vueltas

Desconozco cuál es el motivo, por el cual la inmensa mayoría de mis compatriotas, siguen llevando bozal; en espacios cerrados, más o menos, lo podría entender, pero al aire libre, me parece una muestra de sumisión, inconsciencia o directamente, aborregamiento.

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Tengo por costumbre respetar a mis conciudadanos, incluso a los que me han afeado durante meses (¿años?), mi desidia a la hora de portar tan ridícula prenda, salvo en caso, con plandemia o sin ella, de olores pestilentes, en que se hace, ciertamente necesaria.

No sé si es por la influencia en nuestras meninges, de la infame programación televisiva, que no veo desde hace años, pero sé lo que regurgita, porque está en boca de todo el mundo, incluso de la prensa que se tiene por seria, formal, objetiva y fiable (juas, juas, juas), o la publicidad y propaganda que nos asfixia o el más insoportable cine de Hóllywood, tan lleno de mensajes a cual más procaz, ramplón y alienante o la preocupación por quién ganará la inmarcesible y futbolera Champions, en fin, que todavía no acierto a entender el porqué de tanta decadencia. ¿Acaso la educación de la tropa está, al igual que la urbanidad, completamente desaparecida?, suponiendo claro, que cultura y urbanidad sean sinónimos, que no me lo parece. Viendo las reacciones y escuchando o leyendo comentarios a propósito de la guerra, invasión o lo que sea que está sucediendo, un poquito antes de llegar a los Urales, uno tiene la sensación de que está rodeado de mediocres, prestos a comprar el primer crecepelo que le ofrezca cualquier sacamantecas, ya sea desde la Moncloa, Mediaset o libelos tipo Lo País o El Inmundo.

Me cuenta un amigo belga, que allí en Bélgica, país fallido donde los haya, donde la corrupción está tan institucionalizada, que apenas se nota, donde sus gobiernos no son menos golfos que los nuestros, donde la plandemia se ha enseñoreado como en todo el planeta, pues bien, ya nadie lleva el bozal, salvo en hospitales y transportes públicos. Si Bélgica nos gana, es sin duda, porque sus habitantes, son un poco menos lanares que nosotros.

En el portal de mi casa, sigue colgando señero, un cartel, patrocinado por el Colegio Profesional de Administradores de Fincas de Madrid, conminando a todo vecino a llevar el sambenito en las zonas comunes. Qué afán por estabularnos. Ojo, que mi vecindario está lleno de gentes que leen y escriben y tienen títulos por las paredes, vaya, que no se les puede tildar de analfabetos (¿o sí?). Como en mi familia (mujer e hijas y ya está), somos de lo más recalcitrante, ya han enviado dos o tres circulares vía whatsapp, “recordando” a los despistados, el obligatorio uso de tan idolatrada prenda. Qué pesadez. Como dice una de mis hijas, los de la Gestapo, comparado con mi vecindario, eran unos pussycats.

En mi entorno (¿mi exentorno?), tengo el motete de insolidario, y hasta me las tengo tiesas con algunos amigotes que, cuando invoco la libertad, me sueltan la consabida catilinaria hablándome de solidaridad, responsabilidad, salud y otros ditirambos por el estilo, que han hecho que ya ni de fútbol podamos hablar.

Decía Groucho que la televisión es un invento maravilloso, porque cuando alguien la encendía, él se iba directamente al cuarto de al lado a leer. Mutatis, mutandis, es lo que estoy haciendo con mi vida, me estoy saliendo de los atestados senderos comunes, hastiado de tanta burricie y tantos temores infundados y estoy recuperando mi tiempo y mi espacio. Tengo tanta lectura atrasada, que todo este sindiós, hasta le está sentando bien a mi caletre.

Por descontando, los que me conocen, piensan justo lo contrario.

Les dejo, que tengo que ir a estudiar los carteles de San Isidro, que acaban de salir del horno.

*Un artículo de Francisco Córdoba

1 Comentario

  1. Los españoles han demostrado ser unos disminuidos intelectuales extremos. Es imposible hacerles razonar.

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