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Se había creado en una familia cuyos padres tenían que levantarse muy temprano para ir a trabajar, no sin antes dejarlo en la guardería a las siete de la mañana. Era un matrimonio humilde que, entre transporte al trabajo, comida en un restaurante cercano, menú del día, vuelta al trabajo después de comer, recoger al crío al caer la tarde y regreso al hogar, retornaban a casa prácticamente a la hora de cenar, ver un rato la televisión y caer rendidos en la cama, hasta el día siguiente.

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Pero el esfuerzo merecía la pena; había que pagar todos los últimos electrodomésticos de los que estaba dotada la casa, la luz, la calefacción, salir a cenar los fines de semana y ahorrar para ir de vacaciones a la playa el mes de agosto.

El niño fue creciendo, educado por los profesores del colegio, todos interinos que no habían pasado ninguna oposición para funcionario público, afiliados a diversos partidos políticos y sindicatos que se encargaban de mantenerlos así fieles a sus intereses, ya sabes, si quieres seguir un año más en el puesto, procura que sigamos mandando nosotros.

Los padres estaban tan volcados en su trabajo y sus merecidas vacaciones veraniegas que no podían dedicar tiempo ni a enseñarle a coger de forma correcta el tenedor y la cuchara para comer, pero no importaba porque era un chico muy espabilado, pasaba todos los cursos sin problemas de ningún tipo, eso sí, no aprendía mucho, pero para evitar problemas psicológicos los profesores lo aprobaban todos los años para que no se sintiera discriminado ante sus compañeros.

No llegó a ir a la universidad, porque allí la cosa era diferente, hacían preguntas sobre temas que a él le sonaban pero que verdaderamente desconocía su solución, ni datarlas por aproximación. Y como no quería tener un oficio en el que mancharse las manos o tener que estar sometido a un jefe capitalista que esclavizara su libertad, se apuntó a un partido radical de izquierdas, que allí admitían a todo el mundo, siempre que se mantuviese obediencia ciega en los mandos, porque otra cosa no habría, pero mandos … para parar un tren, difícil sería que él no llegase algún día a ser uno de ellos.

Sus entendederas no acababan de discernir bien qué era eso de la monarquía y qué era la república; por lo que había oído, la república era una cosa muy buena, hace muchos años ganó unas elecciones trucando los resultados de la votación, pero querían repartir el dinero de los ricos entre el pueblo y algo le caería a él; la monarquía no debía ser cosa muy buena, pues el rey actual no se hablaba con su padre, es más, estaba de vacaciones en un país árabe desde hace muchos meses y no había ido ni siquiera a saludarle; y es que decían que había sido muy mujeriego, no como los actuales líderes de su partido que se habían intercambiado las novias entre ellos y la que antes se acostaban con uno ahora lo hacía con otro; y que había cobrado comisiones de no sé qué negocios, nada que ver con ERES de ningún tipo, picaderos de caballos, kilómetros y kilómetros de playas en un país africano, caucus marxistas ni capacidad de ahorro que algunos tienen con un sueldo de medio pelo como es el que se paga en este país cuando se ocupan ciertas puestos.

Así que sin pensárselo dos veces y sin saber cómo, estaba tras una mesa de Ikea sobre la que había una urna transparente, ocupando la vía pública, sin que ninguna autoridad policial, municipal, gubernativa o judicial se lo impidiera, algo similar a lo que hicieron los independentistas catalanes antes de dar el golpe de Estado incruento de hace unos años, preguntando, a cuatro amiguetes, porque nadie con dos dedos de frente iba a ir a esa película montada por un mal aprendiz director de cine, si España prefiere una monarquía o una república.

Quien esto escribe supone que, casi por unanimidad, habrá “ganado” la república, pues con la que está cayendo en el país nadie está para estas tonterías.

Pero ya puesto, ¿por qué no preguntan si se quiere ilegalizar a independentistas, comunistas y anti constitucionalistas? ¿por qué no preguntan si se quiere o no subvencionar a todo aquel que llega a España con todo gratis y sin intenciones de trabajar en toda su vida? ¿por qué no preguntan si prefieren una reagrupación de autonomías o que les rebajen la pensión como se hizo en Grecia con un gobierno comunista? ¿por qué no preguntan si el pueblo acepta las mentiras de Pedro Sánchez y gobierna con Bildu y Podemos, con los que dijo que nunca iba a pactar?

Mientras esto ocurre, el PSOE de Alcalá de Henares censura una obra titulada “Historias de cama” de Eduardo Adrianzén del año 2009, prohibiendo su representación en versión libre por un grupo de teatro aficionado, porque en ella aparecen unos protagonistas afeminados, homosexuales en el lenguaje actual, que lucen su palmito a todo aquel que quiera, o no, oírlos, pero que no aceptan verse representados encima de un escenario al libre albedrío de quien no recibe subvenciones de ningún tipo ni es invitado a los Goya.

Desde mi ventana veo cómo ya se ha cansado el artista de la urna explosiva -ese es su único objetivo- recoge los bártulos y marcha. No sé si irá a algún sitio en el que se recuenten los votos -uno para mí, otro para mí y otro para mí- o los llevarán directamente al vertedero de basura.

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Antonio Campos
Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías. Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.