arte

El arte es la expresión del corazón. Precisamente porque el corazón es el único que se expresa. La razón significa, adecúa el pensamiento con la realidad, descubre verdades, las desvela. El cuerpo, el alma sensitiva, es pasivo receptáculo de exterioridades materiales. Los sentidos externos, de la vista al tacto, conforman sus instrumentos. En cambio, el alma sensible —no sensitiva: sensible— es aquel ‘lugar’ donde habitan las más propias facciones. Eso es el sentimiento. A diferencia de la sensación, compartida, proveniente de los sentidos externos, el sentimiento es privado y deriva de los sentidos internos —principalmente de la memoria y la imaginación—. ¡Es lo que llamamos el corazón! El corazón es el sentimiento, que supone algo muchísimo más grande, muchísimo más profundo que la sensación. La sensación crea emociones. El corazón alberga sentimientos. El corazón, por medio de la memoria, guarda lo acontecido, las vivencias, las personas que pasan a nuestro lado; tiene presente lo que considera más importante; perpetúa —haciéndolo suyo— lo que ama, a pesar de la distancia o la desaparición de lo amado. El corazón pondera, confiere su peso a cada cosa midiendo su trascendencia y su valor. Amor meus, pondus meum, decía San Agustín. ¡Mi amor es mi peso! Ponderar viene precisamente de eso, de pondus, de peso. Las Escrituras narran cómo la Virgen María callaba con frecuencia y “guardaba todo en su corazón”; cómo estaba haciendo suya la vida de su hijo; cómo, en definitiva, estaba amándole. Amar es sentir como propia la vida del amado y querer perpetuar ese sentimiento.

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El amor nace de lo más profundo de la persona, que es su corazón, y se desarrolla, se potencia con firmes deseos de alimentar ese sentimiento. Podría decirse, pues, que el amor empieza a germinar en el corazón y se construye en la voluntad; empieza con un sentir profundo y prolifera con el querer. De ahí que sea frecuente identificar la expresión ‘te amo’ con la de ‘te quiero’. Del corazón manan también las ilusiones: con la imaginación, el barco de la creatividad zarpa, siempre de la mano de lo vivido, de lo amado. Emprender un proyecto con otra persona es algo que surge del corazón y pasa a ser elaborado por la razón. ¡Pero es el corazón quien lo suscita!

Por eso los sentimientos no se significan —significar es definir (de ahí la palabra ‘significado’)—: los sentimientos se expresan. Muestra de ello es la importancia que adquieren los gestos, que podrían considerarse las expresiones corporales del corazón, a la hora de conocer de verdad a alguien. Una persona puede sentenciar que está perfectamente, que si con la mirada expresa lo contrario, poco o nada podrá hacer para que el resto no se dé cuenta de su pesar.

Hecho este prolegómeno, el lector estará predispuesto para entender lo que quiero señalar. Mire qué bella realidad: El poeta, el escultor, el pintor son, podría decirse, egregios expresantes de lo más propiamente individual. Mientras que el filósofo o el científico abordan objetos comunes, el artista se encarga de lo subjetivo y propio, de lo inalienable, de lo intrínsecamente inaccesible para el ‘otro’. Mientras quienes van a un mismo restaurante disfrutan de los mismos placeres culinarios, el artista se arrastra a sí mismo por el folio, tratando de dejar por escrito algo de lo que hay en lo más íntimo de su alma.

El artista disfruta tanto de lo que siente, de lo que lleva dentro, que se ve en la necesidad de darlo a conocer. Es el apasionado por la vida —por lo más profundo y propio de la vida, que es ‘su’ vida— que se sirve de un don inigualable para expresar ese fervor. El peso del artista es todo su ser; y ese peso holístico, ese pondus inescrutable, redunda en algo objetivo —un cuadro, un poema, una novela, una sinfonía— que consigue transmitir aquello que a priori se presenta como imposible de transmitir, que consigue hacer ver al ‘otro’ un poco, un cachito, de lo más íntimo e inaccesible de su ser. El artista es el alma de sutiles sentimientos que sabe gozar con lo poco y deleitarse con lo mucho, y que, gozándose en lo poco y deleitándose en lo mucho, logra por medio de una obra, de algo extrínseco a sí mismo, que un tercero participe de aquellos sentimientos.

Es, pues, en las personas con gran corazón donde se da con mayor fuerza ese ímpetu apasionado, esa vena artística y creativa. La pasión bien concebida —no la tergiversada por la inculta contemporaneidad— es fuente de vida interior. Lo pasivo es lo que nace sin querer, lo que surge de súbito y mueve al espíritu. La pasión del cuerpo —que llamo pasividad externa— es mala si no se controla, pero la del corazón… —¡oh, la del corazón!— es siempre bella y potentísima, pura indefinición proyectada, puro anhelo de engendrar. Llamo a esta última pasión interna.

Decía Platón que amar es engendrar en la belleza. Esa volición, ese querer que hunde sus raíces en el sentir del corazón y con impulso irrefrenable se dispara hacia un futuro emocionante —ya redunde en una obra artística o en una nutrida familia— es precisamente el anhelo de “engendrar en la belleza”. Eso es lo que sienten, por ejemplo, los enamorados; pero también los artistas. El enamorado y el artista actúan, si se para a pensarlo, de un modo muy similar: ambos descubren un sentimiento, un reverberar interno de gozo incalculable, que nace en el corazón y, fehaciente, les exhorta a actuar, que enciende sus voluntades y las apunta a la expresión, el desarrollo y el cuidado de lo sentido.

Visto todo esto, y en conclusión, cabe entender que, aunque me dedicaré con mucha mayor asiduidad al uso de la razón, es en mi obra poética donde quedarán plasmadas mis más profundas verdades; donde, en suma, habrá siempre mayor porción de mí mismo. Porque es en el arte donde se expresa lo más propio del hombre, donde se expresa ese gran desconocido al que llamamos corazón.