boga

Si por algo conocerán los futuros ciudadanos del mundo a nuestros tiempos es por el imperio inexorable de la opinión. Todos opinan sobre todo. Las locuaces bocas —tan inquietas como imprudentes— de los españoles son un claro ejemplo de ello. Aquí no hay asunto, público o privado, que se escape de las garras del veredicto del ‘otro’. Esto supone, además de un curioso fenómeno digno de estudio, algo completamente desastroso.

[8 plazas en Sevilla para la conservación y difusión del patrimonio histórico documental de Andalucía]

Resulta que también es la presente una época de especialización, una Edad de Oro de lo concreto y minucioso. Los peritos de hoy son mucho más avezados en su materia que los de ayer, mas lo son en detrimento de ésta, pues hay más expertos en lo poco que cultivados en lo mucho. Un ingeniero contemporáneo resulta más prolífico que uno del pretérito, pero este último conocía mejor la ingeniería en su conjunto que el primero.

Es curioso porque, a pesar de este desapego del conocimiento en general en virtud de un enamoramiento ciego por la exquisitez de lo particularísimo, resulta que la nuestra es una sociedad que se piensa sabedora de todo, que se concibe con derecho a dar su opinión sobre cada cosa que acontece; por supuesto, aunque esa opinión nunca le haya sido requerida. El catedrático de ciencias medioambientales opina sobre la situación diplomática en el Magreb; el fontanero sobre lo que debería hacer el empresario; el futbolista sobre quién es el mejor candidato para las elecciones; el peluquero sobre macroeconomía; el profesor de instituto sobre la existencia de Dios; el teólogo sobre el mejor sistema de gobierno y así un largo etcétera.

Se confunde enormemente la autoridad -siempre legítima- en un ámbito del conocimiento con el derecho imperativo a hablar de todos los temas; y lo que supone un problema de mayor envergadura: esto con la mercenaria voluntad de imponer al resto esa habladuría salvaje. La era del desastre es la que nos espera; es la que de hecho está ya en pie aguardando nuestra llegada en el umbral de su puerta; una llegada que al son de pomposa beligerancia, en la que el sabio es desechado y el parecer de la mayoría clava su puñal en el baldío corazón de la opinión pública, se presenta cada vez más inminente.

Ya Platón desdeñó —gran favor hizo al mundo— el valor de la doxa en favor de la episteme. En su República, además de acuñar las famosas virtudes cardinales, dejó claro que en lo político lo sustancial es el conocimiento; aseveró, en suma, que la opinión no sólo es tremendamente innecesaria, sino que podía llegar a ser sobremanera perniciosa, a conformar el bacilo que corroe los tejidos del progreso y la estabilidad. Abrir la puerta a todo el que quiera para que opine sobre los asuntos de mayor trascendencia nacional es el mayor error de nuestros tiempos; unos tiempos decrépitos y ajados que navegan a la deriva en el bravo océano de la realidad porque hasta el cocinero quiere ser el piloto de la nave.