Cuando los que creen ser dueños del mundo pretenden inaugurar una nueva era, construyen un templo en honor a una nueva deidad femenina victoriosa. Lo hacen periódicamente. La más evidente de las últimas ocasiones fue en 1793, cuando se entronizó a la Diosa Razón en la Catedral de Nuestra Señora de París en plena Revolución Francesa. Por aquel entonces, la masonería era menos sutil y discreta que la actual, y no huían del escándalo; operaba de manera explícita. Quizás al saber que no existían pelmazos conspiranoicos rompe-pelotas (al estilo de un servidor, colaborador de El Diestro), se permitían no sólo sentar a la joven Diosa Razón en el “trono” (καθέδρα) catedralicio, sino también organizar públicamente esta Nueva Religión con festivales, cultos, orgías rituales por decreto oficial de la Convención Nacional revolucionaria. Un nuevo calendario echó a andar en un equinoccio de septiembre de finales del siglo XVIII (para los que les gusten las fechas señaladas, ahí tenéis una, el 22 de septiembre…) y así, al ritmo de las hojas de las guillotinas cayendo y las cabezas ensangrentadas rodando, se estableció la nueva gran era de la Diosa Razón. Y de esta forma se inician las eras: con genocidios en honor a una fulana que un grupo de papanatas zumbaos alzan a la categoría de diosa.    

Sin embargo, las diosas también envejecen, y los calendarios, por muy nuevos que sean, también se quedan sin hojas, como los árboles en este otoño que empieza. La Razón acabó hecha unos zorros tras chuparse todo el siglo XIX de irracionalismo teórico (Nietzsche, Kierkegaard…) y todo el siglo XX de irracionalismo práctico (dos guerras mundiales, las revoluciones socialistas…). Tras este tute de devaluación de la razón, ya a principios del siglo XXI, resultaba obvio que la diosa masona necesita pasar por un taller de chapa y pintura: renovación idólatra de la prima donna, silicona y botox para vuestra señora, ¡Dejad paso a la Diosa Vacuna!

En los tiempos de la posverdad y las mentiras emotivas, la razón ya no tiene ningún valor. Hoy la humanidad se desliza hacia el control absoluto de su psique a través de la neuromodulación remota mediante nanotecnología e inteligencia artificial; y aquí la razón incordia, molesta, no pinta nada, a no ser la que se nos da como a niños, locos y tontos, cuando colaboramos sumisos en el proceso de nuestra propia esclavización. Hoy resulta necesaria una diosa más concreta que una idea, más accesible que un valor, más líquida que un concepto, más tecnológica que filosófica. A la deidad de la Nueva Religión no hace falta meterla en ningún templo ni sentarla en ningún trono, pues ya está metida dentro del cuerpo y desde su interior comanda a sus devotos. A falta de un buen nombre nuevo, se tiró de una vieja voz divina ya conocida en el Imperio Romano, la Diosa Vacuna, aquella a la que se le ofrecían sacrificios tras las cosechas. Y eso es lo que somos para estas fuerzas antihumanas, tanto tú como yo, tanto vacunados como no-vacunados: los frutos de su cultivo (cultura, lo hicimos llamar), la plantación que ya toca segar (con guadaña), las reses a inmolar por degüello.

La Victoria se impone a cualquier forma de Razón que le precede, también desde el punto de vista mitológico que concierne a este escrito. La ninfa Vacuna, según Marco Terencio Varrón, se había criado junto a Minerva (la Razón), e incluso Dionisio de Halicarnaso las identificó como dos hermanas. No deja de ser una endemoniada coincidencia que Varrón, el autor del que sabemos estos datos de la Diosa Vacuna romana, sea el rudimentario pionero sin quererlo de la Virología, cuando dijo que “hay una raza de ciertas criaturas diminutas que no se pueden ver por los ojos, pero que flotan en el aire y entran al cuerpo por la boca y la nariz y causan enfermedades graves”, en su obra Rerum Rusticarum, “De las cosas del campo”, Sobre agricultura. Pues es que, para entender el papel que juega esta diosa en nuestra sociedad, es más de Agricultura y de Ganadería de lo que tenemos que aprender, que de Microbiología o Medicina, siempre y cuando asimilemos que nosotros, sin ser médicos ni biólogos, tampoco somos los agricultores o los ganaderos, sino simplemente sus plantíos y reses. 

De hecho, en India, la Diosa Vacuna romana (o Malak fenicia) no es otra que Surabhi, la deidad bovina asociada al culto de Krsna, que vive eternamente en Goloka (planeta de las vacas) junto a sus sexis vaqueras y más vaquitas sagradas, según el libro de la Bhágavata-purana. Este mito visnuista (vaisnava) de Krsna, el súper-vaquero, el macho alfa cowboy (déjenme a estas alturas ser irreverente y hasta blasfemo con estos acomplejados fantasmones con ínfulas de dioses), se muestra en su forma shivaista (shaiva) como Pashupata, etimológicamente “El Dueño del Ganado”, siendo que las cabezas de ganado (es decir, la humanidad, o, en otras palabras, tú y yo) se identifican como pashu, es decir, como “esclavos sirvientes sometidos por una soga anudada”. Este Pashupata se identifica también como una de las formas del Rudra indostaní, y este a su vez con el babilonio Marduk, el sumerio Enlil, o el acadio Baal o Bel. Todas esas formas mitológicas hacen referencia a un ser supremo, amo, dueño y señor de una humanidad considerada como ganado, a la que estabula, ata con cuerdas y trata a palos cuando le sale rebelde. Si quieres seguir insistiendo en la Medicina para entender lo que ocurre en 2021, hazlo a través de la Medicina Veterinaria: la salud interesa en la medida en la que las cabezas del rebaño produzcan y se sometan a la explotación agropecuaria. La Vacuna (no importa lo que entiendas con esta palabra) tiene la función de garantizar este sometimiento que fundamenta el principio de civilización. El anterior se basaba en la diosa Razón; este que llega se basa en una nueva diosa. El viejo humanismo racional será actualizado con el advenimiento de la nueva era transhumanista.

No soy yo el que lo dice, sino Don Felipe de Borbón, Rey de España, Archiduque de Austria, Conde de Habsburgo, Gran Maestre de las Órdenes Militares, y una de las cabezas visibles de toda esta divina patochada arquitectónica universal, que sentenció el 26 de mayo de 2021: “La vacuna, y no el virus, señala el comienzo de la nueva era.” 

 

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