rosa

Son las once de la mañana. Mi madre, mi hermanita pequeña y yo nos disponemos a hacer lo de costumbre: pasar un rato agradable en la orilla del mar, esta vez en la de Torremolinos. Pero este no iba a ser un día de playa cualquiera. De pronto algo inaudito, novedoso se cruza en mi camino. Ellas no se han debido de dar cuenta. Yo, en cambio, estoy ya absorto, como embelesado por la notoriedad del hecho. ¡Una rosa! Una rosa ahí clavada en medio de la playa, enraizada en la pedrosa arena malagueña.

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Al lado, una mujer entrada en años mirando tranquilamente su pantalla del móvil —quiero pensar que está leyendo—. Se lo digo a mi madre: “¡Mira, mamá: una rosa clavada en la arena!” Ella, esbozando una sonrisa cómplice, me espeta: “¡Es verdad! ¡Qué bueno!”. Entonces yo, encantado como quien súbitamente se alegra por una buena noticia, le digo que voy a hacerle una foto, que eso hay que inmortalizarlo. “Es como la rosa del Principito”, murmullo para mis adentros.

Me acerco a la señora, la saludo cordialmente y le pregunto si no le importaría que le sacase una foto a su rosa. Para mayor inri, me dice que la rosa no es suya, que ya estaba ahí cuando ella llegó. ¡Lo que me faltaba! La imaginación empieza entonces a írseme de las manos, a emanciparse de la razón, y elabora con minuciosa precisión lo ocurrido. ¡Toda una desgracia! Un galán habría puesto sus últimas esperanzas de conquista en aquella rosa. La joven doncella receptora del agasajo, altanera y recelosa, fría y distante, habría rechazado la declaración de amor.

La rosa. Qué cosa tan bella la rosa. Es la estrella del romanticismo; la joya de la corona del amor cortés. El hombre, ávido inquisidor de los más profundos anhelos que habitan el corazón de su dama, sale de sí mismo, pasa vergüenza, gasta su tiempo en preparar el acontecimiento y…

La vida está llena de rosas clavadas en la arena; de labrados intentos de conseguir algo que se ven hundidos en la miseria, engullidos por el fracaso. La derrota tiene siempre ese sabor agridulce de haberlo dado todo pero no haber conseguido lo que se quería. La derrota es esa rosa clavada en la arena: solitaria, tupida, bailando al compás del quejido del viento. El mar por compañía. ¡El mar! ¡Lo infinito! ¡Lo abisal! La arena es la aridez, el toque amargo que condimenta el plato de la impotencia. La rosa, la belleza del proceso, el crecimiento del sujeto agente, del intrépido luchador, del audaz soldado que ha dado su vida, su honor y todas sus potencias por una loca empresa.

Acaso aquel joven no haya pensado en todo esto cuando triste dejó clavada aquella flor en la arena. O acaso sí. ¿Quién sabe? Lo que seguro no se esperaba es que otro joven inquieto, otro soldado que en su día también cayó en combate, iba a recoger su rosa; y mucho menos que ésta iría a parar al regazo de una imagen de la Virgen que tiene en su casa. Porque el amor es así, infinito, y todo acto de amor tiene un redundar inefable. Ahora la rosa —’su’ rosa—, ésa que enarbola la desazón, el desplante, la desesperanza, duerme tranquila a la sombra de María; ahora, la rosa no tiene espinas, está revestida con el traje del dolor ya sufrido, y pasa a ser entregada a aquella que más sufrió. El amor vence siempre. Pongo a la rosa por testigo.

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