peonaje

Cuando un buen aficionado se sienta en un tendido, no lo hace únicamente para ver seis faenas de muleta, en absoluto. Un aficionado cabal se sienta en su localidad, como poco un cuarto de hora antes del inicio del ritual, que como todos saben principia con el despeje, pero para ese momento, el buen aficionado ya se ha empapado del programa de mano, ha comprobado que todo está en su sitio, si el vecino ¡ay¡, lleva un puro así de grande o si la espectadora de dos filas más adelante va sola, con amiga o con maromo.

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El buen aficionado, se supone que ya viene leído de casa, mas en caso contrario, vuelve a verificar la composición de las cuadrillas y empieza a echar cuentas de marronazos, pares de sobaquillo o, llegado el caso, lidias sobrias y elegantes y capotazos no dados. Cuando el cartel no es el deseado, por preferencias de toros o toreros, al buen aficionado siempre le queda el recurso de tal o cual subalterno.

Desde hace un tiempo, demasiado, cuesta ver banderilleros y picadores decentes, me refiero a que tengan actuaciones, no digo para el recuerdo, sino simplemente dignas. Ver un puyazo en la yema, es cosa que ya no se recuerda, de hecho, hay aficionados jóvenes que nunca han visto un par de rehiletes asomándose al balcón. Se tienen que conformar con imaginar lo que es y con los relatos hiperbólicos de sus mayores, recordando gestas pretéritas.

Naturalmente que estoy exagerando, pero no crean, no estoy disparatando tanto. Cualquier aficionado sabe que ejemplos como los de Fernando Sánchez o Marco Galán, son rara avis, ya que siempre están ahí para salvar cualquier tarde, podrán hacerlo mejor o peor, pero siempre están y siempre se entregan. El aficionado más conspicuo no busca la perfección, aunque agradece el hecho de tratar de hacer las cosas según dicta la ortodoxia; en suma, se conforma con la buena predisposición de los participantes. Lo que sucede es que ésta, a menudo se adivina demasiado cicatera, la desidia, la impericia y un artero sentido de la liturgia, hacen el resto. Eso sí, como el público está deseando aplaudir, es frecuente ver desmonterarse a muchos por muy poco. En la tele, en el Congreso, en cualquier lugar, haya motivo o no, se oye aplaudir con efusión. Diríase que es gesto obligatorio.

El buen aficionado pide que se hagan las cosas bien, o al menos, que parezca que se quieren hacer según dictan los cánones, desde trenzar el paseíllo con galanura, hasta apuntillar al animal con respeto, o sea, una corrida de toros es más una liturgia que una fiesta, por consiguiente, todo debería hacerse con sentido reverencial.

Ver sentidas faenas de muleta está muy bien, pero un buen puyazo o parear con majeza, no debe considerarse algo excepcional como lamentablemente resulta hoy en día. Trajinar por el albero, como por una oficina es algo que, al buen aficionado lo lleva por la calle de la amargura.

Da mucha vergüenza ajena cuando se percibe desde el tendido, cómo la cuadrilla está más pendiente de ralentizar a los mulilleros, que esa es otra, para eternizar la petición y conseguir una oreja, que de respetar al presidente.

En el ruedo, lo último que se debe perder es la compostura y desde los alguacilillos, hasta los areneros, todos absolutamente todos, deberían respetar una liturgia que, en algunas ocasiones, más parece una capea, que un rito sacrificial.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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