emoción

Pasa el tiempo, sí, pasa el tiempo, pero algunos melancólicos, seguimos aferrados a los recuerdos o a los recuerdos de los recuerdos ¿qué más da?, eso nos alimenta y nos sirve para seguir viviendo. Sin ánimo de ponerme filosófico y mucho menos cursi, qué bien sienta un ratito de vivir en la nube de la nostalgia de las imprescindibles pequeñas cosas.

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Luis de Pauloba y un Murteira Grave, del año del Señor de 1995 pararon el reloj de la Monumental de Madrid. Recuerdo que era un domingo de elecciones municipales pero aquella tarde sentí, quizá por primera vez, lo que es la emoción hasta el llanto.

Nunca hasta entonces había oído el silencio en Las Ventas, nunca hasta entonces había sentido al gentío empujar un estoque para hundirlo en el hoyo de las agujas, nunca hasta entonces había visto torear así, nunca hasta entonces había visto el ballet grande en el abarrotado coso; Pauloba, haciendo de Pauloba, el no va más. Otra vez la metafísica en el ruedo.

Era un cartel más que apañado de final de feria, toros toros y toreros toreros, Frascuelo y Bote acompañaron en el cartel al de Aznalcóllar, que perdió la ocasión de salir figura de aquella isidrada. La suerte suprema perpetrada, impidió que el sevillano se comprase un cortijo aquella misma tarde.

A menudo me descubro recordando aquellos diez minutos, aquel día, porque cuando sucede un acontecimiento similar, uno se pone y construye todo el rompecabezas de lo que hizo desde que amaneció, para así tener el recuerdo bien dispuesto para relatarlo. Ha habido escasas ocasiones para ello, porque la mayoría están a los neones, no lo reprocho en absoluto, cada uno tiene sus sentidos donde le place. También recuerdo cuando un día me puse a contar mi hazaña (todos los aficionados saben, que vivir un acontecimiento así, se cuenta cual hazaña “yo estuve allí”), y algún aficionado orientado, lo ha corregido y aumentado, qué felicidad compartir la felicidad.

Qué manera de andar, qué manera de ligar, qué hondura, qué empaque, qué naturalidad, qué emoción por Dios, estar ante aquel toro toro, no era cuestión de aliviarse, o sí, pero el maestro Pauloba se puso a torear y los más jóvenes (o tempora, o mores), olvidamos nuestra timidez e hicimos amigos en el tendido y comentábamos entre eufóricos olés y todos queríamos decir algo y resultaba difícil porque nadie escuchaba a nadie, todos queríamos contar lo nuestro. Nunca había vivido nada igual y eso que ya había visto Qué bello es vivir y Ciudadano Kane y leído el Quijote y Cien años de soledad y visto Las Meninas y la Catedral de Burgos, pero no, ciertamente, nunca me había pillado la emoción tan a traición.

Cuando aquel hombre, porque eso es un hombre, se fue pausadamente en busca del estoque, todos fuimos con él, cuando se cuadró, todos nos cuadramos, cuando se perfiló, con él estaba todo aquel gentío, cuando pinchó ¡maldición!, todos pinchamos. Aquella obra de arte, no merecía aquel final, sin embargo, aquella obra perdura, entre brumas, pero perdura.

Otras veces volví a ver a Luis de Pauloba esperando ver el milagro repetido y completado, mas todo fue en vano. Pero no, aquello fue cualquier cosa, menos en vano.

Gracias maestro Pauloba, por enseñarme a emocionarme sin rubor.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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