Presbicia

Decía Julián Marías en una de sus conferencias que “hay quizá una actitud de progresismo en el hombre de nuestra época que hace que no se cuente casi nunca con la regresión. ¡Pero hay regresiones! Cuando se ve algo imperfecto, tosco, elemental se supone que es primitivo. ¿No serán esas formas primitivas deficientes regresiones de formas superiores, más humanas? ¿No serán caídas o recaídas? La historia está llena de caídas y recaídas. Creo que es interesante mantener los ojos abiertos a la realidad y estar dispuestos a admitirla como sea; no suponer que las cosas van forzosamente en una dirección”. Como siempre, don Julián y su gran amigo el atino.

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Hoy España, como muchos otros países, está inmersa en la pleamar de la zozobra y el desenfreno; se ve a sí misma como pura indefinición, como materia informe que se dispara hacia ninguna parte. ¿Locura? ¿Tal vez embriaguez? Simplemente inocencia. Se piensa el ciudadano de a pie que nada hay más allá de sus narices, que no existe un futuro, que no existe un pasado; y sin futuro ni pasado, por supuesto, es imposible que exista un presente. El presente implica proyección sostenida en el suelo firme de lo antecedido –de lo anteriormente (ante-) acontecido (-cedido)–. El subsuelo de la historia es inexorable para el crecimiento, para el desarrollo de una nación. Sin ese aunamiento de eventos pretéritos, sin ese sostén biográfico, es imposible andar: los pies se atropellan e incordian mutuamente. Al no haber acuerdos históricos, la discrepancia se dispara y difumina el horizonte.

El español de hogaño sufre dos graves enfermedades sociales: miopía y presbicia. Miopía, pues al erguir la sien y otear la lontananza del horizonte no ve más que neblina y oscuridad. Un futuro tan incierto como lejano diluye sus esperanzas en el vaso de la impericia. Presbicia, pues se piensa que el futuro inminente es un cuento chino, una historia de niños, que nada va a cambiar en los tiempos inmediatamente venideros, que nada de lo que se preludia le va a tocar a él; y, por supuesto, que a la sazón su capacidad para contribuir a salvar la situación es nula. Así todo, y con un panorama político azuzado por los vientos de un progresismo liberal que no se preocupa tanto de las futuras generaciones como de acometer contra los ‘carcas’ conservadores con el estoque de medidas cuasianárquicas, el barco de España navega a la deriva y el viraje se presenta imposible. Para que esta paupérrima situación mejore es menester un cambio radical en el modo de pensar e imaginar del español medio que refine y agudice las miras gubernamentales. España necesita reconocer en su pasado las tragedias y los triunfos, el logro y la pifia, y dejarse de absurdas contiendas ideológicas que nada logran sino quemar las suaves hojas de la Carta Magna y hacer añicos la unidad patria.

Volviendo a Julián Marías, la regresión es ya evidente y si continúa siendo la orden del día el tácito conformismo, el implícito espíritu desubicado, que no busca la mejora de la persona y de la calidad social sino que se estanca en el único progreso real de hoy, que es el de las nuevas tecnologías, anteponiendo la comodidad al desarrollo moral y económico, el bienestar al ‘quiénes somos’ y ‘adónde vamos’, la desdicha será pronto un hecho ineludible. El que ha sido hogar de Cervantes, de Isabel y Fernando, de Carlos V, del conde-duque de Olivares, de los púgiles Tercios, de innumerables sonatas históricas –¡descubrimientos, conquistas, fundaciones!– verá caer en la hondonada de la miseria a su antes sólido esqueleto. Todo porque se ha pensado que el hombre no tiene responsabilidades sino derechos; que no hay problema con andar sin un sentido porque no importa el destino sino el trayecto; que los caprichos y las deudas siempre se acaban solventando por instancias superiores; que aquí se está de paso y hay que estrujar casi hasta la consumición el derredor estructural. El espíritu del tiempo presente será el culpable de la caída sociopolítica que está llamando a la puerta. El capricho del ciudadano contemporáneo constituirá la desgracia de sus hijos y nietos (si es que los tiene…).