corteza

Levanto la cabeza y la veo. Cambio de panorama y ahí sigue. Decido entonces cerrar los ojos, pero vuelve a presentarse. No puedo escaparme: sabe en todo momento dónde estoy y qué hago. Es mi gran enemiga la corteza. Está en todas partes: las personas que me rodean han sido devoradas por ella; las ilustres y famosas, también. Nadie parece capaz de dejarla atrás, nadie consigue librarse de sus garras. Instagram, WhatsApp, LinkedIn, TikTok, las redes sociales todas; pero también las marcas de ropa, las casas automovilísticas, los bares y restaurantes, las compañías de viajes, las joyerías y relojerías…

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Todo está embalsamado por la corteza, que se inmiscuye en los más adustos recovecos de la realidad humana. Todo es superficie, dermoesqueleto hermético e insalubre. La sociedad entera se encuentra alicatada, como oculta bajo apariencias que poco o nada dicen de sus entrañas, de su verdadera esencia. Cuando el ser humano es precisamente todo lo contrario a la corteza. Es esencialmente lo que no se ve, lo que trasciende la superficie del cuerpo, la imagen social, este puesto, aquel cargo, la silueta, el semblante: es más el corazón, la inteligencia, la virtud, la imaginación, el deseo que la foto con récord de ‘me gustas’, el tuit que es ‘trending-topic’ o el vestido más impresionante de la fiesta.

¡Somos más que un vestido, hombre! ¡Somos más que una foto, que cinco fotos, que mil fotos! Somos amantes y amados; somos enamorados; somos libertad, paz, calor, sosiego; somos compañía, hogar, cariño; somos sabiduría, destreza, ternura; somos virtud, ilusión, entrega; somos interioridad, en definitiva. ¡Somos tantas cosas buenas…! Y vamos y vivimos enmascarados, aparentando cosas sobremanera inferiores a nuestra naturaleza, generando quiméricas nubes de humo que enturbian la belleza de nuestra condición.

Atrapada tras una imagen, la vida pasa y no frena: las amistades se enfrían, los corazones se obliteran, los egoísmos florecen, el ‘quedar bien’ se adueña de los coloquios y la calumnia es puñal asiduo en las espaldas. El hombre, la obra maestra de Dios, capaz de continuar la Creación con sus manos, de contemplar la belleza del mar, de las aves silvestres, de la hierba tupida, del rumiar de los ríos, capaz de entregar hasta su propia vida por amor, está hoy anulado, contaminado por la cultura del ‘postureo’, desarraigado de sus orígenes y descarrilado del camino a su destino. Ahora el hombre ha perdido su esencia: ya no es social, ni tampoco ama el saber, como los clásicos lo definían; ahora prefiere el placer, la fama, el dinero o el poder; ahora prefiere, en fin, vivir ‘a gustito’ en el remanso de la mentira que cinglar en el sublime y bravo océano de la verdad.

Ya no existen los verdaderos amigos; el lento pasar de las páginas de un libro se ha cambiado por el alado pasar de las fotos de Instagram; el buen sabor de una conversación tranquila y reposada por el sonajero de los bailes de TikTok o por noches de autismo pegado a la pantalla viendo Netflix; el disfrute de la paulatina caída del sol en un ocaso silencioso por su remachada grabación tras la pantalla de una piedra rectangular. ¿Adónde estamos todos yendo? Qué risa. Si acaso lo supiéramos… Pero no hay tiempo para pensar: tengo que responder al WhatsApp.

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