belleza

Suele pensarse que lo estable, lo finalizado, lo alcanzado es lo mejor; que la euforia está en la meta, y no en el camino. Esto puede ser así en ciertas ocasiones, pero no es para nada la regla general de la vida humana. El hombre se sabe incompleto, y su vida consiste precisamente en un andar hacia adelante e irse llenando de momentos, de sabiduría, de amores, de virtudes, de acreditaciones, de principios; en irse haciendo, al fin y al cabo. La vida humana —como ya decía Ortega— es proyección, es un continuo realizarse en función de las circunstancias, en virtud de las posibilidades.

[Convocatoria de 450 plazas en la Escala de Científicos de los Organismos Públicos de Investigación]

Leonardo Polo, por su parte, gran vislumbrador de la realidad personal, asevera en sus escritos antropológicos que la persona es irrestricta: nunca deja de crecer, ni siquiera tras la muerte. Es algo, pues, no solo humano y mundano, sino de mucha mayor trascendencia: es algo infinito. Lo inmaterial —la persona, la identidad, el yo— es infinito y, como tal, no ve afectado su crecimiento por algo finito y limitado —el cuerpo fenecido—.

El crecimiento consiste en llenar ese inacabado receptáculo que es el ser humano. Necesita de lo incompleto para ser: sin indefinición carecería de sentido. Es por ello —podría decirse— la clave para entender el modus essendi del ser humano. Crecer es vivir para el hombre. Por eso el rostro, por ejemplo, nunca deja de conocerse, nunca deja de ser novedoso. El novio renueva la ilusión por el semblante de su amada cada vez que la ve. Mirar una cara, contemplarla, es tarea inmarcesible, siempre nueva; es una empresa que se dirige hacia un ‘otro’ infinitamente presente, sempiternamente actual. También —por enriquecer la casuística— se percibe este fenómeno en toda relación: el amigo, el compañero, la madre son para mí algo dinámico, irresoluto, de inenarrable cualidad polivalente.

¡Qué bonito es esto! ¡Qué hermosa realidad la humana! Saber que lo que nos llena no es el puerto sino el trayecto, no es la posada sino el camino. La vida cobra sentido cuando el hombre se da cuenta de que ésta consiste en el aquí y ahora, en sus proyectos y aspiraciones, en su irrefrenable espíritu de continua superación, y no en algo ulterior; cuando se da cuenta de que “al andar se hace camino”[1], de que “no se bañará dos veces en el mismo río”[2], de que, en definitiva, es un craso error buscar la vida teniéndola ya entre sus brazos.

[1] Verso del célebre poema Cantares de Antonio Machado.

[2] Famoso adagio de Heráclito.