Cuando vendes algo, obviamente, te desprendes de ello (lo enajenas), y obviamente, puedes hacerlo, porque ese algo no es imprescindible para ti, no te es necesario. Lo imprescindible, es eso que consideramos “nuestro contenido esencial”, nuestra esencia, lo que queda cuando se pierde todo lo demás. Esa esencia (o ánima) está fuera de todo comercio, porque no puedes desprenderte de ella sin desprenderte de la vida, y las leyes que gobiernan la compraventa y el comercio, en general, deben respetar la vida.

¿Qué sería del humano que se desprende de aquello que es esencial para la vida? Obviamente, un muerto. La diferencia fundamental entre vivos y muertos es que los primeros pueden comprender aquello que es esencial y los segundos no. Así, si alguien quiere saber hasta que punto está vivo o muerto, basta con que se pregunte ¿Qué es lo que no vendería, por nada del mundo? No es raro que tanto creyentes como ateos respondan -La Salud- . La salud es vitalidad y la vitalidad es energía, fuerza, potencia. Más vital es más vivo, más poderoso. Menos vital es menos vivo, es más muerto. Es fácil ver pues que vida y muerte no son conceptos excluyentes: No se está vivo o muerto sino más vivo o más muerto (Más despierto o más dormido, si lo prefieres). La muerte “completa” no existe. Nunca nadie se ha sentido completamente muerto.

Lo esencial para el ser humano es su valor más profundo, aquello que le anima, que le da vida; tan valioso que resulta imposible ponerle precio. ¿Cómo podrías vender aquello cuyo precio no puedes calcular? La ciencia jurídica llama “derecho fundamental” a ese contenido esencial, que no puede ser objeto de comercio, dado su valor incalculable. Cualquier norma que se promulgue, para ser legítima, debe respetar ese derecho fundamental pues ¿No se supone que estamos hablando de normas de convivencia?. ¿No es un presupuesto vivir para poder convivir? Pero si la función del derecho es proteger la vida, ante todo ¿Qué sentido tiene que proteja la eutanasia? ¿Y el aborto?

Conozco a muchos padres preocupados por “educar a sus hijos en valores”, que aceptaron ser inoculados con una sustancia cuyos ingredientes eran (y son) desconocidos, y también sus efectos. ¿No fue como jugarse la salud a la ruleta rusa? Ellos dicen que lo hicieron para poder viajar a los bares. ¿Qué valor le dieron a su salud? ¿El valor de una cerveza? ¿Qué valor le darán los hijos a su vida si siguen el ejemplo de sus padres? ¿Aceptarán ser eutanasiados por una cerveza?

Fueron los comerciantes los que sintieron la necesidad de rebajar el valor de la salud, de la vida, del ánima, para poder comerciar con ella (Pues no se puede comerciar con lo que tiene un precio incalculable). Para ello convencieron a los creyentes de que “polvo son y en polvo se convertirán”, igual que convencieron a los ateos de que son “polvo de estrellas”, y lo pudieron hacer porque los comerciantes gobiernan, controlan, tanto a los creyentes como a los ateos. -¿Qué pueden valer los ochenta quilos de polvo que escondo bajo la ropa?- Se preguntó aquel padre minusvalorado, y la respuesta fue -Menos que una caña-. No puede sorprendernos pues, que todas esas personas que vendieron su salud, por entrar en los bares, crean que hicieron un buen negocio.

3 Comentarios

  1. Ellos vendieron su salud por entrar a los bares, yo no vendí mi salud por entrar en bares, hoy tengo salud y puedo entrar a los bares, pero a mi ya no me apetece entrar a esos bares.

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