las desagradables? Pero claro, queda mejor para la sesión fotográfica el cerdito rosado comiendo relucientes manzanas que la víbora hincando el colmillo en el adorable pollito. Con declararnos veganos y antiespecistas, creemos tener ganado el cielo en la tierra. Y lo tenemos, ciertamente, porque siempre estará el gurú adoctrinando a la cuadrilla de voluntarios, encantados de haber pasado un verano en el Edén, una suerte de limpieza espiritual, para afrontar con el ánimo medio restaurado el resto del año en la criminal sociedad consumista. Percibo que unos y otros nos engañamos a nosotros mismos sin apenas percibirlo. Pero no soy yo quién para apuntar nada a nadie, porque acaso el engañado sea yo, y porque aquí ya somos mayorcitos como para tener que aguantar sermones de adanistas sectarios.

Pues ya ven cómo empezó el artículo, y cómo acaba. Más de uno se habrá echado unas risas con los primeros párrafos, y habrá acabado haciéndome una misa negra al ir mutando hacia la herejía, por ver en mí una suerte de quintacolumnista de la defensa animal, dado que en estos tiempos locuelos has de someterte a un constante examen de pureza de no pocos animalistas con carné gold, que a nadie se exigió durante décadas. Pero son los tiempos, que cambian una barbaridad, como diría don Hilarión en La Verbena de la Paloma.

Pues sí, existe hoy, groso modo, un animalismo racional y un animalismo desnortado, asumiendo este que el apareamiento aviar se basa en una violación machista. Y nadie osa decir nada en el ámbito proteccionista, no sea que le apliquen a uno en la solapa la escarapela de «bienestarista», «mascotista», sin descartar la de «fascista reaccionario», pues dicha etiqueta sirve ya para todo, qué más da, una vez digerida cual píldora roja.

Será que un servidor se va haciendo viejo ―cierto es en cualquier caso―, pero respecto al ideario que condicionó [casi] toda mi vida, prefiero seguir adherido al principio del sensocentrismo. Me resulta mucho más sencillo aplicar tan simple lógica como esta: “Si en tu mente está causarle daño gratuito, aléjate de él”.

¿No piensan?

 

5 Comentarios

  1. Da gusto leer artículos como el suyo que, efectivamente, te sacan una sonrisa y a la vez destapa la cada vez más creciente estupidez de una parte de esa humanidad que cree ser mejor y más solidaria que el resto. Sustituir el cariño, el amor, la ternura que te puede emanar por un hijo o incluso por un niño pequeño ajeno, como escribo, por un animal por muy tierno que nos pueda parecer, es llevar al extremo la deshumanización. La mayoría de esta gente, tiende a valorar más a un animal que a un humano y ahí está el mal. Demuestra un problema que no se está observando como tal, pues la posesión de un perro, un gato, un cerdito vietnamita, un pato… como ser vivo cercano y considerado como doméstico, no deja de ser una forma de dominio hacia un pequeño ser que, a falto de inteligencia, es más fácil que responda a nuestra voluntad y con el añadido de que esos animales responden mostrando su lealtad y haciendo una compañía, en el caso de personas solas, realmente encomiable.
    Quizás hayan decidido que es más cómodo, fácil y económico, criar a un perro que a un niño, cada cual es muy libre de cómo entender la vida, pero no por ello deja de ser chocante el que se anteponga un animal a un ser humano o como poco, se le iguale.
    Que se les quiere y se les coge mucho cariño, está claro que si, pero cada uno en su lugar. De ésto a que incluso existan partidos o movimientos animalistas, va un abismo. Que no es que no puedan existir, pues racionalmente y ante el mayor depredador que es el ser humano, protección deben tener, aunque es más la educación y la sensibilidad de los propios, que la protección de los ajenos.
    Existen en España 647 asociaciones de todo tipo relacionados con la defensa de los animales, mientras asociaciones provida humana, rondan las 500. Mientras en España se calcula la existencia de 7.500 millones de perros, 400 mil gatos y 50 mil de otras especies, la población de humanos menores de 14 años es de 6. 265 millones.
    Mientras muchos pueden pensar y centrar sus esfuerzos en la defensa de los animales, no estaría de más que se hiciera lo propio con los humanos.
    Quizás esté equivocado y su mente vaya más allá que la mía tras un largo recorrido por la sociedad y la vida y hayan hecho suya la frase de Lord Byron. “Cuanto mas conozco a la gente, más quiero a mi perro.”.

  2. Creia que era una mujer la autora de este relato y resulta que es un hombre, es que Kepa suena como muy femenino.

  3. Hay perros y cara de perros,como Perro Sánchez,y feos de alma como Soros o Schwaab,muy feos.

    En Inglaterra están prohibiendo los partidos de fútbol por orden del Parlamento,entonces los aficionados han aplaudido la muerte de la Reina como un símbolo de odio,por negarles sus partidos de fútbol.

    Siguen sin entender nada!,la borregolandia es a nivel mundial.Los partidos se anulan por qué llega una catástrofe económica,derivada de la falsa pandemia y de las medidas tomadas por los corruptos políticos y Presidentes que ostentan los cargos del poder.

    Pero sigue siendo más importante un partido de fútbol,que maten a tu bebé con una vacuna,aunque no sea por feo.

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