Una conducta es un patrón de comportamiento (O rutina) que se adquiere repitiendo. Un automatismo no es otra cosa que la repetición de una rutina. Toda conducta es pues repetitiva, automática, y se opone, por definición, a eso que llamamos frescura (O espontaneidad). A todos los seres humanos nos resulta atractiva la espontaneidad cuando la percibimos en otros. ¿Por qué pues anulamos nuestra propia espontaneidad, sustituyéndola por tediosas rutinas?

Todo automatismo fue diseñado, en el pasado para continuar operando en el futuro, y eso impide, en principio, cualquier cambio. Hay quién, al darse cuenta de que, perdiendo la espontaneidad ha perdido su libertad, se propone recuperarla y piensa -A partir de mañana cambiaré- pero no cambia, y eso es porque la voluntad no sirve para cambiar una conducta, pues la voluntad es puntual y puede incidir en algún punto (Es decir, por algún tiempo) pero el automatismo es persistente y volverá a tomar las riendas, pasado el acto de voluntad. La voluntad solo podría “luchar” contra el automatismo si fuera igual de persistente pero ¿Qué sería entonces sino otro automatismo? La voluntad no sirve para cambiar y está bien que así sea pues lo contrario sería pura locura ya que ¡Contra quién te enfrenta tu voluntad sino contra ti mismo! El alcohólico piensa –Me gusta beber, me apetece beber, y por eso tengo la costumbre de beber pero, a partir de mañana, no beberé-. Yo luchando contra yo. ¿Quién va a perder sino yo?

La voluntad, por sí misma, no puede producir ningún cambio verdadero. Lo único que puede generar un cambio real es el conocimiento, la comprensión, la sabiduría. La prueba es que nadie se comporta, después de enterarse de algo, como se comportaba antes de enterarse. ¿Quién seguiría tomando su vaso de leche diario tras saber que es intolerante a la lactosa? Pero, para enterarse de algo, hay que estar receptivo a la novedad (Tener la mente abierta) y eso es incompatible con mantener cualquier creencia (Que fue adoptada, en el pasado, para continuar operando en el futuro). La información nueva siempre tiene el efecto de destruir viejas creencias. Es por eso que, los que desean conservarlas, reaccionan contra la novedad, contra la frescura. Es por eso que los llamamos “reaccionarios” o “conservadores”.

Todo cambio real implica una actualización, una corrección, una ampliación de la información que se tiene, y eso solo puede suceder cuando la mente se abre a la posibilidad de valorar nueva información. Solo así se puede cambiar el futuro que fue previsto en el pasado. Es por eso que, quién desee cambiar, debe abandonar toda actitud reaccionaria y eso solo puede suceder al comprender que conservar es lo opuesto a cambiar; al comprender que si su pérdida de libertad tuvo que ver con las conductas que le fueron inculcando, recuperarla solo puede consistir en desaprenderlas.

 

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