Ciencia

A menudo juego a viajar mentalmente en el tiempo, y ahora me veo desde la perspectiva de aquella adolescente ochentera que en los intermedios de las películas o programas que veía ocasionalmente en la tele –nunca fui gran consumidora de pantalla- escuchaba perpleja aquella frase de “no pesan los años, pesan los kilos”, y me complace ver que a pesar de que nunca consumí la marca de agua que así se anunciaba, salvo en restaurantes sin opción a dejarme elegir otra marca, he llegado a mi edad actual en un estado adecuado tanto de los unos (años visuales) como los otros (kilos).

[Un Presentador De TV3 Prohíbe A Una Niña Que Use El Español]

La perplejidad me la producía la osadía de insinuar que un acto tan básico, primitivo y vital como beber agua se pudiese transformar en objeto de comercio al que se le achacasen propiedades medicinales capaces de influir –positivamente, por supuesto-  tanto en el inevitable envejecimiento como en el controlable sobrepeso-. A la ciencia curiosa le agradezco los conocimientos sobre composición del agua, mineralización, presencia de parásitos y tóxicos (por ejemplo, los plásticos transferidos desde las botellas de la saludable agua del anuncio), o sus funciones concretas en el organismo. Del resto, se encargará mi mecanismo de la sed.  A la ciencia también le agradezco que explique por qué los refrescos me engordarían y envejecerían mucho más que cualquier agua saneada, en caso de dejarme engatusar por sus anuncios multicolor de gente joven, guapa e hiperactiva. Ahora, comparen la omnipresencia de la publicidad de refrescos con la divulgación de los efectos adversos de estos, que hay que buscarla con lupa.

Por aquellos años o un poco más tarde arrancó también la fiebre del colesterol. El esperpento publicitario y de márketing agresivo llegó al punto de introducir pegatinas y leyendas de “0% colesterol” en productos que por naturaleza no lo contienen. Las cifras “saludables” de colesterol  (el “bueno” y el “malo”) fueron determinadas por una serie de señores (eso sí, “basado en siensia”), abriendo así un campo comercial tanto en la industria alimentaria como en la de la medicina “preventiva” (invasiva) que ha movido cifras astronómicas de dinero, y también de obsesiones y de –espero que algún día se sepa- estragos en la salud de quienes obedecieron a su matasanos dispensador de pastillitas para mantenerlos  en los márgenes decretados por “la siensia”.

A la ciencia curiosa y libre le agradezco que haya averiguado las características de las grasas manipuladas introducidas en la alimentación industrial, y sus efectos en nuestro organismo, y que sólo conocen las personas que se esfuerzan en averiguar más sobre la naturaleza de lo que comen.  De nuevo, como en el ejemplo de los refrescos, el contraste entre la publicidad de los sabrosos bocados y la divulgación de la salud alimentaria es abismal. Lo primero le llega a toda la población invasivamente, lo segundo sólo a los que lo buscan.

A lo largo del siglo XX la industria alimentaria, la ciencia y la siensia se han hibridado dando como resultado un producto de consumo dirigido a un público amaestrado a base de ese invento casi demoníaco llamado publicidad. Un ente con vida propia sólo comparable al de la industria cosmética/ científica /sientífica. Todos hemos sido bombardeados con anuncios de potingues que prometían la eterna  juventud, tersura y luminosidad que a todos nos gusta sentir y contemplar. De una forma cada vez más exagerada, la publicidad cosmética se igualaba a la ciencia, con menciones constantes a los “laboratorios” –como si para venderte un mueble te hablasen de la serrería- simulaciones por ordenador con bolitas que atraviesan una epidermis y empujan desde abajo y entonces esta, que aparecía con montículos y valles y color cetrino, procede a tensarse y volverse de un tono pastel. ¿Cómo no comprar semejante chollo? ¡Es ciencia! Últimamente el lenguaje de la publicidad cosmética está virando a la nueva moda de lo verde y sostenible, pero todos hemos sido testigos de los eslóganes de “hasta diez años menos en dos meses”, “un 40% menos de arrugas en seis meses”, “un 80% menos de celulitis”, “un 100% extra de hidratación”… Todo humo indemostrable. En el terreno de la cosmética masculina, un público consumidor tan diferente al  femenino, el anuncio estrella era que si usaban determinada marca de desodorante se convertirían en sementales irresistibles para los más bellos pibonazos, aunque el sudorante en cuestión fuese más feo que pegarle a un padre, y un tirillas. La ciencia libre nos explica el funcionamiento de las feromonas, pero me temo que estas no hacen milagros de ese calibre.

Ahora la publicidad cosmética tiende a utilizar a actrices famosas, cuya edad es conocida por el público consumidor, pero con la inestimable ayuda de la edición digital de sus caras ajadas, aparte del maquillaje. Menos mal que ya sabía esto cuando me vi tentada de comprar el tarrito que me pondría el dulce rostro difuminado de Rachel Weisz, y me ahorré una pasta. En los años ochenta cuando empecé a analizar la propaganda intuitivamente, era sabido y notorio que se utilizaba a chicas de no más de dieciséis para anunciar cosméticos y anticelulíticos. Hace unos años una marca fue sancionada por vender un alargador de pestañas, anunciado por Penélope Cruz… con pestañas postizas.  Nos ha jodío con los deslumbrantes “milagros” de la siensia cosmética.

Recuerdo entrar con veintimuypocos años en una perfumería con unas amigas de más edad, y la dependienta ofrecernos una crema nueva que proporcionaba “un 400% más de hidratación”. Mis amigas estaban maravilladas, pero yo le pregunté: “más … ¿que qué, o cuál? ¿En qué consiste la hidratación? ¿Cómo se mide?”. Naturalmente la dependienta, una mera repetidora de eslóganes publicitarios, se quedó sin respuesta, y mis amigas con los ojos muy abiertos, que luego al salir de la tienda –sin ese carísimo potingue- mantuvieron igual de abiertos  mientras reflexionaban en voz alta sobre la credulidad acrítica que mostrábamos con las afirmaciones científicas de la propaganda cosmética.

A la ciencia libre y pura le agradezco por ejemplo cosas como que comprendieran la tremenda toxicidad de los parabenos, unas sustancias presentes en todos los potingues, que en las décadas anteriores nos untarrajeábamos por el cuerpo y la cara en busca de la eterna juventud, y que ahora en cambio han dado lugar a una nueva pegatina de “0% parabenos”, igualita que aquella del colesterol, incluida por los que vendían como seguros sus ungüentos con parabenos.

Las vacunas son seguras y eficaces. Porque tú lo vales.

Siendo consciente en todo momento de la compleja maraña con la que se ha engañado al mundo entero con una bolita verde con pinchos que flota por las pantallas de los medios de comunicación de cada país, y que me recuerda a las bolitas de lisosomas o el Q10 de las modas cosméticas pasajeras –porque siempre son pasajeras, la industria impone renovación constante, por estudiadísimas razones de mercado y neuromárketing-  el verano pasado un tuit de cierto diputado médico  me hizo terminar de comprender cuál es tal vez el mayor problema de la mentalidad de nuestra época. El  tuit venía a decir que el laboratorio X garantizaba (¡!) que la prisa por sacar su mejunje no afectaría ni a su seguridad ni a su eficacia. Es decir, ese ultracreyente de la siensia confundía una mera declaración de intenciones, un eslogan propagandístico, con ciencia, con “evidencia científica”, otra de esas expresiones abusadas que han degenerado en eslogan publicitario vendehumos. Un laboratorio no puede “garantizar” a priori algo que sólo el paso del tiempo puede demostrar fehacientemente. Lo que ese diputado médico, conocido por su fe entusiasta en la siensia occidental (tiene tuits prejuzgando la invalidez de la siensia china), propagaba entusiasmado como logro de su dios,  no era ciencia. Era propaganda. Indemostrable. Humo.

Ya por entonces intuía qué había detrás de tantísimas personas repitiendo alienadamente la frase “las vacunas son seguras y efectivas”, cosa que si la big tech no estuviese en manos de los mismos creadores tanto de la “pandemia” como de la “vacuna”, se podría teclear en un buscador y ver cómo el eslogan arroja millones de resultados. La gran mayoría de los resultados reales de cualquier sitio web que hablen de vacunas están directamente anulados, y los buscadores sólo devuelven sitios de exaltación de la “vacuna” y réplicas de “verificadores”.

La aplastante mayoría de la población tiene el cerebro reconfigurado por la propaganda, la publicidad y la ficción. Estoy convencida de que si la neurología, mi rama de la ciencia predilecta a día de hoy dada la obsesión de los totalitarios por el cerebro, estudiase los cerebros de personas nacidas hace noventa años y los nacidos en los últimos sesenta desde la perspectiva de cómo perciben la realidad y el tiempo, se encontrarían con que se han producido profundas transformaciones. Para mal. Algunos nacimos de serie con inmunidad, como esa tribu de Papúa Nueva Guinea que acabó desarrollando una mutación que los protege de la enfermedad priónica neurodegenerativa por su pintoresca tradición de prepararse smoothies con el cerebro de sus finados.

Esa reconfiguración para mal de la percepción de la realidad, y la distinción de propaganda comercial de las “evidencias científicas”, lamentablemente afecta de lleno a médicos y científicos. No dejan de ser seres humanos normales. El espectro de inteligencia y otros talentos es el que es, y no podemos pretender que al salir de la época de la igualdad de oportunidades –que se acerca a su fin- ese escaso 15% de personas aventajadas sea el que copa todas las profesiones que más  necesitamos. Es matemáticamente inviable.  La mayoría de los científicos –esa mayoría que precisamente les supone otro argumento falaz, el de que la mayoría siempre tiene razón- dan por buena cualquier cosa que proceda de un laboratorio (templos), una revista científica (sus oráculos) o alguien a quien reconozcan como autoridad (dioses). Su fe incluye a las agencias de medicamentos, unas entidades con puertas giratorias que dejan en gatera desvencijada  a las de las eléctricas, que como he oído decir a más de un sientifista, “garantizan” la seguridad de los mejunjes. Mejunjes que de vez en cuando son retirados, y si son retirados es porque alguna vez fueron aprobados. Pero esto es de estas cosas que sólo las personas verdaderamente curiosas y los científicos libres de encantamiento publicitario son capaces de descubrir y entender. Personas capaces de ver por encima del tiempo, y de las debilidades humanas.

Un médico y un científico capaz de entender a día de hoy la diferencia entre un eslogan publicitario y una “evidencia científica” es una rara avis. La humanidad está herida de muerte. Porque algunos, los dueños y  maestros de la propaganda, que a su vez lo son de los laboratorios gigantescos, los gobiernos, los medios de comunicación de masas, la big tech,  las agencias “verificadoras”y  las instituciones piensan que tú, no lo vales.

*Un artículo de Ana Tidae

3 Comentarios

  1. Mi querida señora, yo soy una persona con unos estudios, digamos, decentes (que por otra parte he de decir que de bien poco me sirvieron. Seguramente porque al igual que Ud soy un producto de la EGB y la formación profesional de S.G.), pero ello no ha sido óbice, ni para “culturizarme”, ni para perder mi sexto sentido.

    Pues bien, al hilo de lo que declara ser preferencia en Ud, la neurología, y desde mi “siensia” de andar por casa, le diré que “neura”, palabra usada en la calle para con condescendencia, menoscabar el planteamiento de otro, es hoy el mal que aqueja a la humanidad.
    Si tu estás ahí insidioso tras alguien todo el día, en plan pepito grillo maledicente dale que te pego a machacamartillo con un temita, al final le creas una neura de “diseño”, que se convierte en verdad absoluta, porque le trituras hasta la capacidad de darse cuenta de las contradicciones propias y ajenas.

    Sabe Ud cuándo y con qué ocurrió mi “despertar” al engaño de la publicidad?…..pues con los anuncios de funerarias. Puede que de todos sean los más manipuladores y osados (junto con los de seguros), con su “aseguranza” de vida eterna, con descaro y sin complejos oiga, y también los causantes de esta “conciencia” inconsciente, de “eternidad” y de que se puede burlar a la muerte.
    Uno de su eslogan era “el mar de la tranquilidad” o algo así, y no podía ser más acertado. Esa tranquilidad falsa infundida a tantos de que “no van a morir” o mejor aún, que es hasta guay lo de morirse si lo haces con ellos, ha permitido a charlatanes timadores y estafadores de la “salud”, un nicho de negocio inacabable. Pero claro, para ello necesitaban activar el resorte hipocondríaco, aprensivo y neurótico, latente en esa mayoría amaestrada previamente por los charlatanes del negocio de pompas fúnebres.
    Dopados de grandes dosis de la droga” Happy” vivieron sus vidas ajenos y disociados por completo de la realidad y sin la gravedad y solemnidad que requieren ciertos temas en su trato; de los peligros que siempre estuvieron ahí, mientras a los que les advertiámos de la realidad amenazante, nos llamaban pesimistas, “aguafiestas” (que exactitud XD), agoreros y cenizos.
    Tal cual hizo el comunismo en los 50′ con sus espías, una legión de “durmientes” estaban entre nosotros como parte nuestra y sin ser conscientes de ser lo que eran: alienados programados, listos para ser activados y convertirse en quinta columna contra sus propios vecinos, amigos e incluso familiares. Brillante sin duda, maquiavélico pero brillante.

    Es tal la disonancia cognitiva que llevan, que aún incluso ahora siguen “consumiendo” sin extrañarse, una publicidad que a poco que entrara algo de luz en esos cerebros necróticos, se darían cuenta de la gran mentira que vivimos. Que sigan sin ver el contraste entre la vida de 💩 que llevamos minuto a minuto, con esa otra maravillosamente “normal” vida de “siempre” a la que ha vuelto la publicidad……..en fin, es desolador.

    Conclusión:

    Es que son eso: actores de una ficción publicitada. Planos fijos de una felicidad artificial. Postales de un paisaje idílico que luego no encuentras nunca. Hasta publicitan en canales de esos de teletienda, unas gafas que mejoran y embellecen el entorno en el que te encuentras. Fotos “inmortales” que les devuelven una imagen que ya no es. Son tal cual hologramas artificiales, humo atrapado en cuerpos densos y mortales que rechazan, rechazando con ello la propia vida, pues vida y muerte son indisolubles y la una sin la otra ningún sentido tiene. No alcanzan ni a comprender – potingue milagroso Dios mediante – ni que desde el mismo preciso y precioso instante que empiezas a vivir, empiezas también a morir.

    Conocí a una niñita ilusa que cayó en una tristeza profunda el día que descubrió que el Sol también moriría y con él todo lo que ha sido, es y será. Ese día lo negó (tenía un hermano mayor muy hermano mayor, ya me entienden: bastante cabroncete), quiso ignorarlo, quiso creer con todas sus fuerzas que era una mentira. Qué sería entonces de todo lo que amaba? De las pirámides, de las catedrales y de todo aquel pasado que la maravillaba, encandilaba y hacia soñar?……NO! No podía ser, sería otra de las putaditas de su “adorable” hermano mayor, como aquella otra de “que tuviera cuidado de no pincharse en un ojo porque le extallaría como un globo”, sería otra de las muchas que usaba para acojonarla y que luego su padre desmentiría para tranquilidad suya. Pero no, era verdad y su padre no le engañó esta vez. Aquella niña, ante la “evidencia” científica o no, aceptó la realidad, perdió la inocencia y se hizo mayor de golpe. Aquella niña era yo y no pude darle la espalda a la realidad. En mi mente se abrió una nueva luz y supongo que, a base de dejar entrar esos rayos sucesivos por más que me dolieran, superando esos momentos de desconcierto y retomando la senda de vivir donde la dejé antes del trauma, la neura se quedó agazapada pero débil, por una determinación y voluntad inquebrantable de superar tantas como me vinieran en adelante. Esos rayos de luz incisivos y directos a la línea de flotación de mi fantasía, esos rayos a los que no les impedí la entrada, supongo impidieron que se me necrosara el cerebro y, llegados a estos momentos de la verdad, con una capacidad de discernimiento que a otros les es imposible, salir airosa (espero) de tan duro trance.

    Darle la espalda a la realidad es peligroso, porque no va a desaparecer como los monstruos de bajo de la cama, si viene papá a mirar. Va a seguir ahí nos pongamos como nos pongamos, y su golpe será – si lo haces – a traición y más duro si cabe.

    Legión de niños mimados empecinados en no crecer, se meten chutes de estulticia dosis tras dosis, y como niños consentidos no acostumbrados a perder, quieren obligar a papá a que nos chuten su estulticia, para no sentirse ellos unos auténticos imbéciles. Que chupiguay todo en sus mundos de yupi.

    Un saludo señora. Encantada de haberla conocido y haber podido leer su pensamiento que comparto.

    • Es que todo cuanto nos rodea se ha ido convirtiendo en objeto de comercio, incluida la muerte. Morir es desproporcionadamente caro. Pero no es sólo culpa de esas grandes corporaciones que han reconfigurado la mente humana a través de la lente con filtros de la propaganda y el consumismo, sino de todos los que de una forma u otra se han subido al tren de la codicia.

      Un buen hombre español se arruinó hace unos años con la idea de fabricar ataúdes de cartón, mucho más baratos y ecológicos que los acostumbrados. Adivina quién asfixió su idea constructiva y sostenible: los del negocio funerario.

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