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Me he tomado la insufrible molestia de aguantar durante una semana la bazofia noticiera que se difunde a través de la televisión en relación a nuestro ya familiar coronavirus. Y digo familiar porque nos lo colaron en casa hace ya año y medio y no parece que tengan intención de volverlo al laboratorio de donde nunca debió de salir, allá por la “China y sus naranjas”.

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La estrategia que desde la “portavocía” del gobierno globalista, o sea, la televisión, se está empleando contra la población desprevenida o asustada a través de muy cuidados mensajes en cadena, raya en lo esperpéntico y lo infantiloide. El discurso, que adquiere un aire imperativo de acusada intención legislativa, en las antípodas de la función informativa a la que debería ceñirse, se acompaña, además, de toda una parafernalia gestual por parte de quienes escenifican la pantomima; con gran profusión de muecas tremendistas, donde no falta el torcimiento de boca reprobatorio, el enarcamiento de ceja a modo de advertencia o la negación “cabestral” para sancionar conductas disidentes. Todo muy básico y superficial. Se diría que le tienen cogida la medida al público televidente. Esto es, que nos toman por tontos.

Y parece que no van muy descaminados en sus apreciaciones, pues el discurso dialéctico que utilizan para ir minando de manera progresiva la exánime defensa de las hordas despavoridas de covidanos que se dan cita frente al televisor, parece sacado de un tebeo de Mortadelo y Filemón; por la puerilidad de sus argumentos, la circense puesta en escena y el escarnio público subsiguiente con el que suelen acabar sus historietas –recuerden la sentencia de inconstitucionalidad de los dos estados de alarma decretados—.

Pero, a pesar de lo absurdo de la situación, el caso es que la estrategia de sometimiento funciona muy bien. Algo debe haber pasado con el sentido común de la especie humana, que parece haberse esfumado mezclado entre otros vapores más sugerentes que acaban con suplantarlo. Y no ya debido a las graves perturbaciones psicofísicas – que también— provocadas por toda esa basura transgénica o venenosa que nos estamos comiendo, inhalando, irradiando e  inoculando,  sino, más aún, a consecuencia de todos los convencionalismos y falsas verdades que nos han sido grabadas en nuestro disco duro desde pequeñitos, que deja el camino bien abonado al sometimiento más abyecto en ausencia del ejercicio evolutivo por antonomasia: la práctica del espíritu crítico.

La consecuencia de todo ello es que nadie quiere ser excluido del rebaño. Lugar, este, donde no solo se nace y se pace, sino, también, donde se puede medrar y alcanzar los objetivos caprinos marcados en ese plan “sapien(serpen)cial”, envenenado en su origen, tendente a levantar el pescuezo por encima del resto y a disfrutar de las vistas. De ahí a dejarse pinchar lo que sea, por quien sea o cuando sea, va solo un paso; a veces, incluso, a cambio de un nimio –o simio, que no se llevan mucho—  interés, pues, como estamos viendo, son pocos los que deciden resignarse a quedarse sin cena de empresa estas navidades. ¡Total, solo es un pinchazo de nada!

Veamos unos cuantos ejemplos cogidos a vuelapluma, que vienen a ser testimonio del tipo especial de manipulación dialéctica con la que estamos siendo bombardeados desde esa pantalla de TV, colocada estratégicamente en lo alto del gallinero, con la finalidad de no dejar pollo con plumas, gallo con cresta, ni gallina con huevos.

Porque el lunes pasado, si recuerdan, nos desayunamos con frases como esta: “Austria lidera en Europa la batalla contra los no vacunados”. Un comienzo movidito. Sin duda, la semana se inauguraba con esos primeros síntomas de una nueva escalada covidiana. No en vano, nos están induciendo la idea de que se está librando una batalla en la que, al parecer, todos estamos implicados. Inoculados contra no inoculados.

También son motivo de análisis las alusiones a uno de los tres poderes del estado que aún conservan cierta independencia, y que, como ha venido demostrándose en sus reiteradas sanciones al gobierno, todavía conservan el sentido común y la libertad de criterio. Nos referimos a las siguientes frases: “Las Comunidades autónomas instan al gobierno de la nación a que se implique en adoptar medidas para la implantación del pasaporte covid, sin temor a que lo tumbe la justicia”. Como puede observase, nuestros “acendrados” comunicadores no se arrugan a la hora de señalar a la JUSTICIA como al enemigo público número uno en los planes globalistas del gobierno. La verdad es que los ataques a la Justicia se han repetido a diario durante esta última semana, y siempre con la misma y machacona cantinela: “¡Los jueces han tumbado!”. A veces se intercalan con dardos propios de la jerga covidiana más rastrera, como el empleado en tono de burla por algunos dirigentes: “Tenemos a algún juez negacionista en Euskadi que nos impide…”. Es decir, la idea que quieren proyectar en la masa de público televidente es que la institución más sagrada del Estado, la Justicia, y sus protagonistas, los jueces, son una especie de falsarios que deberían ser oportunamente reeducados en las ideas globalistas a mayor grandeza de una España que dejará de serlo. Porque la palabra tumbar adquiere unas connotaciones que se relacionan directamente con el campo semántico del término “negacionismo” (tumbar como negación de la verticalidad). En tal caso, los jueces son los únicos con capacidad legal para hacer frente con efectividad a los planes de deshumanización y advenimiento del transhumanismo que lidera los objetivos de estas élites, al margen de cualquier tipo de ordenamiento democrático y/o legal.

Por desgracia, esta misma semana también se ha anunciado otra noticia que, sin duda, influirá notablemente en esa capacidad crítica e independiente del órgano de los jueces: “Se acelera la renovación del Consejo General del Poder Judicial”. ¡Que Dios nos pille confesados!

Otra perla salida del estro del gremio de comunicadores sería la que sigue: “España se plantea implantar el Pasaporte covid”. ¿España? O sea, ¿todos nosotros? Pues a un servidor –ni a ustedes— nadie ha tenido la deferencia de preguntarle: ¿A qué España se estarán refiriendo? ¿A esa que quieren tumbar como a los jueces que la defienden? Como ven, generalizar y afirmar en nombre de todos es arrogarse una potestad que a la “tele” no le corresponde. Pero de nada nos sirve cuestionar códigos deontológicos y conductas reprobables. El mal ya está hecho: sugestionar al gran público para que se sume a la consigna difundida para todo el rebaño. ¡Bienvenido sea el pasaporte covid! Y como decía manu militari un sapiens antecesor salido de la cueva de Altamira –léase Cantabria—: “Que se imponga por las buenas o por las bravas a través del Ejército!”. Con semejante imposición, no nos queda otra que responder con chanza en el mismo lenguaje castrense: ¡Descubrirse a la orden!

Emplear términos como éxito, récord, “a la cabeza”, etcétera, para revestir de un halo de positividad lo que en realidad no solo es nefasto sino también cruel, es otra de las prácticas habituales de esta nociva dialéctica. Porque disfrazar al lobo con la piel del cordero resulta ser el juego más perverso en las lides del sometimiento. En palabras del presidente del gobierno: “Hay que continuar con esta estrategia de vacunación tan exitosa en nuestro país”. Como ven, la estrategia es un término usado habitualmente en el ámbito militar, con lo que las connotaciones a esa guerra sucia que se está librando a escala global, queda manifiesta. Si a ello le añadimos el término éxito, produce en el consumidor televisivo una especie de estado de plena satisfacción, del tipo: “Estamos en guerra contra el no inoculado, pero nuestro comandante en jefe dice que no tengamos cuidado, porque vamos ganando”.

Lo de Susana Díaz ya fue de juzgado de guardia. En no recuerdo qué programa de televisión salió vomitando consignas propias de alguien que se muestra, sin velo que la cubra, vendido al sistema. Apelaba a los jóvenes a inocularse, con descaro y jocosa verborrea, esgrimiendo las coacciones y amenazas más chabacanas que uno pueda imaginar; del tipo: “o te vacunas o te quedas sin tomarte un cubata con los colegas”, y otras lindezas por el estilo. Aquí el lenguaje pretende atrapar a un público acorde con las formas empleadas en su apelación. ¿Acaso esta señora piensa que nuestros jóvenes son tan mamarrachos como el propio lenguaje que utiliza para dirigirse a ellos? ¿O es que esta señora, que representa a buen número de españoles de bien, es así?

Atribuir a determinados organismos internacionales la patente de corso para abordar la conciencia de los devoradores de noticiarios, es otro modo de pervertir el buen juicio de la población consumidora de noticias. Incluso utilizando organismos privados, verbi gracia, la EMA (Agencia Europea del Medicamento), la cual es utilizada de sancta sanctorum de la transcendencia informativa: “La EMA avisa de la importancia de seguir reforzando las vacunas” ¿Y cómo habría de decir otra cosa, si es la encargada de vendernos la jeringas y los viales? Pero claro, eso de EMA suena muy bien.

¿Y lo de Austria? En apenas una semana se ha pasado del “¡Que viene el lobo!” a “comerse a la abuelita”. El viernes escuchábamos esto: “El coronavirus acorrala a Europa, que se plantea confinar a toda la población”. Es decir, no solo nos están llamando borregos a la cara, en evidente alusión a su intención de meternos en los corrales, sino que, además, lo rodean de un ambiente bélico globalizado, donde Austria sería la primera nación en recibir la primera embestida de ese enemigo imaginario al que solo se puede combatir enchiquerando al personal. Claramente -y permítasenos esta incursión en el campo de la psicología-, estamos ante un caso flagrante de incitación a la psicosis colectiva.

Para acabar, les dejo con un caso que, por motivo de su naturaleza interdimensional, deberá de tratarse en otros foros más acordes, quizá en algún programa de misterio. Porque nos referimos al extraño caso del “gen invencible”, esto es, el que portan las personas que, conviviendo con gente contagiada de la covid, no lo pillan –con perdón— ¡ni de coña!

Juzguen y comparen, pero no se dejen tomar el pelo por prestidigitadores de la palabra y funambulistas de los gestos.

*Un artículo de Pascual Uceda Piqueras

4 Comentarios

  1. Bien expuesto, y es precisamente por todo esto que, cuando oigo frases optimistas como “la gente está despertando” o “esto ya no se aguanta”, siempre respondo: “basta con que en la tele digan ¡que viene otra ola!, y ya veréis como la gente vuelve a obedecer, c*gada de miedo”. Y en efecto, así es, como estamos viendo ahora mismo.

  2. Es tan simple como esto: a la mentira de “yo cumplo porque quiero que esto acabe” esta la verdad “precisamente no acaba porque cumples”

  3. Efectivamente, la batería de trucos con los que la televisión viene destrozando el intelecto y el instinto de sus aborregados consumidores -toda la gente verdaderamente inteligente que conozco la apagó hace años- empieza por esas muecas sobreactuadas que recurren al mecanismo primitivo de la neurona espejo. Para gen invencible, el de esta servidora que se hizo inmune a esas tretas desde que no le cuadraba la cara de póker y entonación llana con la que las noticias contaban cómo una bomba en los bajos de un coche habían matado a un niño de dos años (ejemplo), en contraste con un arqueamiento de ceja -por entonces sutil- por “crímenes” que no me lo parecían tanto. O cuando un locutor de los 40 pretendía convencerme de cuál era el próximo “éxito” que debía apasionarme sí o sí. Sí, señores, todo esto viene de muy, muy atrás; antes era más velado y ahora ya llega a producir vómito. Para más inri, ahora cuentan con tecnología que intensifica ese lavado literal de cerebros desde el mismo aparato de basuravisión.

    Cuando una persona del montón, mayoritario montón, se sienta ante la tele o coge un ejemplar de El inMundo, el ABC o Lo País, tiene dos ideas básicas en su pasiva cabeza: esos medios de INFORMACIÓN (esa es la teoría) le van a suministrar dos cosas esenciales:
    Realidad
    Importancia.
    Creen que el medio de “información” es el recurso que le permite conocer la realidad de lo que sucede más allá de su barrio, que es lo único a lo que llega su alcance natural, y que además lo que te van a contar es lo más importante y grave. Así, el vago y sugestionable espectador delega en el morrito fruncido de la Griso o el cambio de tono de Ferreras o el ceño arrugado de un tertuliano-actor su propio procesamiento de informaciones y emociones. Es así de patético.

    Y ni lo uno ni lo otro. Ni realidad ni importancia. Crean una realidad falsa por encargo (económico o ideológico) y adjudican y retiran importancias manipuladoramente. Ejemplo: manadas y manadas. Gürteles y ERES, “pandemias”, etc.

    El ministro de Salud de la India desmintió oficialmente en su día que existiese algo tal como una “variante india”, y ayer su homólogo sudafricano hizo lo propio con la supuesta “variante de Botswana”. Los medios no sólo manipulan sino que directamente MIENTEN y crean material fraudulento.

    Todo su asqueroso lenguaje de propaganda bélica hay que volverlo contra ellos. Si de mi dependiera, la ‘batalla contra los medios de propaganda’ empezaría esta misma tarde, y sería literal y convencional. Son el MAL.

  4. La ley obligó a poner leyendas en la publicidad. Hasta para anunciar el barco pirata de Playmobil tienen que poner “simulación”, para que los compradores entiendan que el juguete no viene con los siete mares. Un coche: “rodado en circuito cerrado”, unas sardinas de lata en un plato “sugerencia de presentación”, etc

    Y resulta que los únicos que tienen bula total para sacar su propaganda engañosa son los medios de manipulación. Pillaron a una cadena de tv brasileña grabando un enterramiento “ultracontagioso” falso, con esos trajes ridículos; pillaron a TVE emitiendo imágenes de un hospital chino como si fuese Madrid, pillaron a varios medios emitiendo imágenes del mismo hospital como si fuesen de distintos países, pillaron a una agencia de atrezzo pandémico, pillaron maniquíes en camas de hospital. Y se justifican diciendo que es para tener imágenes de archivo para dar las noticias, y que es normal y lícito.

    Tienen absoluta LICENCIA PARA MENTIR.

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