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¿Cuáles dirías que son los valores de la raza superior? Tomaron el fuego de tu corazón para incendiar lo sagrado. Te volvieron contra la vida convirtiendo en odio tu pasión. Ese fue su gran triunfo, destruir mi legado y corromper a mis hijos. Tomar su fuerza y su valor y convertirla en miedo y barbarie. Los supremos guardianes de la vida se levantaron sobre los hombros de quienes debían proteger y se convirtieron en los verdugos de su linaje.

El odio de la derrota se focalizó en los más débiles, los que no suponían una amenaza, pero representaban un desquite. Mi lucha perdió todo su sentido porque jamás se arrancaría toda la mala hierba del mundo y ¿quién distinguiría el grano de la paja? Perdidos en una empresa sin final, tratando de salvar el mundo a manotazos, jamás cumpliríais vuestro destino. Envueltos en la maldad del mundo, esta se convertiría en vuestra guía, siendo la medida de vuestro destino la violencia como la única respuesta a los males de un mundo que, con justicia, os odiaba.

Son vuestros actos la herencia que habéis legado a este mundo, necesitado de consciencia y amor. Os tentaron con el miedo y la amenaza y sucumbisteis a ellos, luchando por los más altos ideales, defendiéndolos con vuestra sangre y derramándolos con ella, junto a la sangre de vuestros pretendidos enemigos, infelices títeres como vosotros de una macabra función para divertimento de quienes traman el devenir del mundo, indolentes a vuestro sufrimiento y el de vuestras víctimas, engañadas, como vosotros, para asistir voluntariamente a su propio sacrificio mientras que, con sus funestas sonrisas, disfrutan del sabor de la sangre de los inocentes, mis hijos amados.

La sangre que ha de derramarse no es de este mundo y no la encontrarás en el corazón de tus iguales. Mientras no despiertes de su engaño seguirás atrapado en tu propia enajenación, de la que nadie más que tú puede sacarte. El deber del guerrero es proteger la vida con la suya propia, no inmolarse en la ignominia de la brutalidad inhumana. Ese es su juego, arrebatarte tu humanidad, despojarte de todo cuanto podría elevarte por encima de tus verdugos y sembrar el miedo y el odio hacia lo que representas.

Miedo, a decir mi nombre, a que la verdad os despierte y, odio, a los creadores que sellaron su inevitable destino con un consentimiento del que han perdido la capacidad de comprender y al que temen.

¿Cuál es tu valor, hijo mío?     Carro

 

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