suerte de varas

Reproducimos hoy un artículo publicado en la revista El Ruedo en noviembre de 1960, firmado por Juan Pons, bajo el título “La suerte de varas no se debe cambiar por sistema” y que dice así:

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No somos partidarios -¡cómo vamos a serlo!- del castigo excesivo en la suerte de varas, pero todavía lo somos menos de que nos la escamoteen por sistema en cuanto a un toro se le doblan las manos. Hay toro que se entrega al segundo puyazo y en el tercero sube y lo toma muy bien, y ya se crece en todo y resulta lucido para el matador. Pero si precipitamos el tercio, del que depende él último, que es el más importante para el diestro por la faena que ha de realizar y la estocada que habrá de coronarla, nos quedamos sin poder ver al toro, privando injustamente al criador de un punto favorable a su divisa.

En contraste con esto, hay toros que toman con bravura, al menos aparente, dos puyazos y al tercero se rinden o, saliendo de huida, se van al otro lado de la Plaza, y entonces queda claro que son mansos”. Lo que, naturalmente, no puede adivinarse si el asesor aconseja al “usía” que ordene banderillas o el matador pide el cambio de tercio ante el temor de que el toro se acabe, dando por válida una bravura falsa que la tercera vara viniera a demostrar que no era buena.

Hay que apurar el tercio de caballos, aunque no exagerando su prolongación cuando un toro hace cosas de manso en diversos lugares de la Plaza.

Si en tres tercios distintos un toro escarba, echa la cara al suelo y retrocede, es que su mansedumbre es integral. Lo he venido observando a través de cientos de corridas. Pero si recula y terrea sin acometer al picador en un mismo sector del redondel, no es bastante para “verle del todo”. No será de bandera, claro está, que el toro de bandera acomete con furia y desde lejos a todo objeto que le pongan delante; pero puede, si se le lidia bien, tomar las puyas con codicia y recargo, y hasta ofrecer, buen juego al lidiador.

Las reacciones que experimenta un toro en este primer tercio de la lidia son a veces tan inesperadas que en muchas ocasiones hemos visto a toreros muy cuajados ser víctimas de sus propios errores. ¿Por qué? Sospechamos que la misma obsesión de la faena de muleta que esperan les hace caer en el equívoco, solicitando el cambio sistemáticamente, con el toro todavía crudo, sin el castigo que debiera llevar, no fijándose el diestro que al pedirlo, luego de dos puyazos puramente epidérmicos, en el segundo de ellos el toro se creció, y había , por tanto, que prolongar el tercio hasta allí donde el toro lo admitiera, porque es tercio “del toro”, de “iniciativa exclusiva del toro”, hasta que “dice ¡Basta!” cuando el castigo no le deja seguir.

El matador tiene que estar atento, midiendo sobre todo la bravura, cerrando a su enemigo si va a menos o abriéndolo con precisión exacta, con justa geometría , si va a más. Domingo Ortega ha sido en el toreo estupendo geómetra. Muy pocos como él colocando a las reses cerca o lejos, según el grado de su bravura en sangre, de su alegría o acometividad. De un solo capotazo los dejaba clavados sobre la línea justa. Un metro -sólo un metro- más allá y el toro se va sin el puyazo.

En la primera vara debe dejarse al toro que se arranque desde donde quiera, abierto según haya quedado cuando el piquero se decide a actuar, y a partir de este primer puyazo entra ya el matador en sus funciones de director de lidia, cerrando a su enemigo progresivamente a medida que su casta ceda, cambiándole de tercio si es que allí no está a gusto por ser terrenos en pugna a su querencia, al cuido siempre de toda reacción que deje traducir los efectos del castigo que sufre. La resistencia que opone a ese castigo, y si se deja el celo y la codicia debajo del peto del caballo, o al salir de él después de la reunión todavía se lo lleva consigo. De esta manera el público ve al toro, y el torero lo ve a mejor durante la faena de muleta, ya que la res estará en condiciones, beneficiándose por derecho legítimo de un tercio de caballos bien llevado.

Esto es más importante que el lucimiento de los quites de tumo, culpables muchas veces, por la extensión impropia que se les suele dar, de que los toros lleguen a la muleta tan perezosos y faltos de arrancada.

Permanecer estático, con la esclavina del capote doblada formando un cucurucho y la punta sujeta entre los dientes, esperando la brillantez del quite, no es el papel que cuadra a un verdadero director de lidia. La tela del capote no es para que la muerdan los toreros, sino para obligar a los toros, manejada con soltura y con arte por las manos eficaces del diestro, a “morder”, humillados, vencidos, impotentes bajo el poder y el mando del artista, la arena removida de los cosos.

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