democracia

Nunca desde su desaparición en 1939 ha sido tan necesaria la Institución Libre de Enseñanza como en estos momentos. Atribuida por muchos de los que quieren cambiar la historia a la II República, su fundación data de 1876 a raíz de la promulgación de la Constitución de Cánovas del Castillo que suspendía la libertad de cátedra en España “si se atentaba contra los dogmas de fe”.

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Estuvieron ligada a ella, de una u otra forma, personajes como Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón, Joaquín Costa, Leopoldo Alas (Clarín), José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal, Antonio Machado, Joaquín Sorolla, Santiago Ramón y Cajal o Federico Rubio, e inspirada en la filosofía krausista, negándose a ajustar sus enseñanzas a cualquier dogma oficial en materia religiosa, política o moral.

Bajo el aspecto de políticas feministas, ecologistas, progresistas o éticas, mal entendidas por su sesgo social-comunista, se pretende adoctrinar a nuestros jóvenes estudiantes con métodos y asignaturas parciales, incompletas y falsas en ocasiones, cambiando la historia y ocultando aquello que no coincide con el ideario del Gobierno de turno, lo que supera con creces la parcialidad de aquella famosa asignatura de Formación del Espíritu Nacional de la época franquista.

Y es que, tras un periodo de auténtica libertad de los años 80 y 90, pasamos de la democracia orgánica de Franco a la democracia imperfecta de Pedro Sánchez.

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Antonio Campos
Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías. Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.