Hace años tuve un amigo cirujano. Un día, mientras cenábamos en un restaurante, me dijo –Admiro tu oficio. Saber la ley que resulta aplicable, con la maraña de leyes que hay, me parece, sencillamente, prodigioso-. Sorprendido por el inesperado halago, solo acerté a balbucear –Para mérito, lo tuyo. Yo me muevo entre leyes pero tú lo haces entre arterias y nervios. Yo, algún que otro lunes por la mañana, apenas puedo entender lo que leo pero tú, cuando operas, tienes que mantenerte concentrado, en todo momento, y eso si que es digno de admiración. Una equivocación mía puede costarle un dinero al cliente pero una equivocación tuya puede costarle la vida-

Se lo dije, de verdad, con la mejor intención pero, al parecer, él no lo tomó así pues su cara se ensombreció y nunca más volvimos a quedar. Tiempo después leí en algún sitio que, en Estados Unidos, antes de comprar un coche, muchos tenían interés en saber el día de la semana en que se había fabricado pues un estudio reveló que los coches fabricados los lunes solían dar más problemas (Era cuando las tuercas las apretaban humanos y no robots como ahora). ¿Pudo tener eso alguna relación con el enfado de mi amigo?

Con la palabra “Yatrogenia” se designa todo daño en la salud causado o provocado por un acto médico, salvo que haya culpa o dolo. Si lees alguno de los prospectos que acompañan a los medicamentos, verás que son muy pocos los que no producen efectos adversos (Que no secundarios). La cirugía también los pueden ocasionar, bien sea por el uso de anestesia, por ejemplo, o por la posibilidad de padecer “complicaciones” como que se infecte la herida abierta… Precisamente, para reducir efectos iatrogénicos se les enseña, a los estudiantes de medicina, aquella máxima de Hipócrates: “Lo primero es no hacer daño”. Pero ¿Qué hay que entender con eso de “no hacer daño”? Si identificamos daño con dolor, toda cirugía devendría imposible, pues es evidente que toda operación es más o menos dolorosa. Si un cirujano causa cierto dolor pero extrae una bala,  sin duda vale la pena su intervención. Te ha librado de un cuerpo extraño que podía causarte muchas complicaciones y con ello ha favorecido tu libertad. ¿Podemos decir lo mismo de los que, por contra, implantan cuerpos extraños como lo son las prótesis de silicona? Del hecho de haberte librado de la bala, de haber contribuido a tu libertad, podemos colegir que la salud no solo es algo físico sino también mental. ¡Que es integral, vaya! La salud es libertad, es autonomía, es no-dependencia. Quién necesita, para vivir, la asistencia de  máquinas o de sustancias químicas, obviamente, no se siente sano ni independiente.

Pero ¿Qué decir de esa cirugía plástica que han puesto tan de moda? Sin duda, reconstruirle la cara a quién ha tenido un grave accidente puede estar justificado pero ¿Aumentarle la masa, y por tanto el peso, de las mamas? ¿Y eso que llaman “reasignación de sexo”? ¿Quién lo asignó? ¿Fue Dios? ¿Fue la naturaleza? ¿Quién lo “reasigna”?

La extirpación del órgano sexual masculino no es asunto menor. El hombre que accede a ello, al margen del trauma que supone, va a tener un largo postoperatorio, pues la herida que se le practica para simular una vagina, tiende naturalmente a cerrarse. Las personas operadas deben introducirse, varias veces al día, una especie de consolador, a fin de mantenerla abierta y, según ellas mismas dicen, no causa placer ni mucho menos. También deben utilizar analgésicos, antiinflamatorios, antisépticos, antibióticos y, en muchos casos, drogas psiquiátricas. Y se obligan a consumir hormonas, de por vida, si quieren seguir teniendo “curvas de mujer”. Y todos esos fármacos producen efectos adversos (Que no secundarios). Con todo esto, muchos de los operados, años después de la operación, siguen sin poder experimentar una penetración, sino placentera, al menos indolora.

¿Por qué se someten a algo así? Seguro que tendrán sus razones y seguro que algunas de ellas parecerán incluso buenas (Al fin y al cabo, cada cual tiene derecho a tener las suyas); pero la cuestión es: ¿Son más independientes o más dependientes después de la operación? ¿Qué les sucedería a todas esas personas si, en una situación de guerra, por ejemplo, o de pandemia, se interrumpiera el suministro de esas drogas que tanto precisan? O, sin llegar a tanto, ¿Qué pasaría si la crisis económica continúa agravándose y la Seguridad Social no puede seguir financiándolas? ¿Y si un operado se arrepiente y quiere volver a ser hombre? ¿No pensamos todos, antes de separarnos, que nuestra relación iba a ser “para toda la vida”? ¿Quién puede saber cuánto cambiarán sus opiniones y sus gustos?

Yo no soy moralista. Mis reflexiones nada tienen que ver con la moral. No juzgo mal que un hombre tenga sexo con otro hombre. Muchos hombres notables lo hacían abiertamente en la antigua Grecia y no por eso dejaban de ser notables. Mis reflexiones tienen que ver siempre con la libertad, con ese valor supremo consagrado por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Si la libertad es algo, es independencia, igual que la salud. Es la “mente sana en cuerpo sano” que citó Juvenal. Personalmente, pienso que un gobierno que financia tratamientos puramente estéticos para algunos, mientras se niega a financiar la salud dental de todos, es un gobierno desquiciado. Más si tenemos en cuenta que la “iatrogenia” era la tercera causa de muerte en Estados Unidos según BBC News y la primera según Discovery Dsalud; y eso que no computaron los daños ocasionados por tratamientos Kobit: En primer lugar porque las citadas publicaciones son anteriores, y en segundo lugar porque la experimentación médica no-ética no se considera iatrogenia.

 

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