«Yo no tuve teléfono portátil, smarphone, ni playstation, ni nintendo, ni Xbox, ni artilugios por el estilo. Yo jugaba al escondite, al «Stop», a pídola, a «tú la llevas», a las canicas, a la peonza, a la comba, a «rayuela»… y la hora de regresar a casa era cuando oscurecía… y mi madre no tenía que avisarme con su teléfono portátil; me gritaba desde la ventana: «vamos p´adentro que es hora de cenar».

«Cuando me portaba mal, no me llevaban a un psicólogo, sino que, mi madre me daba con la zapatilla, o una colleja, y mi padrea con la correa. En lugar de «chatear», jugaba con mis amigos (mis papás estaban muy ocupados, como para jugar conmigo). ¡Hasta jugábamos con tierra, bebíamos agua del río o del arroyo… y todavía seguimos vivos!«

Aclaración previa, para las víctimas de las “leyes educativas progresistas”: “versus” es un vocablo latino que significa “hacia” y que ha sido reintroducido en la lengua española procedente de la inglesa con el significado de “frente a, o contra”, y que aunque no era su significado etimológico ha acabado siendo aceptado por la Real Academia Española.  

Yo, el abajo firmante, cuando era pequeño vivía en un pueblecito de Badajoz de escasamente 1.000 habitantes, pertenecí a la generación de “la leche en polvo americana”, la siguiente a los años del hambre, la generación que aprendió a decir «buenos días», «gracias», «por favor»… y sufrí los últimos coletazos de austeridad, escasez, estrecheces, y etc. de los años del hambre, de la postguerra incivil.

Recuerdo que por entonces se aplicaba al pie de la letra aquello de “para educar a un niño hace falta toda una tribu”, existía un general consenso en cosas tales como que si un profesor reprendía a un niño, o lo castigaba, era porque el menor había hecho algo incorrecto… Lo mismo se consideraba si un adulto de la vecindad corregía “razonablemente” a un niño que no fuera su hijo, y nadie (salvo excepciones) lo consideraba una intromisión, o cosa parecida…

Y por supuesto, ningún menor iba a casa a quejarse de que el profesor, o el vecino, le hubiese reprendido, salvo casos de crueldad extrema. En aquellos tiempos (que las películas y literatura diversa han denostado y ridiculizado hasta la exageración) la gente tenía muy claro, adultos y menores, cuáles eran sus estatus y cuáles los modelos de conducta a seguir, y nadie dudaba de que, la mejor manera de educar e instruir era empezar por transmitir la tradición…

Solía haber una “natural” armonía, sintonía, entre los valores éticos que se inculcaban en casa, en la familia, y lo que se inculcaba/reforzaba en la escuela.

Frente a todo aquello, si actualmente hay algo especialmente devaluado en la Sociedad que nos ha tocado vivir, eso es la AUTORIDAD; no está de moda, y la gente (padres, profesores y educadores) teme ser tildada de “autoritaria” si insinúa que habría que utilizarla con los niños y adolescentes… Lo mismo ha acabado ocurriendo con todo aquello que suene a DISCIPLINA, BÚSQUEDA DE LA EXCELENCIA, DEL MÉRITO, DE LA CAPACIDAD, DEL ESFUERZO…

Se ha pasado de un modelo de sociedad en el que los adultos tenían la vara de mando -y las madres recurrían al zapatillazo-, a los que había que obedecer sin discusión, al actual momento en el que, por lo general, son (o casi) los menores los que mandan sobre sus padres, profesores, etc.

Parece ser que los niños –y niñas- poseen todos los derechos y los mayores debemos ser sus servidores/conseguidotes; sin que los niños y adolescentes deban asumir responsabilidad de clase alguna, e ir madurando como personas, encaminándose hacia la adultez. Es realmente increíble que haya que recordar, a estas alturas, que los jóvenes y menos jóvenes han de ir asumiendo responsabilidades acordes con su edad, y que éste es el único camino para que cuando sean mayores logren ser personas autónomas, responsables de sus actos…

Desgraciadamente, son muchos los que han olvidado que, educar es, también, poner límites: Es imprescindible para que un niño crezca de manera “constructiva” que sepa gestionar las frustraciones, es importantísimo que, los adultos que para él son importantes, se atrevan a decirle ¡NO!

Poner límites a un hijo (o a un alumno) es proporcionarle un entorno de seguridad, es protegerlo de peligros, hasta que el menor sea capaz de ser consciente de ellos. Ponerle límites es enseñarle a vivir relaciones de calidad, relaciones de respeto a los demás, a respetar su territorio de responsabilidad y el de los otros.

Poner límites a los hijos es enseñarles que las normas no son algo caprichoso, sino que –como mínimo- nos las damos para evitar que, nos molestemos lo menos posible los unos a los otros…

Ponerles límites a los menores es enseñarles que la vida “también es frustración”, situaciones no gratas, sentirse contradicho, y que todo ello es inevitable y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos.

Decirle NO a un hijo es enseñarle a que él también sepa decir NO a determinadas cosas que no le convienen, y lo que es más importante: que los menores aprendan que “decir no” no significa romper las relaciones con las demás personas.

No es fácil decir NO, pues suele generar frustraciones, sentimientos negativos, conflictos no sólo con el hijo, sino con el otro progenitor; no es tarea fácil ponerse de acuerdo entre los papás a la hora de decidir sobre el grado de exigencia, o lo que se ha de permitir, o no, a los menores…

Otro obstáculo importante son los recuerdos que uno tenga sobre el ejercicio de la autoridad de nuestros padres y educadores, generalmente solemos guardar memoria de tal asunto como algo represivo, e incluso vejatorio; lo cual suele conducirnos a no asumir nuestra obligación de ejercer la autoridad como padres de nuestros hijos…

Tampoco hay que olvidar la frecuencia con que, algunos padres y madres hacen dejación de su responsabilidad, por temor a ser rechazados, o ser poco valorados, sentirse poco queridos por sus hijos… No se olvide que la ideología educativa de moda es “yo soy el mejor amigo de mi hijo”.

También hay padres y madres reacios a ejercer la autoridad por miedo a hacer sufrir a sus hijos, a hacerles daño; decepcionarlos, pero sobre todo lo que más abunda es el temor a entrar en conflicto con los hijos…

Por supuesto, ejercer la autoridad parental implica la necesidad –en muchas ocasiones- de tener que “explicarse” ante los hijos; lo cual no es equivalente a disculparse o pedir perdón por tal cosa. Para estar acertado en el ejercicio de la patria potestad (como lo llama el Código Civil Español) hay que estar alerta para no caer en actitudes autoritarias, lo cual implica estar atentos a las necesidades de nuestros hijos (nada hay más insensato que intentar educar a todos nuestros hijos por igual, pues cada cual es diferente, y por supuesto cada uno tiene diferentes necesidades) y tener la humildad necesaria para revisar normas (otra cosa que tampoco está de moda), cuando sea preciso, y así evitar ser demasiado severos, rígidos, etc.

El ejercicio de la autoridad con nuestros hijos (o alumnos) también requiere tener con ellos una relación cálida, con ingredientes como el afecto, la confianza, una relación de calidad en la que ellos se sientan amados, reconocidos, apoyados, en un entorno de seguridad material y afectiva, acompañados en su caminar hacia la adultez.

El ejercicio de la autoridad tiene que estar hecho de firmeza, pero también de flexibilidad. Una actitud de demasiada rigidez conduce a que los niños no tengan confianza en sí mismos, en sus posibilidades, y acaba traduciéndose en agresividad, crispación,… Por el contrario, la ausencia de firmeza produce en los menores inseguridad, e incluso cabe que sea interpretada como que el hijo no les importa a sus padres, como indiferencia, desamor.

Pero, lo más importante sin duda es la coherencia: de poco vale todo lo que hagamos o proclamemos, si no somos lo suficientemente disciplinados y exigentes con nosotros mismos en nuestra vida cotidiana; si no somos coherentes muy poca “autoridad moral” podemos tener para ser exigentes con nuestros hijos… Por desgracia, abunda demasiado aquello de «consejos vendo que, para mí no tengo».

Pues bien, a pesar de que todo lo anterior es absolutamente elemental, casi de Pero Grullo, sin embargo el que no se tenga en cuenta nada de ello, de forma sistemática, nos ha conducido a una sociedad psicopática y sociópata, una sociedad sin conciencia, en la que la característica definitoria es la ANOMÍA.

Estamos convirtiendo a los individuos en psico-sociópatas, no hablo de gente “loca” que sufre delirios, alucinaciones, ni neurosis de alguna clase, o angustia, o ansiedad… hablo de gente (cada vez un mayor número), que padece una especie de “autismo social”, gente con un egoísmo profundamente irracional, que carece del más mínimo escrúpulo, o cargo de conciencia a la hora de elegir los medios para conseguir su provecho personal… el sociópata, el psicópata, no entienden de respeto a las normas, a las leyes; y tampoco poseen sentimiento de culpa. En este tipo de individuo, en sus actos, está presente una especie de “lógica perversa”, si se me permite la expresión (pues nada más lejos de la lógica que la perversidad)

Vivimos en una sociedad que favorece el “narcisismo”, en la que las principales instituciones “educadoras y socializadoras”, la familia y la escuela, han acabado siendo altamente tóxicas, ya que no promueven –ni ayudan a- que los individuos interioricen normas éticas o morales. Tal es así que incluso ha acabado produciéndose una especie de “amnesia” en las personas de bien, en algunos españoles hasta hace poco «personas decentes», que las conduce a una situación de anomía y desapego afectivo.

Vivimos en una sociedad en la que todo vale, en la que se promueven “valores” como el engaño, la manipulación, la frivolidad, la superficialidad, la trivialidad, valores profundamente psicopáticos. Por supuesto, todo ello supone una ruptura radical con los códigos morales considerados como tradicionales… frente a los cuales se impone una cultura festiva, caprichosa y hedonista (todo lo que es deseable es sinónimo de derecho)

Si la sociedad genera personas psicópatas es debido al dogma educativo de “tolerancia máxima” (prohibido prohibir). Una psicopedagogía sin restricciones, por miedo a castrar, a traumatizar, que genera incapacidad para inhibir ciertas conductas; es el mejor camino para fabricar personas caprichosas y tiranas. Hemos llegado a tal situación que son muchos los que consideran que “modernidad” es sinónimo de “transgresión”, pues la transgresión es divertida y festiva…

“Piedat e debdo natural debe mover a los padres para criar sus fijos, dejándoles et faciéndoles Io que es menester segunt su poderío, et esto se deben mover a facer por debdo de natura; ca si las bestias que non han razonable entendimiento aman naturalmente e crían sus fijos, mucho más Io deben facer los homes que han entendimiento et sentido sobre todas las otras cosas”.

“Claras razones et manifiestas son porque los padres et las madres son tenudos de criar sus fijos; Ia una es movimiento natural porque se mueven todas las cosas del mundo a criar et a guardar Io que nace dellas…”. (Alfonso X de Castilla, el Sabio, en Las siete partidas, siglo XIII).

Antes de seguir hablando de educar y enseñar, aunque pueda parecer de Perogrullo, es imprescindible destacar que nuestros hijos no nos pidieron que los trajéramos a este mundo, tampoco nosotros les pedimos permiso para tal cosa, y por supuesto, tampoco han venido a hacernos felices y darnos “satisfacciones”… Esto tiene una grandísima importancia, pues por tal causa, los papás y las mamás contraemos la enorme responsabilidad, el deber de conducirlos hasta la edad adulta, es decir, hasta que sean suficientemente “sólidos” y autónomos, capaces de ocupar “su lugar” en la Sociedad… en eso consisten “LA EDUCACIÓN Y LA CRIANZA”. Tampoco está de más recordar que, además del derecho a la vida, los menores tienen derecho a poseer una madre y un padre, unos padres suficientemente adultos, competentes, capaces de acompañarlos hasta la adultez.

Los niños -de ambos sexos- tienen derecho a que se les enseñe a “saber ser ellos mismos”, a tomar las riendas de su vida y también a comprometerse con la Sociedad. Los menores tienen derecho a “saber hacer”, también a “saber vivir en grupo”, a vivir en sociedad, a sentirse a gusto entre los demás; y cómo no, a “saber saberes” que les permitan integrarse socialmente.

No podemos olvidar que cuando un niño nace es un ser frágil, vulnerable; lo será durante toda su infancia, también durante la adolescencia, es decir, aproximadamente una veintena de años. Entonces, cuando haya conseguido la madurez suficiente, cuando esté en condiciones de ser autónomo y adulto, podrá abandonar “el nido familiar”.

Mientras tanto, tiene derecho a esperar de sus padres todo lo que necesite para ocupar su lugar en la Sociedad. Necesita que se le eduque para que “sea él mismo” y sea capaz de tomar decisiones y hacerse responsable de los resultados de sus actos, así como comprometerse en la sociedad.

Nuestra sociedad está realizando enormes progresos en multitud de ámbitos como la biología, la genética, los medios de comunicación, la informática, la investigación científica… Pero a la vez la sociedad cada día que pasa está más afectada por la droga, el alcoholismo, los embarazos precoces, el aborto, el suicidio, la violencia, las diversas formas de delincuencia, la marginación social, etc.

Si hurgamos un poco hasta llegar al origen, a la raíz de todos esos males, acabaremos topándonos con dos cuestiones esenciales: la familia y la educación.

Y ¿qué se está haciendo al respecto por parte de los poderes públicos, aparte de discutir acerca de la conveniencia o no de las tareas extraescolares y de prohibirlas en los hogares…?

Tal vez, llegados a este punto sea necesario hacer otra aclaración: pese a que se haya generalizado el uso de la palabra “educar” como sinónimo de “enseñar”, en realidad no significan lo mismo.

– Enseñar: consiste en comunicar, exponer a los estudiantes de manera clara unos conocimientos, habilidades, ideas o experiencias que ellos no poseen, con la intención de que los comprendan y los hagan suyos para aplicarlos en un momento determinado.

Como es lógico, el docente, el enseñante, el maestro, el profesor (como mejor gusten llamarlo) debe tener un dominio del asunto que vaya a exponer a sus estudiantes; debe manejar técnicas o estrategias de enseñanza que faciliten el aprendizaje de los estudiantes dentro del aula.

Obviamente, enseñar es sinónimo de instruir, y por supuesto, solo puede instruir quien sabe, y sobre todo aquella persona a la que se le reconocen saberes, autoridad y ante quienes los alumnos están dispuestos a dejarse enseñar.

– Por el contrario, educar es formar ideas y creencias, inculcar valores; y como consecuencia, educar es algo que compete a la familia, y que por supuesto nunca ha de ser considerado exclusivo de la escuela, en todo caso en los centros de estudio se debe reforzar lo “sembrado” en la familia. Debe ser en la familia donde se inculquen esos valores para que perduren para siempre.

El objetivo de la enseñanza debe ser que los jóvenes aprendan a usar sus mentes: a usar su capacidad de pensar y razonar. Una enseñanza-instrucción adecuada les debe dar a los estudiantes el conocimiento de los hechos, y más importante, les debe enseñar cómo adquirir conocimiento de nuevos hechos para vivir y conseguir afianzar valores. La enseñanza pública en España adoctrina, inculca conformidad social y obediencia, no independencia.

Frente a la actitud de todos los gobiernos habidos y por haber, de adoctrinar a las futuras generaciones para asegurarse su voto (y ésta es la razón de que no haya habido en España ninguna ley reguladora de la enseñanza institucionalizada que haya perdurado más allá de lo que dura una legislatura), lo único que permite a los padres dotar, proveer suficientemente a sus hijos para que puedan funcionar eficazmente en el mundo es que el Estado, los diversos gobiernos no se entrometan en nada que concierna a la educación; pues, cuando lo hace viola los derechos de los padres y de los hijos.

El único objetivo de la enseñanza, de la instrucción pública, debe ser que el estudiante aprenda cómo vivir su vida, desarrollando su mente y dándole los medios para que sepa hacerle frente a la realidad.

Me dirá más de uno que lea estas líneas que, los niños y adolescentes de hoy día, de este principio de siglo son educados por la televisión, la radio, la música, la comunicación informática, los juegos electrónicos y sus grupos de amigos en la barra, la discoteca o la calle; y que cuando permanecen en casa, el teléfono y más recientemente los chats, complementan la tarea. ¡Más a mi favor para insistir en que los gobiernos deben entrometerse lo menos posible, por no decir nada!

Si acaso algo hay necesario, es procurarles a los padres, y sobre todo, a los más jóvenes, una formación de base que les permita acompañar a sus hijos hasta la adultez. Cada día que pasa es más urgente prestar ayuda pública a quienes desean fundar un hogar y tener hijos, para que lo hagan en las mejores condiciones posibles. Porque a ser padres se aprende, no es suficiente con lo que hemos recibido de nuestros progenitores.

Los poderes públicos tienen la responsabilidad de ir preparando el porvenir con la anticipación suficiente, no pueden seguir desentendiéndose como hasta ahora, desinteresándose de la familia que es la célula básica de la sociedad. Es de extrema urgencia proporcionar a los padres una adecuada formación para que sean educadores competentes.

Claro que, no se confundan: no es mi intención la de propagar más todavía la idea estúpida de que “todo lo que hicieron nuestros padres o nuestros abuelos con nosotros fue negativo, pues los pobres no daban para más ya que eran unos incapaces,…”. Y claro, así nos educaron, o mejor dicho “nos maleducaron”…

Pues, de ahí a pasar a proscribir determinadas cosas hay un pasito muy corto, y es por ello que, por desgracia hoy día no están de moda expresiones como “disciplina”, “normas de convivencia”, “autoridad”, “respeto por los demás y sus propiedades”, etc. Para muchos, demasiados, todas ellas son antiguallas que casi todo el mundo evita pronunciar, si no se quiere correr el riesgo de ser tildado de facha, autoritario, o cosas por el estilo.

A menudo olvidamos que lo que no se siembra en casa, en el hogar, en la familia, difícilmente puede cosecharse después.

Hacemos que nuestros hijos tengan la vivencia del león del circo que, había nacido y crecido en cautividad, y anhelaba salir de la jaula para corretear por los campos, ser libre… Un día, accidentalmente, se dejaron la puerta abierta, y el león salió de ella. Pero nada más empezar a caminar se le vino encima todo el peso de la libertad y la responsabilidad que comenzaba a tener, así que dio media vuelta y lo más deprisa que pudo se metió en la jaula…

Evidentemente hay que romper con la “ideología educativa” que proclama que por encima de todo hay que ser especialmente cautelosos, estar permanentemente alerta no sea que se les ocasionen traumas a los niños, de tal calibre que queden afectados o desequilibrados para el resto de sus vidas. Como resultado de ello se deriva: “dales todo, resuélveles todo, tenlos entre algodones, juega con ellos, sé su amigo, protégelos a toda costa”.

¿Alguien se ha parado a pensar que la mayoría de los padres y madres con su actitud de sobreprotección está fabricando niños dependientes o tiranos, o ambas cosas a la vez? ¿Alguien ha reflexionado sobre frases como la de “¡Ah, yo soy el mejor amigo de mi hijo!”?

¿Realmente es sano para el hijo que su padre o su madre sea “su amigo”?

Lamentablemente hay que recordarles a algunos que los hijos no necesitan que sus padres sean sus amigos (también a muchos profesores hay que recordarles que ser profesor está reñido con ser amigo de los alumnos) que, lo que necesitan es que sean padres, madres y padres competentes que los amen, pero que no los mimen; que les enseñen y ayuden a resolver problemas, pero que no se los solucionen; que les enseñen a ser capaces de tomar decisiones, pero que no decidan por ellos; que les enseñen a cuidar de sí mismos, pero que “no los cuiden demasiado”.

Educar a un hijo es acompañarlo hasta la edad adulta, y ser adulto significa ser capaz de responsabilizarse de su propia vida. Ser amigo está reñido con ser madre o padre. Los amigos no reprenden a los amigos, los amigos no enseñan a los amigos, los amigos no ejercen ningún tipo de autoridad sobre los amigos, los amigos no tienen obligaciones con los amigos tales como procurarles alimentos, un hogar, seguridad afectiva, etc.

Los amigos no educan a los amigos. Los amigos se buscan y se eligen entre gente de la misma edad. Decirle a un hijo que uno es su amigo implica invitarlo a que desobedezca cualquier tipo de norma o de autoridad, es no enseñarle que las normas no son algo caprichoso y arbitrario, sino algo necesario e imprescindible para evitar que nos molestemos los unos a los otros. Y, sin duda lo que no inculquemos en casa, difícilmente puede ser inculcado en el colegio o enmendado por los profesores. No nos engañemos.

Ahora toca hablar un poco de enseñanza. Inevitablemente me viene a la memoria el libro “Panfleto antipedagógico” de Ricardo Moreno Castillo, publicado hace ya más de una década, en el que nos advierte que “analfabetizar un país es cosa relativamente fácil, pero volverlo a alfabetizar ya no lo es tanto, y en segundo, porque la cantidad de recursos que se derrochan en mantener la ignorancia de nuestros estudiantes se podrían dedicar a otras cosas más útiles”. También afirma Ricardo Moreno que las “leyes educativas progresistas”, en un tiempo récord, han conseguido que la cultura de los alumnos baje hasta niveles alarmantes, que la mala educación en la vida cotidiana de los centros suba hasta cotas vergonzosas, y que los profesores estén más hartos, deprimidos y desesperados que nunca.”

Añade Ricardo Moreno, llamando a las cosas por su nombre, que las tales “leyes educativas progresistas” han conducido, también, a que en los centros de estudio cada alumno hace lo que le viene en gana, porque la administración no respalda la autoridad del profesor y al mismo tiempo protege al alumno que conculca el derecho de aprender de los demás,… No se está impartiendo enseñanza, y menos “educación”, se está repartiendo basura.

Tampoco han conseguido, las “leyes educativas progresistas” como suele afirmarse por parte de sus trovadores, aduladores, tertulianos televisivos y etc., una educación igualitaria, porque cuando la enseñanza pública se degrada hasta tales extremos, salen ganando los que pueden pagarse un colegio privado. Mucho menos es cierto que los nuevos problemas que se plantean al educador son debidos a una evolución social que ha gestado una juventud más conflictiva. No, si los jóvenes son más díscolos y apáticos que nunca, no es debido a ningún cambio social, es el resultado de una educación -en sus familias, tal cual hemos hablado antes- equivocada.

Coincido con Ricardo Moreno en que la legislación «educativa» vigente es un disparate de arriba abajo, y ya va siendo hora de ponerle remedio.

Una enseñanza presuntamente lúdica, donde no se inculca el hábito de estudio, se convierte en un aparcamiento para pobres, donde están entretenidos hasta que les llegue la hora de convertirse en mano de obra barata. Para que la igualdad de oportunidades sea efectiva, ha de haber una enseñanza en la que cada uno pueda demostrar su valía, su inteligencia y su capacidad de trabajo. Quien defienda lo contrario, está hurtando a los muchachos de origen modesto la única oportunidad que tienen de estudiar en serio y de competir en parecidas condiciones con los que proceden de familias más favorecidas.

En fin, recomiendo la lectura urgente del “Panfleto antipedagógico” de Ricardo Moreno a todas aquellas personas que dicen estar “preocupadas” por las enormes deficiencias de nuestro sistema de enseñanza, y que según demuestran están bastante despistados, hasta el extremo de estar debatiendo periódicamente acerca de si se deben permitir o no las tareas extraescolares, los “deberes”… Y ya para terminar (pues seguir hablando de enseñanza de calidad en la que estén presentes fundamentalmente el mérito y el esfuerzo da para mucho; para escribir un tratado…) permítaseme una penúltima reflexión:

“Una cabeza bien formada es la que tiene sus conocimientos bien ordenados y estructurados, no la que carece de conocimientos. Formar a una persona sin enseñarle cosas es como pretender ordenar una habitación vacía”.

Y, ahí va la última: “Quienquiera que controle la imagen e información del pasado determina qué y cómo pensarán las generaciones futuras. Quienquiera que controle la imaginación y las imágenes del presente determina cómo esa misma gente verá el pasado”. (George Orwell, 1984).

 

1 Comentario

  1. También yo coincido con Ricardo Moreno en que la legislación ‘educativa’ vigente es un disparate de arriba abajo. Es más, voy más lejos, pues este disparate de legislación ‘educativa’ es sólo una parte, de facto, del obstáculo prácticamente infranqueable que desde hace ya tiempo están poniendo las élites artífices y promotoras de la agenda 2030, no sólo para que los padres no puedan dar a sus hijos una educación digna, sino que este proceso ‘educativo’ se ha convertido en transversal para toda nuestra sociedad y consiste, fundamentalmente, en despojarnos de nuestros valores culturales e identitarios y de nuestros lazos familiares; en definitiva de ‘globalizarnos’, despojándonos incluso de nuestra humanidad, para convertirnos en una especie de borregos sin capacidad, ni ganas, ni herramientas para defendernos de los lobos que nos gobiernan… esto, para quien quiera seguir el hilo de la pista, comenzó, en España, tras el 11M, y las víctimas, como cada día puede observarse más claramente, fuimos todos los españoles.

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