Parece mentira que hayamos llegado a un punto en nuestras vidas en el que tengamos que pedir que nos dejen vivir en paz. No queremos fama, no queremos riqueza, no queremos poder, simplemente queremos que nos dejen tranquilos, que no amarguen nuestras vidas y que nos dejen hacer con nuestros cuerpos lo que nos de la gana incluso que los que quieran inocularse lo hagan en libertad, con toda la información y, sobre todo, conociendo las posibles consecuencias, conociendo los efectos que pueden provocar en nuestro cuerpo.

Queremos que esos que se creen con la potestad de hacer con cada uno de nosotros lo que les de la gana, se dediquen a sus vidas, a disfrutar de sus fortunas económicas y de sus miserables existencias porque tienen que serlo, alguien cuyo objetivo principal en la vida sea perjudicar a sus semejantes no puede ser alguien feliz, por mucho dinero que tenga.

Por eso los que queremos que nos “dejen vivir” deberíamos convertir este precioso tema en una especie de himno. Un himno que resuene y que sí se convierta en realmente contagioso. No como esa farsa que se han inventado para destruir nuestras vidas.

 

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