Cosecha

Niño, ¡apaga la luz, que está muy cara! La lámpara eran unos chupones de cristales que caían desde el techo y a las que, previamente, el padre había ido desenroscando, una sí, otra no, las bombillas para que no consumiera más de lo estrictamente necesario para verse las caras. A veces, se sustituían por velas, bien por la frecuencia con la que la luz desaparecía de pronto porque parece que se “calentaban” los cables que conducían la electricidad por la ciudad, bien para ahorrar aún más en la economía familiar, hasta que llegaba la hora de la cena en la que la madre enviaba al chaval a Casa de Marcelino, ¡niño, ves a la taberna y dile a padre que ya está preparada la cena! Con lo que el cabeza de familia conseguía un doble objetivo: No gastar luz en casa pues estaba en la taberna, y desahogaba sus meninges despotricando contra el Gobierno.

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El chaval, espabilado como eran todos los de aquella época, responsable y consciente que tenía que empezar a asumir responsabilidades desde corta edad, se había acostumbrado a encender todas las mañanas el brasero con picón, reforzándolo por la tarde para que durase hasta el momento de acostarse; a que su madre le hiciera unos pantalones nuevos de unos viejos de su hermano mayor; a comer los lunes garbanzos, los martes lentejas, los miércoles patatas al caldillo, los jueves judías, los viernes bacalao “desalao” en diferentes representaciones, los sábados, que era el día en el que el padre cobraba la soldada que según el libro de Lengua Española del profesor Blecua era “el dinero que recibía regularmente una persona por un trabajo”, se comía “empedrado” y los domingo paella de arroz. La carne, en forma de pollo de corral, estaba reservada para Nochebuena y el día del cumpleaños de su padre. De cuando en cuando, iban al campo, a una casa muy grande que tenía un molino de aceite y todo, y allí le daban algunas cosillas a su madre, huevos, harina, aceite, tomates y pimientos, a cambio de los remiendos y ajustes que ella hacía a los vestidos de aquellos señoritos.

Cosecha

Su madre lavaba la ropa a mano, restregándola sobre una tabla de madera dentro de un barreño de zinc, manos prematuramente envejecidas, retorciendo la ropa con todas sus fuerzas para desalojar la mayor cantidad de agua posible que quedaba entre las prendas, que se tendían sobre unas cuerdas o alambres tensos de pared a pared, a secarse con el sol y recogerlas antes que llegara el raso de la noche, que dedicaba a zurcir los calcetines con un huevo de madera que se metía dentro de cada uno de ellos para “coger los puntos”, planchaba la ropa con una plancha de hierro que se calentaba sobre uno de los fuegos de la cocina económica y que tenía una asa, también de hierro, que se agarraba con una almohadilla bastante gruesa para no quemarse, mientras que con un paño se limpiaba el hollín con que se había impregnado la base de la plancha, la que descansaba sobre el agujero del fuego de la cocina. Se acostaba ya entrada la madrugada, con una bolsa de goma elástica que se llenaba de agua caliente para calentarse los pies, que se quedaban helados del trasiego de todo el día por la calle, el patio y la casa que, como hemos dicho antes, se atemperaba únicamente con el brasero encendido que se iba llevando de habitación en habitación para que se caldeasen un poco.

Antes, por la tarde, el chaval merendaba un bocadillo de pan del día anterior con una onza de chocolate López dentro, que más que chocolate parecía un trozo de tierra prensada y que si te lo comías de un bocado podías atragantarte con peligro de asfixia, o sardinillas en aceite o anchoas, también en aceite, que era lo más barato que había en aquella época. Y se iba a la calle a jugar con los amigos, sin miedo a que circulase ningún coche pues no había nada más que uno entre todos los residentes de la calle, ni peligro de ningún tipo que no fuera un chichón producido por una pedrada o al caerse jugando al futbol.

Siempre iban a jugar a la Plaza de San Francisco, que era un solar muy grande, de tierra, circundado por árboles, y donde podían dividirse varias pandillas de amigos en cualquier juego que quisieran sin entorpecer lo que los otros hiciesen. Ni que decir tiene que se conocían todos, de la escuela, de las actividades de los padres, que alguno de ellos iba detrás de las procesiones cuando salían en Semana Santa.

– Hoy he venido mi padre de Madrid en su coche oficial y nos ha traído gambas.

– ¿Gambas? ¿Qué es eso?

– Pues son como unos pececillos rojos, que están muy ricos, que pescan en el mar, muy lejos de aquí, y que le han preparado a mi padre entre un par de barras de hielo en una nevera muy grande.

– Claro como tu padre es el jefe de los Sindicatos y es el que hace el sorteo de las viviendas que construyen a los obreros…

– Yo no sé nada de eso, solo que estaban muy ricas.

El domingo era día de descanso e iban al cine, por la tarde, a cincuenta céntimos -de peseta- la entrada, los padres tomaban una cervecita, y para casa, que había que levantarse temprano al día siguiente para ir a trabajar.

Antes de empezar la película siempre ponían otra peliculita más corta, con una música que era igual todos los domingos, en la que aparecía el Jefe del Estado diciendo lo bien que iba España, que Rusia era muy mala y la culpable de todos los males de España, que habían detenido a no sé cuántos sindicalistas ultras -el chaval no sabía lo que era eso, pero bueno, siempre lo decían- porque querían no sé qué contra el gobierno … Muchas cosas que él no comprendía, pero que aguantaba con pasión porque al final ponían los goles del Real Madrid en no sé qué partido de fútbol, y entonces todo el público en el cine empezaba a gritar y a aplaudir.

Esa era su vida hasta bien entrada la década de los sesenta, en la que alguien escribió aquella canción “Un gran hombre”, que decía: “Hay un país / Que la guerra marcó sin piedad. / Ese país / De cenizas logró resurgir. / Años costó / Su tributo a la guerra pagar, / Hoy consiguió / Que se admire y respete su paz. / No, no conocí / El azote de aquella invasión, / Vivo feliz / En la tierra que aquél levantó/ ….” Entonces ya podíamos comer tres platos abundantes todos los días, la gente pudo cambiar de casa, ir comprando, uno a uno y de forma espaciada, una catalítica, una cocina de butano, una televisión, una lavadora, ropa ya confeccionada, y hasta un coche Seat 600, que valía 60.000 pesetas, unos 360 euros actuales, un capitalazo…

Cosecha

Han pasado los años. Demasiados para “la cosecha del 50”, aquellos en los que la flor del cerezo luce de forma permanente en nuestra cabellera. Y resulta que hay que seguir lavando de madrugada porque el precio de la luz no te permite hacerlo a otra hora, como con Franco; hay que vestir de ropavejero, como con Franco; hay que bajar la temperatura de nuestros radiadores y calefacciones, como con Franco; no puedes comer carne, como con Franco; la culpa de todo la tiene Rusia, como con Franco; los sindicatos se movilizan a favor de mantener los impuestos a la luz y la gasolina, a sea, apoyando al Gobierno, como con Franco; se oculta la corrupción de algunos gobernantes, como con Franco; nos movemos en bicicleta y por caminos, como con Franco; falsificamos la firma de un magistrado del Tribunal Supremo enfermo de ELA en las sentencias, como con Franco; todos somos iguales ante la ley, menos unos cuantos, como con Franco; los hombres y las mujeres tienen los mismos derechos y obligaciones, menos cuando las ucranianas tienen que ir a la guerra, como con Franco; se despenaliza las coacciones y actuaciones violentas de los piquetes sindicales, pensando en que son la voz del que manda, como con Franco; pero si hay algún sindicato contrario al régimen gobernante, es ultra y se envían a mil policías a “poner orden”, a dar tranquilidad, de tranca, como con Franco; se inventa la “economía de la felicidad”, no comemos, pero somos felices, como con Franco; las secuoyas tapan el bosque con la peliculita del jefe de Gobierno en televisión, como el NODO con Franco; y dirán que yo escribo en contra del gobierno, como con Franco.

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Antonio Campos
Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías. Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.