En el año 1975, el grupo Supertramp sacó al mercado un disco llamado “¿Crisis? ¿Qué Crisis?”. En la portada, su creador dejó constancia de los tópicos que, muchos años después, han retomado los globalistas, para aterrorizar con su “falso cambio climático” (Antes “falso calentamiento global”); que bien pueden sintetizarse en “Mucho humo y mucha basura”. Pero ¿de dónde sale tanta porquería sino de las fábricas que explotan esos mismos globalistas que se atreven a llamarnos cerdos?

Recuerdo que, cuando era niño, en mi casa apenas se producían residuos. Mi padre cultivaba sabrosas frutas y verduras y lo que no podíamos consumir, se lo comían las gallinas y los conejos. Todo era fresquísimo, incluida la leche. No había tetra-bricks, ni botellas de plástico. Todo el mundo iba a la compra con su capacho y su bolsa de ganchillo para el pan. En mi pueblo había lechero, quesero; había ganaderos, agricultores; hasta una central hidroeléctrica tuvimos, que alimentó las primeras bombillas, y de eso no hace tanto tiempo. Todos ellos se arruinaron mucho antes que los camioneros. ¿Quién los arruinó? Esos mismos globalistas: Una oportuna “epidemia” de fiebre de Malta, nunca vista después, sirvió de excusa para concentrar el negocio lácteo en unas pocas empresas “de confianza”. Un oportuno “envenenamiendo químico” (Llevado a cabo, presuntamente, con una sustancia sintética llamada anilina), facilitó la introducción de aceite de soja y girasol extranjero, siendo España el primer productor del mejor aceite del mundo, el que menos colesterol malo produce, el de oliva prensado en frío. ¿Qué necesitaron las grandes multinacionales para apropiarse del sector de la alimentación? Aditivos químicos, envases de plástico y transportistas.

Hoy los que se dedican al transporte dicen estar en crisis pero ¿acaso acabó aquella crisis del petróleo de 1973 que retrató el grupo Supertramp? Yo tenía nueve años y, puedo asegurar, que desde entonces, siempre he vivido en crisis. Tal vez por eso le perdí el miedo a la palabreja. Para mí, como para los chinos, una crisis es lo mismo que una oportunidad: un gran problema que posibilita un gran remedio.

La actual crisis del transporte nos da la oportunidad de volver a vivir sin humo y sin basura sintética (La orgánica no daña, fertiliza). ¿Qué problema hay si no nos llegan sus falsos zumos con brick, pajita y pegatina, cuando hay un montón de hectáreas de naranja sin recolectar? –Es que subirá el precio de los alimentos- Dice el apocado. ¿Y eso no hará que muchos cultivos que no eran rentables, lo vuelvan a ser? ¿No podría ser una oportunidad de salvación para el agonizante sector primario?

Si se para el transporte internacional, nos veremos obligados a consumir productos de cercanía. Nuestra salud, sin duda, lo agradecerá y también nuestro paladar. ¿Dónde está pues la tragedia? Y surgirán nuevos lecheros y queseros y agricultores y ganaderos en nuestros pueblos vaciados. ¡Y podremos recuperar la soberanía alimentaria que los vendedores de humo nos arrebataron! ¿Quién necesita a esas grandes empresas? Yo hago conservas, cada año, con los productos de mi huerta que no puedo consumir, y no necesito conservantes.

Puede que algún transportista se me enfade, por haberle considerado colaborador necesario del globalismo. La verdad es que todos lo hemos sido, en algún momento, por pura inconsciencia. Incluso el gran Josep Pàmies reconoció, por escrito, haber trabajado para una conocida multinacional química (Por eso lo llamo “grande” ¿O crees que cualquiera es capaz de reconocer sus errores y darse una nueva oportunidad?). La verdad es que todos nos dejamos engatusar por el “abrefácil”, por la “comodidad”, por ese “estado del bienestar” que, en realidad, no fue más que humo y basura, tanto física como mental. El ser humano produce hormonas de la felicidad cuando se mueve y toma el sol, no cuando se tumba en el sofá.

La crisis de los transportistas nos da la oportunidad de reflexionar sobre otra crisis, mucho más grande, que nos afecta a todos: “La crisis del sofá”. Yo veo dos futuros posibles: El regreso a un modo de vida más natural, desenchufándonos de todas esas máquinas que nos llenan de humo y basura, o el “progreso” hacia ese modelo transhumanista que nos proponen “los de arriba”, en el que, más pronto que tarde, todos los  camioneros serán sustituidos por robots, y también los taxistas, y los cocineros, y los camareros, conserjes, porteros, recepcionistas… ¡Y hasta los médicos y policías! ¿No es por eso por lo que muestran tanto empeño en reducir la población mundial?

 “Progreso o regreso”, que no hay que confundir con “Evolución o involución”, pues ya hemos visto que la evolución de las máquinas nos ha llevado a la ruina, a todos, y estamos viendo como amenaza con llevarnos a la aniquilación. Vida sana, al sol, con alimentos sabrosos y naturales que siempre sobran o, en el mejor de los casos, una muerte lenta, frente al televisor, rodeado de latas y bricks atiborrados de veneno químico, Llámame alarmista si quieres pero ¿ves tú una tercera opción?

 

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