caligula

Hoy en día no es extraño que aparezcan libros tirados en contenedores de obra, en cualquier calle y ciudad de España, procedentes de reformas de viviendas en las que “le sobran” a los nuevos propietarios, o “les queda feo” en su decoración minimalista.

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De esa forma he conseguido, rescatándolo entre puertas viejas, cristales rotos y escombros de todo tipo, un libro que no había leído: “Vidas de los Césares”, de Suetonio, edición española de 1966. Suetonio fue un gran historiador, secretario de Adriano (76 dC – 138 dC), por lo que tuvo al alcance de su mano todos los documentos del archivo imperial, componiendo una obra histórica sobre el mandato de doce césares, no aplaude, censura ni juzga, es totalmente objetivo, limitándose a exponer lo que era Roma desde Julio César hasta Domiciano. Recordamos en esta ocasión un resumen de lo que escribe sobre Calígula.

Cayo César “Calígula” empezó siendo muy querido en las provincias y en los ejércitos, elevado al trono por los votos del pueblo.

“Dio grandes espectáculos de gladiadores …. de juegos escénicos de muchas clases  …. Repartió al pueblo muchos regalos, entre otros, cestas de pan y carne …”

Pero “… voy a hablar de un monstruo …”:

“Mandó un tribuno militar a matar a su hermano Tiberio, y a su suegro Sillano le obligó a cortarse la garganta”

“Uno de sus mayores placeres era el de asistir a los suplicios de los que condenaba”

Reducido a la indigencia por sus fastuosos gastos, “buscó recursos en las rapiñas y extorsiones más inauditas …. En las Galias vendió las alhajas, los muebles, los esclavos y los libertos de sus hermanas …. Hizo que los romanos le incluyeran en sus testamentos y como seguían viviendo después de nombrarle heredero, les mandaba pasteles envenenados …”

“Impuso tributos nuevos …. No hubo cosa ni persona que no fuera tasada. Se gravaron todos los comestibles que se vendían en Roma. A los litigantes se les exigió la cuarta parte de lo que litigaban; a los jornaleros la octava parte de su jornal; a las prostitutas se las inscribió en registros y se las exigió el precio íntegro en que se vendían”.

“Quería tanto a un caballo llamado Incitatus que … le hizo una pila de mármol, un pesebre de marfil, arneses de púrpura y collares de perlas …”

Han transcurrido mil novecientos ochenta y cinco años, España ha sido punto de asentamiento desde entonces de romanos, suevos, vándalos, alanos, visigodos, musulmanes, judíos y cristianos, dejando todos, como es natural, su impronta, sangrienta a veces y genética siempre. La mezcla de todo ello es que, cuando analizas con paciencia el discurrir de cada día, encuentras algún personaje de la historia española reencarnado en el quehacer diario de nuestra contemporaneidad, con matices, pues ni la pureza de sangre ni el ADN se transmiten al cien por cien en la totalidad de casos.

No sé por qué, pero eso de Calígula de repartir al pueblo muchos regalos, condenar a suplicios a los colaboradores, quedar reducido a la indigencia por los fastuosos gastos, imponer tributos nuevos y hacer pilas de mármol y pesebres de marfil para caballos, parece sacado de cualquier telediario actual.

Probablemente yo esté equivocado, pero persisten los emperadores y los republicanos, todos dictadores, de los romanos; la cuadratura cerebral de suevos y vándalos; la belicosidad de los alanos; el pactismo, arrianismo y oropel visigodos; el medievo musulmán; los ladinos judíos; y la muerte, resurrección y milagros cristianos por la que somos capaces de curar a los enfermos impedidos para recuperar la memoria escrita por los derrotados.

Y no es que Calígula hiciera nada que no hubieran hecho antes sus antepasados. Desde que Sila regresó victorioso a Roma en el año 82 a.C. y tomó cumplida venganza sobre sus adversarios «populares»; los asesinó, proscribió el ascenso a cargos públicos de sus descendientes, incautó sus bienes e instauró una nueva forma de estado, inaugurando un tipo de dictadura absoluta por tiempo indefinido, concepto jurídico que Julio César no olvidaría en el futuro y que años más tarde utilizaría para ser nombrado “dictador perpetuus” al que había de añadir los títulos de “imperator“, “pontifex maximus” y “pater patriae“.

Aunque trató de legalizar su mandato, se comportó como un dictador tomando el control sobre aspectos cruciales del gobierno: las finanzas públicas, la administración provincial y el mando sobre las fuerzas militares, pasando a la historia como un importantísimo escritor, narrador historiográfico cuyas obras, Commentarii de bello Gallico (Comentarios sobre la guerra de las Galias) y Commentarii de bello civili (Comentarios sobre la guerra civil), constituyen una inestimable fuente de información para conocer los acontecimientos del periodo final de la República Romana. De él escribe Suetonio:

“Mostróse muy liberal con el dinero de la República y a nadie rehusó nada; todo, de grado o por fuerza, se doblegaba a su voluntad; solo Catón se atrevió a oponérsele una vez y César hizo que a la salida del Senado lo amarrasen sus lictores y lo condujesen a prisión …”

“Dobló a perpetuidad los sueldos de las legiones. Distribuyó el trigo sin medida ni tasa, y llegó hasta dar esclavos y tierras a sus soldados …”

“Los acusados, los hombres perdidos de deudas, la juventud viciosa, encontraban en él un seguro refugio …”

“No perdonaba medio de atraerse los reyes y las provincias; a los unos les ofrecía devolver los numerosos cautivos sin rescate y a las otras cuántos socorros quisieran, sin consultar al Senado ni al pueblo.”

“… dispuesto a vengar a brazo armado a los tribunos que le eran adictos …. Fue el pretexto de la guerra civil; él había querido trastornar la República, según Pompeyo, porque no se sentía con fuerzas para hacer por el pueblo todo lo que había prometido, y porque sus prodigiosos gastos superaban a sus medios. Según otros, temía que le obligaran a rendir cuentas de todas las violencias que había llevado a cabo, de todas las ilegalidades y de todos los privilegios de su primer consulado.”

“Unos pensaban que estaba corrompido por la costumbre del mando y que, habiendo comparado las fuerzas de sus enemigos y las suyas, creyó llegado el momento de intentar su gran deseo. Cicerón dice que César tenía siempre en sus labios estos dos versos de Eurípides: “Respeto a la virtud, más si al reinar conviene / el interés solo importa y lícito es dañar a la virtud”.

Definió así y para todos, su resumen político: “Es preciso que en lo sucesivo se me hable con la mayor reverencia y se tengan como leyes mis palabras”.

¿Somos o no somos dignos descendientes de ayuntamientos pretéritos?

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Antonio Campos
Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías. Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

2 Comentarios

  1. Mucho Caligula y tal, pero hoy a Roma la pisoe la llamaria paraiso fiscal. 1/4 y 1/8 de los ingresos en impuestos MENUDO CHOLLO!!

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