dicho

Llevan tres años diciendo que nadie se quedará atrás, cuando lo cierto es que nunca han mirado en esa dirección. Los que hoy nos gobiernan (como dijo en su día el ilustrado Errejón), tienen claro que cuando llegan al poder –y desgraciadamente en nuestro país es muy habitual–, se reparten el botín de tal manera que a los que dicen no olvidar, es decir, a los que no los votamos, desaparecemos de la faz de la tierra pasando a formar parte del ejercito invisible de enojados por la mala suerte que padecemos y lo fragmentado que esta nuestro espíritu.

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Por mucho que los expertos digan que la situación actual es global, no podemos conformarnos bajo la excusa de padecer un mal generalizado pese a que obviamente la globalización es la responsable de todo lo que nos sucede, acrecentado por una pizca de desenfreno malgastador de carácter innato por parte de nuestros gobernantes. Y si al desenfreno mencionado le sumamos la red clientelar bien trenzada que soporta el estado desde tiempos del “felipismo”, pues la cosa se complica desmesuradamente.

Por centrar el debate, así y a botepronto podemos desgranar unos datos macroeconómicos que nos dejan en evidencia como gestores y como electores: Tenemos el IPC de abril al 8,3% y el subyacente al (muy preocupante porque no contempla combustibles y alimentación), 4,4%. La luz por encima de los 200€ el Mwh. Los combustibles en algún caso por encima de los 2€. La deuda al 120% con los salarios subiendo de momento y a la espera de la firma antes de fin de año de los muchos convenios pendientes en una cuarta parte de las empresas al 2,4%. El paro en cifras oficiales (maliciosamente trucadas), al 13 % (cuando todos sabemos que rondamos el 17% de manera recurrente), con más del 30% de la chavalería sin trabajo y por último: seguimos retratados una y otra vez por la OCDE, destacando a España como el país con mayor presión fiscal del selecto club estando además en máximos históricos de recaudación fiscal, como muestra del expolio nacional al que estamos siendo sometidos.

Al frente y como presidente, tenemos a un esteta amoral (como lo definió acertadamente Jaime de Berenguer esta semana por las redes sociales), sin visos de cambiar ni un ápice su confortable y pasajera existencia a cambio de hacer nada por los millones de súbditos españoles que ya definitivamente y para siempre, se han quedado atrás en las trincheras cavando su propia fosa sencillamente esperando el tiro de gracia y las gracias por todo.

Y resulta muy sencillo hablar desde el pesimismo pues lo contrario significaría aportar soluciones para revertir la situación. Políticas de bajadas masivas de impuestos, ajustes o reducciones del IVA por sectores (escuchando a los verdaderos profesionales), reduciendo la burocracia a niveles mínimos para favorecer la iniciativa privada y/o concertada, desarrollando obra pública con sentido para que a corto plazo rentabilice la vida de la gente, reduciendo drásticamente del estado toda la materia grasa que no aporta rentabilidad. En definitiva: hablamos de eliminar el sectarismo de las instituciones del Estado, abandonando las políticas que se basan exclusivamente en ideologías trasnochadas que solo generan hambre, miseria y dolor; capando o cercenando la libertad individual como la única manera de crecer bajo la seguridad y el auspicio del control del estatal de los mercados bajo criterios supervisados desde organizaciones empresariales y sindicales con sentido de Estado, sin depender de la financiación pública aunque promocionados preferentemente en las empresas y organizaciones de trabajadores como prioritarias, para de esta manera ser libres ante políticas de topes e intervencionismos centrados en reducir el número de empresas, y de trabajadores dignamente remunerados.

No es difícil hablar en positivo, tampoco aportar ideas para salir de la crisis lo antes posible en vez de estar todo el tiempo hablando resignadamente de lo mal que nos va. El problema es que en España a día de hoy hacerlo drásticamente, necesita de tres o cuatro generaciones concienciadas de la miseria moral que nos inunda y no nos deja salir de la trinchera.

No son tiempos de acomplejados al frente de la situación y lo estamos comprobando con Pedro Sánchez Castejón. Aprendamos entonces de lo que nos está pasando.

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