saben

Hubo un día realmente especial en nuestras vidas, aunque igual no nos acordamos -¡Hemos olvidado tantas cosas que una vez consideramos importantes!- Fue el día en el que el profe nos dijo que vivimos sobre una bola y que, en la parte opuesta de la bola, hay gente que vive cabeza abajo. Nuestra mente infantil, tan puesta a imaginar, no pudo imaginar aquello y preguntó inmediatamente: -¿Cómo es que no se caen? ¿Y cómo es que no se desparrama el agua del mar?-. Entonces el maestro empezó a garabatear números en la pizarra. Nos dijo que, para entenderlo, había que “saber mucho de números”, que no se podía explicar con palabras. Y garabateó y garabateó durante años, para dejarnos bien claro que no sabíamos suficiente de números. Desde entonces no nos atrevemos a decir que nos parece plana, que siempre la hemos visto así.

[Ofertas de empleo publicadas por Gadisa]

Tal es el poder de los números, que hacen dudar al ser humano de su propia percepción, de sus propios sentidos. ¿Y qué es un ser humano privado de sus sentidos? ¿De qué le sirve ver si no puede fiarse de lo que ve? Aquél día sufrimos un enorme trauma. Si no podemos confiar en nuestros sentidos ¿En qué podemos confiar? Pues en los números. Fue así como nos invalidaron Nos convirtieron en inválidos, en seres inseguros y dependientes ¿De quién? De los que manejan los números.

¿Era el maestro uno de los que los manejan? No, él no sabía suficiente de números Él era otro inválido que cayó en el mismo truco, cuando se lo hizo su maestro. Esto es como una cadena en la que unos inválidos invalidan a otros, en la que cada generación invalida a la siguiente. Para que esto pudiera suceder, los que manejan los números tuvieron la precaución de hacer que la carrera de magisterio fuera la menos exigente. De haber sido al revés, enseñarían maestros sabios y sería mucho más difícil mantener “la magia”.

¿Y quién sabe suficiente de números? ¿Quién es el gran mago numerólogo? Para encontrar respuesta a esa pregunta hay que tener claro cómo se inventaron. El primer ser humano que se dio cuenta de que los días y las noches se sucedían, inventó la idea de dualidad: Día y noche, luz y oscuridad, calor y frío, gusto y disgusto, bueno y malo (El bien y el mal). Luego quiso medir el día para comprobar si era mayor o menor que la noche y así saber si el poder del bien es superior al poder del mal. ¿Cómo hacerlo? Pues inventando el tiempo. Se dio cuenta de que el sol, al recorrer el cielo, iba desplazando las sombras. Clavó un palo largo y otros más cortos, a igual distancia unos de otros, utilizando la sombra a modo de compás ¡Y fabricó el primer reloj solar!

También se dio cuenta de que, aparte de poder medir lo extenso que era el día, podía fraccionarlo pero, ¿Qué utilidad podía tener eso? No podía, por ejemplo, coger uno de los fragmentos del día e insertarlo en mitad de la noche. Con palos o sin palos, cada día seguía siendo un día “entero”. Pero aquel hombre, aquel mago-sacerdote, acabó encontrando una utilidad. Dio a conocer su invento y le explicó a todo el mundo que, en caso de necesidad, al poderse cortar el día en aquellos pedazos que llamó “horas”, cualquiera podía comerciar con esos pequeños cachitos, para satisfacer su necesidad. Así inventó el trabajo por cuenta ajena.

Y la gente le fue vendiendo cachitos de su vida al mago-sacerdote-banquero, pues sintieron la necesidad de tener uno de aquellos relojes que él fabricaba. Y aprendió a fabricar más cosas, y la gente le fue vendiendo más cachitos. Y llegó un día en el que había comprado suficientes cachitos como para hacer que la propia gente fabricara las cosas que él necesitaba. Así se libró de trabajar y se convirtió en empresario. Y llegó otro día en el que la gente había vendido su día entero, sus días enteros. Esto se podía advertir en el hecho de que corrían de aquí para allá, diciendo constantemente ¡No tengo tiempo! Había incluso quién, aparte de no tener un cachito que vender, quedó obligado a devolver cachitos que no tenía, por haber pedido prestados. La cuestión es que unos y otros se quedaron sin tiempo, sin vida ¿O es que la vida es algo más que tiempo?

-¡Por supuesto que es algo más! Si no fuera así, yo que lo vendí todo ¡Estaría muerto!

COLABORA CON NOSOTROS CON PAYPAL

3 Comentarios

  1. Pues, muy bueno el artículo, sí señor. Aquí, lo que prima y lo que priva son los números, o sea, las matemáticas: las Ciencias, tan endiosadas ellas…

  2. Hmm, señor Ruiz Valls. Para saber que la Tierra es redonda no hace falta “saber mucho de números”, sino simplemente observar el cielo, los movimientos de los objetos celestes y sus ciclos. También ayuda tener conocidos en el hemisferio sur a los que preguntar cosas, y viajar un poco por el mundo, de forma que uno pueda comprobar por sí mismo cosas tales como que, en invierno, hay zonas del hemisferio norte donde no sale el sol, mientras que en el sur no se pone. En fin, espero que no vaya usted por donde parece que va en su primer párrafo.

  3. Sr. Quero: el presente texto, como todos los anteriores, no tienen otra intención que provocar una reflexión en el lector. Para ello es “conveniente” leerlo hasta el final (No quedarse en el primer párrafo). En su caso, podría empezara por reflexionar sobre la diferencia entre “redondo” y “esférico”.

Comments are closed.