Zapatero

Hay una pregunta que siempre que la leo me hace suspirar, y es la que Platón pone en boca de Sócrates en su libro VI de la República: “¿No percibes —le dice a Glaucón— que las opiniones sin ciencia son lamentables? En el mejor de los casos, ciegas. ¿O te parece que los ciegos que hacen correctamente su camino se diferencian en algo de los que tienen opiniones verdaderas sin inteligencia?”.

[Convocatoria de 450 plazas en la Escala de Científicos de los Organismos Públicos de Investigación]

Resulta espléndida, cuando menos, la gracilidad con que el sabio heleno es capaz de abrir las ventanas de la mente para airear el hedor que deja la pasividad contemplativa. Lo bonito de estos textos es su múltiple funcionalidad: sirven para muchos casos y muchas cosas. En esta ocasión le daré un molde muy concreto. Porque hoy es moda meterse en política en edad temprana, cuando el joven inquieto anhela ser alguien en el mundo, tener su rinconcito en el salón de la historia, contribuir a cambiar las cosas, pero lo hace sin estar preparado.

Siguiendo el hilo argumentativo del maestro Aristocles —que así se llamaba Platón en realidad, solo que se quedó con el mote por sus anchos omóplatos—, quienes emprenden su andadura política en edad temprana sostienen opiniones, ora verdaderas, ora equívocas, sin inteligencia; son como ciegos que ansían dar un paseo pero que no pueden hacerlo sin su perro. La edad primera, que más o menos abarca desde la niñez hasta pasada la treintena, está para aprender a vivir, para emprender caminos que desembocan en acantilados, para intentar volar y caerse de la copa del árbol. Por eso quienes ostentan voliciones políticas en esa etapa vital son lo que se conoce vulgarmente como —y ya lo siento por la expresión— los “tontos con ganas”. Y no hay nada peor que un tonto con ganas. Se suben al atril, pose recta, voz melodiosa y pausada, ojo avizor inquiriendo la mirada del contrincante —se quiera o no, la política  ha degenerado en contiendas afanosas de loros contrincantes—, y empiezan a declamar los argumentos de sus respectivos partidos. Nada piensan por su cuenta, nada de lo que dicen lo razonan: solo repiten y repiten. Es normal que a esa edad no tengan aún asentadas sus propias ideas —ideas como quién es el hombre, qué es el mundo, cómo deberían ser las cosas, etc.—, pues éstas solo hacen acto de presencia en los corazones viejos, ya rodados. Lo que no es normal es que se haya normalizado —permítaseme el juego de palabras— la presencia en política de los que adolecen de tal ineptitud.

Alguien que aún no ha vivido, y que por lo tanto desconoce la verdad práctica del vivir, no está capacitado para trabajar en el ámbito más elevado de la vida en sociedad, que es la política. Lo esencial para entrar en política es tener sabiduría práctica, esto es, conocimientos de la vida —la vida es praxis y el conocimiento práctico de la praxis es más perfecto que el teórico—, y buscar el bien común. ¿Cómo va, pues, a hacerlo bien un joven que se mete en política si aún no ha vivido lo suficiente y —vaticino sin titubeos— su fin se encuentra muy lejos de la búsqueda del bien común? Buscar el bien común supone preferir el bien de todos al bien de uno mismo, es decir, superponer lo que conviene a la comunidad a los deseos y beneficios propios; y esto, lo siento mucho, no se da en los individuos que anhelan entrar pronto en el ámbito público. Porque el joven que se mete en política tiene en la cabeza la riqueza, el poder y la fama, que resultan ser los tres mayores pecados sociales del hombre. Cuando lo que debería buscar es, por ejemplo, el desarrollo de las economías familiares, el servicio a la sociedad, la virtud de sus ciudadanos o ensanchar las dimensiones de la patria en el ámbito internacional. Si esto ya es complicado que lo haga una persona adulta, ni que decir tiene que en la persona joven, que además, como he dicho, carece de la experiencia y los conocimientos necesarios, es algo imposible.

Sé que es más fácil decirlo que hacerlo; que el problema que aquí denuncio adquiere con el tiempo visos de inextricable. El indomable espíritu adverso de la política, sobre todo en España, es ya algo estructural y de muy difícil solución. Es la pescadilla que se muerde la cola: en el Congreso no se busca la verdad sino descargar el camión de la basura contra el otro “bando”; no se busca el bien sino el poder; no se busca entender la postura del resto sino imponer la propia con cerrazón obstinada. Así es normal que no haya ímpetus de cambio. Es menester, pues, empezar por el aderezamiento de la actitud política, del paradigma parlamentario actual, para luego decir con autoridad y firmeza a los jóvenes que lo bueno se hace esperar, que no se puede dar lo que no se tiene y que lo más grande que puede hacer el hombre en esta vida es servir a su país siendo un buen político.

2 Comentarios

  1. ” y que lo más grande que puede hacer el hombre en esta vida es servir a su país siendo un buen político.” Entre otras cosas.
    La grandeza está en el espíritu de servicio, y ese espíritu de servicio se puede tener también en otras profesiones. Pero indudablemente, hoy, ser buen político conlleva grandes dosis de heroísmo.

  2. Suscribo. Pero si bien es ese espíritu de servicio lo más excelso, como todo en esta vida se da según un mas y un menos, existe una especie de subalternación, una suerte de escala gradual de labores profesionales realizadas con tal afán que culminan en aquella cuyo objeto es el bien común, y no el bien particular o de particulares. Aquí la razón de esa frase.

Comments are closed.