Los Tercios fueron creados por el emperador Carlos de Habsburgo entre los siglos XVI y XVII, constituyendo la élite de los ejércitos españoles. Fueron la primera unidad militar en combinar armas blancas y de fuego, haciéndoles casi invencibles en el campo de batalla durante casi un siglo.

En febrero de 1530, después de casi cuatro años de guerra, el emperador Carlos de Habsburgo fue coronado como rey de Italia. La ansiada corona había costado muchos disgustos, entre ellos el terrible saqueo de Roma, cosa que ocurrió en mayo de 1527 a cargo de los lansquenetes, los temidos mercenarios alemanes. Tras aquella amarga experiencia, por la cual tuvo que pedir disculpas al Papa Clemente VII, fue uno de los motivos de peso que le llevó a querer crear una fuerza militar más fiable, para mantener bajo control los territorios itálicos, que tanta sangre y dinero le habían costado.

La idea de crear un ejército diferente, ese fue sin duda, el germen de los Tercios, una unidad creada principalmente como guarnición para los territorios ya conquistados. Es por esa razón que aquellas primeras compañías fueron conocidas como Los Tercios Viejos de Lombardía, de Nápoles y de Sicilia respectivamente. A los que se le sumaron posteriormente, El Tercio Viejo de Cerdeña y El Tercio de Galeras o del Mar, una unidad especial de infantería naval especializada en abordajes.

La característica principal que distingue a estas unidades eran que estaban íntegramente formadas por soldados profesionales que se debían única y exclusivamente al rey- o al noble comandante en su nombre- y respondían solamente ante él por su actos, cosa que no ocurría con tropas de mercenarios, que tenían una gran predisposición a saquear ciudades que atacaban para repartirse el botín. Los Tercios estaban formados en su mayoría por hijos no primogénitos de la baja nobleza, en buen parte hidalgos españoles, sin perspectivas de heredar títulos ni tierras, cuya alternativa era el ejército o la iglesia.

Por su alto rendimiento en combate, lo que en principio debían de ser tropas de guarnición, no tardaron en ser movilizadas como apoyo en los diversos frentes que al emperador se le abrieron durante su reinado, de esa forma empezó a forjarse su leyenda de invencibilidad convirtiéndose en unas de las tropas de élite a las que Carlos de Habsburgo y sus sucesores recurrieron en sus guerras más difíciles.

Su modelo de éxito y supremacía se basaba en las diversas formas de innovación en armas y tácticas de combate. En primer lugar introdujeron los mosquetes, una versión más potente y pesada del arcabuz que, si bien no tenía la misma potencia de fuego que la artillería, resultaba más versátil que esta y tenía más alcance que el mosquete. Sin duda, lo que resultó más decisivo fue ser la primera unidad militar en combinar de forma efectiva las armas tradicionales y las de fuego.

Piqueros, arcabuceros y mosqueteros eran los tres tipos de soldados por el cual estaba formado un tercio. Los piqueros constituían la infantería tradicional formando inicialmente el grueso de las tropas, llegando a ser hasta tres cuartas partes de la misma. Como apoyo y escolta, distribuidos a ambos flancos de los primeros se postraban los arcabuceros, ya que sus armas tenían poco alcance y precisión, unos 25 o 50 metros de alcance solamente. Más tarde se introdujeron los mosqueteros, que hacían las veces de artillería ligera ya que los primeros mosquetes eran muy pesados. Con el avance de la tecnología de las armas de fuego estas ganaron un papel más importante en las batallas, pero al principio su función era la de atemorizar y hostigar al enemigo, ya que hacer blanco con aquellas armas era cuestión de suerte.

El carácter humano de los tercios era un factor a tener en cuenta, porque al tratarse de nobles, aunque fueran de bajo rango, tenían arraigado un carácter orgulloso y un concepto del honor que les impulsaba a buscar la gloria en el combate sin rendirse jamás. Esto marcaba una diferencia importante respecto a los mercenarios, que luchaban por dinero y no querían morir, cambiando de bando si la oferta era buena; y también respecto a las milicias ciudadanas, muy motivadas en defender sus ciudades pero con escasa preparación militar. Ese carácter hacía más fiables a Los Tercios y contribuyó a forjar su leyenda.

Una leyenda que no iba a durar para siempre, ya que otras naciones no tardaron en copiar y adaptar el modelos de los tercios, reclutando a soldados de baja nobleza para la instrucción en el manejo de diversas armas. Un claro ejemplo fueron los mosqueteros franceses, que a pesar de su nombre manejaban también la espada. A todo esto, se le debe sumar que a la rama hispánica de los Habsburgo empezó a tener problemas económicos, que le hicieron perder rápidamente una ventaja en el terreno armamentístico y en el número de soldados para los tercios, ya que al ser una unidad militar de élite recibían una paga acorde.

A mediados del siglo XVII, los tercios estaban en crisis por un armamento obsoleto y por la falta de soldados para cubrir las bajas. Estas carencias se dejaron sentir de forma notable en Flandes, un territorio que los Habsburgo intentaron conservar sin éxito a costa de un enorme esfuerzo económico y humano. Cuando Felipe V de Borbón sucedió al último de los Habsburgo en el trono hispánico, la agonía de la unidad en los campos de batalla era ya innegable, lo que le llevó a realizar una reforma militar que, entre otras medidas, disolvió a los tercios. De esta forma terminaba la historia de una unidad militar que había sido pionera en un nuevo modo de hacer la guerra.