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El Índice de Precios de Consumo (IPC) es una estadística que mide la evolución del precio de los bienes y servicios que forman parte del consumo de los hogares españoles.

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Desde que murió Franco, la evolución del IPC ha sido:

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inflaciónVariación del Índice General Nacional según el sistema IPC base 2016 desde enero de 1975 hasta Julio de 2021: Porcentaje: 1.238,6% acumulado compuesto. Estos son datos oficiales del INE, como todos los que se incluyen en el presente artículo.

Alguna vez, alguien deberá estudiar seriamente, con datos objetivos, sin opiniones partidistas económicas ni políticas, por qué en los últimos años de la etapa franquista, en concreto a partir de “Los Lópeces”, con una inflación tan elevada, la clase media española vivía con un solo sueldo, se emancipaba sobre los 25 años de edad, podía comprar una vivienda y pagarla en diez años, tener un coche e ir de vacaciones, cuáles eran los ingresos y gastos del Estado en aquella época, y cuáles son las condiciones de hoy en día.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) se encarga de la medición del IPC, cuya forma de hacerlo se cambió en el año 2016, en vigor desde 2017, y utiliza la definición de gasto de consumo de la EPF: “el gasto de consumo es el flujo monetario que destina el hogar y cada uno de sus miembros al pago de determinados bienes y servicios, con destino al propio hogar o para ser transferidos gratuitamente a otros hogares o instituciones”.

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Como se observa claramente, la ponderación de los apartados de transporte, ocio, hoteles y restaurantes corresponden a un estado de bienestar que desde el año 2016 a hoy se ha deteriorado de forma importante, tanto por la pandemia mundial del coronavirus como por la política de gasto expansivo llevada a cabo por el Gobierno.

Con datos del INE, el IPC entre enero 2019 y agosto 2021 presenta la siguiente evolución:

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En agosto 2021 tenemos una inflación del 3,30% sin tener en cuenta el aumento, que va a ser constante, del precio de los carburantes, de la luz (¿cuál será cuando todos los coches sean eléctricos y qué se hará con sus baterías cuando ya no sirvan?), la que se viene encima con el gas-ciudad, y la repercusión que ello tendrá en los precios finales de venta de los productos, por los incrementos de los de fabricación y transporte, lo que va a redundar en los salarios y en las pensiones y por tanto en una mayor desviación sobre los PGE que, a su vez, tendrán que financiarse con más Deuda, porque ¿alguien ha pensado en reducir las faraónicas estructuras de las administraciones locales, autonómicas o estatales?

Además, hay otra inflación encubierta: ¿Se han dado cuenta que las latas y resto de envases contienen menos producto que antes, que a muchos les falta un dedo de su contenido o que hay botellas que de 750 centímetros cúbicos han pasado a tener 700, eso sí, sin subir el precio?

No podemos dejar de citar, por responsabilidad democrática, la exagerada subida del precio de la luz, las justificaciones que sobre ello hacen diversas personas del Gobierno, más propias de alumnos que han pasado de curso con todas las asignaturas suspendidas que de quienes dirigen este país, la ausencia de reivindicaciones sindicales y resto de organizaciones afines que, si estuviera la derecha en el Gobierno, habría tomado la calle, los telediarios y las compañías de seguros habrían tenido que hacer frente a más de un extorno.

Llevamos muchos años en los que hemos vivido muy por encima de lo que aportamos, vía valor añadido al trabajo en sectores anquilosados y a los impuestos. En vez de hacer fotocopias del dinero, existen unos organismos en Europa que emiten Deuda Pública sin ningún respaldo de bienes, tangibles ni intangibles, solo el deseo que el asunto lo arregle el que venga detrás, que a su vez piensa lo mismo. Todo ello para mantener un estado de bienestar ficticio en un mundo que no puede mirar más tiempo para otro lado, financiándose a tipos de interés cero e incluso negativos, cuando la inflación ya es real en Europa y en Estados Unidos, sin que hablemos de los países latinoamericanos en los que los precios suben de un día para otro.

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Cuando uno llega a ocupar un puesto, contratado en una empresa privada o elegido para regir los bienes públicos, nunca se puede culpar al anterior (que lo quitaron por no haber cumplido el objetivo) ni poner excusas que traten de justificar no alcanzar el éxito para el que ha sido nombrado. Con demasiada frecuencia, las personas no están a la altura de los cargos.

¿Cuánto tiempo podremos aguantar así? Quien pueda asegurarlo debería ser el próximo ministro de Economía pues, aunque la que hay ahora sabe de eso, está demasiado mediatizada para pensar con libertad económica.

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Antonio Campos
Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías. Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.