En el horizonte, como una estampa de un viejo calendario, casi tocando las nubes, apareció Cirauqui, “nido de víboras” en euskera, rodeado de los restos de lo que fue una gran muralla. Visitamos la iglesia de San Román,  construida en el siglo XIII, con modificaciones posteriores. Lo más representativo es la portada sur, con un arco abocinado compuesto de ocho arquivoltas que recuerdan la arquitectura cisterciense. Es casi una copia de la portada norte de Santiago, de Puente la Reina, y de la de San Pedro de la Rúa, de Estella. Los capiteles están decorados con figuras humanas y de animales, propias del románico. Las claves de las arquivoltas, de manera alterna, representan una estrella de ocho puntas, el cordero místico, San Miguel, y la mano de Dios bendiciendo. La del interior tiene un crismón circular trinitario de siete brazos.

Abandonamos el pueblo por la pendiente que conduce a la calzada romana Vía Aquitania, de Astorga a Burdeos, construida en el s. II d. C. Sus tramos, muy bien restaurados, dejan ver el esplendor de las rutas imperiales. En el fondo de la cuesta, se levanta un puente de un solo ojo que no forma parte de la vía romana, aunque sí se publicita como tal.

Los cipreses que flanqueaban el carril nos ofrecían su sombra alargada, y era de agradecer a esas horas de la tarde, bajo la bravura del sol, sin más protección que nuestros sombreros de paja y nuestras gorras de algodón.

Al pasar por el río Salado cumplimos con la tradición peregrina de bajar a descansar un rato sobre los cantos rodados blancos, y refrescarnos los pies. No pudimos resistir la tentación de hacer unas “sopas”, que así se llama el acto de lanzar sobre el agua pequeños guijarros planos haciéndolos saltar hasta perderse en el fondo. Una improvisada competición se organizó sobre la marcha, y una buena colección de risas nos ayudó a relajarnos. 

Los campos de trigo salpicados de amapolas se tostaban preparándose para el gran banquete de la siega. En Villatuerta, la iglesia tardorrománica del siglo XIII nos devolvía a ese pasado de fe, en el que cada pueblo trazaba con la oración una escalera que conectaba directamente con el cielo. Allí rezamos ante la lápida de Mary Catherine Kimpton, una peregrina canadiense que murió atropellada en junio de 2002, al cruzar la carretera a la que íbamos a llegar enseguida.

Dejamos atrás pistas de tierra con matas de brezo color lila y gordolobos amarillos en las orillas, que delimitaban los viñedos y los olivares. Por fin llegamos a Estella, la antigua Lizarra medieval fundada en el siglo XI, que las montañas abrigan y ocultan de vientos y curiosos. El río Ega riega sus predios y los transforma en feraces huertas, donde crece una amplia variedad de cultivos. Sus espléndidos monumentos le han conferido el mérito de ser conocida como la “Toledo del norte” y la capital del románico navarro, como la nominó el gran Caro Baroja. Está unida a la Ruta Jacobea mucho antes de que los monjes de Cluny cristianizaran el Camino. Con el ir y venir de peregrinos, surgió un comercio floreciente que dio fama y señorío a la villa.

De mi libro El Códice de Clara Rosenberg. De Roncesvalles a Compostela, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2016.
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