El 18 de septiembre de 2020, justo antes de la violenta segunda ola de covid en el sudeste brasileño, el cielo de la metrópolis de São Paulo se tiñó de rojo. Aquí la noticia y ahí abajo la foto. Era un polvo rojizo, ferroso, bermellón. Como lo del desierto queda muy anodino y lejano en Brasil, la explicación oficial fue que los incendios del Gran Pantanal, a más de 1000 kilómetros de distancia, produjeron una gran nube de humo que descargó precisamente en São Paulo. Los brasileños y yo aceptamos la versión de los hechos. ¿Por qué iba a mentir hasta el hombre del tiempo? ¿O la meteoróloga de Globo TV, con lo guapa que es? Era raro, sí, pero lo aceptamos: era raro que árboles quemados a tal distancia ensuciaran las calles con algo parecido a un polvo metálico; era raro que el humo pintara la ciudad de rojo y no de gris de ceniza; era raro que la nube tóxica cayera justo en la ciudad de São Paulo, y que, en otras ciudades a lo largo del recorrido desde Mato Grosso hasta el sudeste brasileño, ni se enteraran del fenómeno. 

Pero lo verdaderamente raro y difícil de tragar (además del polvo rojo con olor a huevos podridos) fue que, diez días después de que Sao Paulo amaneciera ahumada, sucedió lo mismo en la capital minera de Belo Horizonte, a 600 kilómetros de São Paulo. Mismo humo rojizo, misma tierra ferrosa, mismo panorama dantesco: exactamente el 28 de setiembre de 2020. ¿Por qué lo sé? Porque vivía allí. Ya no había fuego en Pantanal, pero como cerca del área metropolitana de Belo Horizonte hay múltiples minas de hierro y como había incendios forestales (siempre hay, por otra parte), pues se explicó así: hay minas de hierro y humo de incendios forestales alrededor de la metrópolis. ¿Por qué ocurrió sólo diez días después de que ocurriera en São Paulo, sin ninguna relación entre ambos fenómenos? Coincidencia. ¿Por qué el mismo tono rojo en las cenizas de una selva tropical y los sedimentos en una región minera? Coincidencia. ¿Por qué precisamente todo sucedió en 2020, nunca antes y siempre después de una amenaza previa de una ola del covid? Pues coincidencia, chaval. ¡Qué preguntas más tontas haces! 

Pasa el tiempo y cambio de latitud, de clima, de continente, de hemisferio. Estoy en la cornisa cantábrica y amanece el 15 de marzo de 2022. Abro la claraboya del ático donde vivo y entra una nube de polvo rojo. El mismo polvo rojo brasileño, misma textura, misma terrosidad, mismo olor a azufre. Entro en contacto con amigos de Barcelona, Comunidad Valenciana y Madrid, y me cuentan que ha ocurrido en casi toda la península: el cielo se ha teñido de rojo, como se tiñó en Brasil hace poco más de un año. A las ocho de la mañana ya hay una explicación por parte de medios de información y agencias meteorológicas: es arena del desierto de Sáhara. Resulta convincente: en Murcia y Alicante están peor; y ya han vivido fenómenos parecidos, siempre locales y sin ser tan extremos como este. Eso sí, tengo que constatar que la arena del desierto del Sáhara es exactamente igual que el humo de un incendio de una selva tropical: igual de metálica, rojiza y sulfurosa. Tengo que desdecirme de todo lo que la evidencia me había enseñado hasta entonces: la ceniza de la madera es gris; la arena del desierto del Sáhara es blanca. La nueva verdad es que ambas son rojas, dañan las mucosas igual, producen el mismo dolor de cabeza, y las dos apestan al demonio. No importa que detectaran el isótopo radiactivo cesio 137, cromo y níquel en esta calima saharaui.  Tampoco importa el hecho de que la arena llegara a Santander una noche sin viento, sin lluvia, sin borrasca de ningún tipo acechando. Todo resulta explicable, y ya sólo la duda ofende. Los meteorólogos son a la calima, lo que los epidemiólogos al sars-cov-2: las autoridades competentes. Y tú y yo, a callar, ¡chitón!, y no pongamos en evidencia nuestra ignorancia. Esto que ha ocurrido en marzo de 2022 es absolutamente normal, como todo lo que ocurre en 2022: futbolistas que caen redondos por arritmia cardiaca, cánceres que aparecen y devoran al enfermo en pocas semanas, circuitería de microtecnológica en viales de vacunas covid-19, veinteañeros sanos que mueren de infarto, canales de twitch y youtube que desaparecen sin motivo, suicidios de personas que no querían suicidarse, enfermedades autoinmunes rarísimas, subidas meteóricas de los precios, amenazas de guerra nuclear… todo, absolutamente todo en 2022, entra dentro de lo normal.

Sin embargo, reconozco que soy un pelín mal pensado y que me empecé a mosquear cuando, al contárselo, una colega brasileña me envió una foto del cielo de Belo Horizonte teñido de sangre, sacada hace tres semanas. El fenómeno incluso transcendió en los medios locales de información. Aquí la noticia y aquí al lado la foto. Tres semanas antes de que la península ibérica amaneciera roja, el estado de Minas Gerais también lo hacía. Aquí no había selva tropical en llamas, ni desierto africano tormentoso… El lluvioso verano tropical brasileño no permite incendios forestales, así que tuvieron que presentarlo como una curiosidad, una trivialidad, un misterio, muy fotogénico por otra parte. Los brasileños aceptaron su cielo rojo sin explicación, con la misma candidez e indiferencia como nosotros aceptamos la explicación a nuestra calima. ¿Pues qué va a ser si no? Pues arena del desierto. ¿Y lo de Brasil? Pues madera quemada, pedazo de alcornoque. ¿Pero cómo es posible si no había incendios? ¡Pues porque sí! ¡Qué pesado eres con las preguntitas!

Esta misma arena del desierto que ha llegado el martes a la península ibérica, llegó hace exactamente un mes a Colombia, a más de 7000 kilómetros de distancia. ¿A Colombia? Pues sí, a Colombia. La calima del Sáhara llegó a Colombia con un mes de antelación. Aquí la noticia y después, el comunicado oficial del 17 de febrero de 2022. Es decir, que esta arena te atraviesa antes el océano Atlántico de norte a sur, que te pasa los sesenta kilómetros del estrecho de Gibraltar. Te hace el viaje intercontinental a la Guajira colombiana, un mes antes de que sorprenda a Europa con un fenómeno que jamás ha ocurrido. Eso sí, existe esta sustancial diferencia entre ambos episodios: mientras las autoridades españolas no saben informar del peligro y toxicidad de la rara nube de arena (a fecha de hoy, todo lo que han dicho es que sigamos usando mascarilla), el organismo oficial colombiano (IDEAM) ya informó hace un mes que “estos brotes no solo mueven el polvo del Sáhara, sino que se mezcla con bacterias, hongos, virus, polen y otros componentes químicos nocivos para la salud”. Ignoramos qué químicos y virus son esos, e ignoramos cómo han podido llegar hasta ahí, como intuimos que también lo ignoran las autoridades colombianas, que no han hecho otra cosa que copiar y pegar alguna circular de algún organismo meteorológico transnacional. Pero el hecho relevante en esta situación, es que, mientras en España se dice que esto es normal e innocuo, en Colombia llevan un mes alertando de los riesgos para la salud de esa porquería roja, sea lo que sea y venga de donde venga. 

Si las autoridades sanitarias y meteorológicas no se ponen de acuerdo entre ellas, resulta comprensible pensar que los expertos en calima tienen la misma credibilidad que los expertos en pandemias o los expertos en Ucrania. ¿Será, por ventura, que tienen los tres asuntos algo que ver? Porque ya resulta demasiada coincidencia que tres anormalidades converjan en el tiempo y se fusionen en el espacio como la nueva normalidad a asumir. Parece un chiste: ¿Qué tienen en común, un médico, un meteorólogo y un periodista? Los tres se encargan de normalizar lo raro de cojones, lo sospechoso, lo que nunca ha ocurrido.

¿Hasta cuándo vamos a preferir vivir en un mundo explicado para niños tontos? ¿Hasta cuándo vamos a preferir la ignorancia como estúpida forma de protección? ¿Hasta cuándo vamos a preferir las mentiras creíbles para cándidos e ingenuos acomodados, a la incómoda, brutal e increíble verdad? ¿Cuántas pandemias, calimas, guerras, de forma simultánea o no, vamos a tener que vivir para abrir los ojos a la realidad de que este mundo no funciona como nos dijeron en la escuela que funcionaba? Se prefiere pensar que lo que no conocemos no existe… pero existe. Existe la geoingeniería. Existen las armas climáticas. Existen y son cruciales para entender el Nuevo Orden Mundial. Existen los programas de tecnología HAARP, existen operaciones cloud seeding con fines militares, existen proyectos de manipulación del clima como el SCoPEx. Existen y tú prefieres creer en lo que te dice el telediario: “la calima de arena del Sáhara remitirá hoy viernes en toda la península y blablablá…” ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? Yo no soy virólogo, no soy vulcanólogo, no soy meteorólogo… pero tampoco soy gilipollas.

 

5 Comentarios

  1. Ya no se puede dudar de nada,,hay que creer en la telesion,,la nueva iglesia,,todo lo que lleva pasando en dos años.y algo,, es muy normal.. si dudas eres un loco conpiranoico,que hartazon de borregos,,me exasperan..sera que las inyecciones les han vuelto dociles?sin el mas sentido critico,,nos mean,dicen que llueve…y aplaudimos a las 8,,,en fin.

  2. Extincion masiva, los primeros que van a caer son los gilipollas, luego los hijos de puta de bata blanca, toga negra con la que se han estado rascando los huevos durante dos años, luego los uniformados que se arrodillaron ante la tirania mientras aplastaban a los ciudadanos, luego, o antes que ninguno, los politicos traidores, el rey y su puta madre, y los malditos junta letras de los periodistas, todos genocidas, y al final el resto, los que hemos estado intentando alertar a nuestros paisanos.
    Nos queda el mal consuelo de exclamar aquello de “os lo advertimos” pero no escuchasteis.

  3. La identidad psiquiátrica de paranoia y psicosis entre el Nuevo Orden Mundial patriarcal, y la misma población global total, “juegan” dentro de un gran riesgo, manifestando una alteración psicológica aguda de ansiedad, pánico, depresión, trastornos de adaptación, implicando riesgo de daño personal o interpersonal agresión, suicidio, homicidio; Una población mundial que evidencia un comportamiento profundamente desorganizado psicótico y delirante como el Nuevo Orden Mundial; El planeta en su totalidad es una enorme institución psiquiátrica “Omicronada”, donde el propio paranoico y psicótico Nuevo Orden Mundial patriarcal, está incluido como componente en la clasificación de los primates que subsume a los humanos.; Es decir en este proceso irreversible, el carácter paranoico y psicótico del Nuevo Orden Mundial patriarcal está absolutamente interrelacionado con sus propios “creados pacientes” en una acción mutua, pues habitan el mismo “ecosistema” en la totalidad del planeta que nos deja ante el hecho que, tanto, el Nuevo Orden Mundial patriarcal y la población total global como sus “creados pacientes” se ajustan atrapados y abrazados mutuamente en un destino común.
    Osvaldo V. Buscaya (OBya)
    Psicoanalítico (Freud)

  4. Gracias al Diestro, al fin hablamos de la Geoingeniería proyecto Harpp que es la manipulación la manipulación del Clima. Josefina Fraile lo dijo hace años y la gente ” manzanas vendo” lO SIENTO PERO ESTOY CANSADA DE IDIOTAS , DE GENTE ASQUEROSAMENTE EGOISTA.s´¡ señores ni existió el virus y nos fumigan nos quieren matar lo entienden ya está bien de idiotez. Adjunto lo que dice el listillo de Mirones que cada vez se parece más al Doctor Carallo, y nunca mejor manda huevos ¡
    Señor Mirones, cíñase a la realidad y no a al telediario, que por lo que veo ve bastante. Esto que nos cae del” Cielo protector” es Calima de los saharauis, los polvos de los saharauis, . Pues Señor Mirones ya estamos servidos de los polvos marroquíes que entran por Ceuta MELILLA Y Canarias, para tragar más polvos. Más allá del chiste fácil, dígame a quien obedecen, porque esto es muy raro. Al final algunos tenían razón, se lo dejo ahí. “un aullido, pero para los lobos malos que nos eliminan vale ¡

  5. Yo me lo creí durante veinticuatro horas, he visto llover barro, polvo del desierto dos veces en cuarenta años, llover renacuajos y hasta una aurora boreal, pero si hay algo que conozco bien son las.puestas de sol del.lugar donde vivo en estos días, como sigo me.lo he creído veinticuatro horas, uno no va a desconfiar de todo, ayer me empecé a mosquear, el manto del cielo no era natural y aquello que estaba en suspensión no se comportaba como polvo del desierto. Ayer no vi la puesta de sol tan conocida para mí que puedo determinar el tiempo del día siguiente con temperatura incluida por el tono de la puesta de sol. Jan sido tantos años estudiando frente a esa ventana y contemplando las puestas de sol que nos conocemos perfectamente en todas las circunstancias, las nubes de hoy no eran nubes, y el polvo del desierto no era polvo del desierto, era algo más, era una sustancia en suspensión inmóvil, ayer soplo el ciento huracanado del este, eso es algo normal y ha soplado un viento del norte algo más suave que el de ayer, usando sopla ese tipo de viento las tanto del este como del norte las nubes vuelan que se las pelan, y el cielo se despeja en poco tiempo, cuarenta y ocho horas de ciento huracanado y las nubes no eran ni cirros, ni cúmulos ni estratos, era una sustancia en suspensión inamovible por el viento huracanado.

    Las nubes que hoy se veían al atardecer no era ni polvo ni nubes y las tonalidad de la luz del sol al atardecer no era natural, de eso estoy tan seguro como que he visto esa puesta de sol varios miles de veces a lo largo de mi vida hasta conocer las nubes del día siguiente o el color que tendrá el amanecer del día siguiente.

    Lo que ha flotado estos días en el cielo es artificial, no tengo ninguna duda y lo tengo las imágenes al tiempo que media la velocidad y grababa el sonido del viento, y ojo que nos estoy grabando mirando a lo alto, no, estoy grabando dos valles con montañas que canalizan el viento a mas.de mil metros de altitud, y nada, que ahí seguía la sustancia, inmovil y en suspensión durante demasiadas horas.

    No pintaba bien el atardecer, a ver cómo amanece mañana.

    Esta claro que nos están envenenando y la noche de ayer fumigaron algo por encima del polvo rojo.

Comments are closed.