Los felices años veinte precedieron a la segunda guerra mundial como los felices ochenta precedieron a la tercera. Mecano cantaba aquello de “Quiero vivir en la ciudad” como parte de un proyecto de ingeniería social que llamaron “La Movida”, impulsado por un gobierno que, por aquel entonces, tenía como objetivo enfrentar a padres e hijos (El famoso “Divide y vencerás” con el que después enfrentaron a hombres y mujeres y ahora intentan enfrentar a vacunados y no vacunados). Para provocar la “fractura generacional”, no se les ocurrió nada mejor que tratar de convertir a los jóvenes en drogadictos. ¿Quién ha podido olvidar el machaque del “extasí”? ¡Quién no recuerda al Tierno Galván ordenando, desde el balcón del Ayuntamiento -¡El que no esté colocao, que se coloque!-.

Yo intenté aclimatarme a la ciudad pero no pude. Regresé al pueblo, a pesar de que, para un abogado, la ciudad significaba grandes clientes y grandes negocios. Para mí, la calidad de vida, era algo más que ganar dinero. Si lo que hacemos más habitualmente los humanos es respirar y beber ¡Qué mejor que vivir en un lugar donde el aire y el agua están limpios! Pero hoy he tenido que taparme nariz y boca, para defender a una mujer a la que denegaron una pensión de invalidez. La encierran en el psiquiátrico cuando quieren, la atan como quieren, le meten en vena lo que quieren, pero está bien para trabajar, según el gobierno. ¡Igual si fuera inmigrante!

Pensando en estas cosas, me topo con la puerta del edificio de juzgados. Dos beneméritos me aguardan.

-¿Puedo entrar sin bozal?-

-Se lo tiene que poner, es la ley-

-Pero la ley no puede ser irracional- Les digo yo – No puede atentar contra el sentido común. Los propios fabricantes de máscaras advierten que no sirven contra los virus-

-Caballero, la ley es la ley, se la tiene que poner-

-Pero la ley no puede ir en contra de la Constitución. Todos tenemos derecho a la dignidad y es indigno que te obliguen a taparte el rostro con un trapo inútil-

Pero, pero, pero… En fin, entro en las dependencias del infame Colegio de Abogados, que calla ante tantas violaciones de de Constitución y de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que incluso ha adoptado el logo de la infame Agenda 2030 sin consultar a los colegiados, y lo vuelvo a intentar.

-Póngase la máscara, caballero- Me dicen desde la otra parte del mostrador. Otra discusión, pero con este lo consigo. -¡Bueno, pues no se la ponga!- Mira por dónde, al final, en el colegio, se respetaron los derechos fundamentales. Ante el único ascensor que funciona esperan dos personas. Un cartelito advierte que solo se permite un ocupante. Suben juntas. Les pregunto si puedo subir yo también ¿Qué pueden decir si están incumpliendo la norma? Llego al juzgado y nueva discusión con la recepcionista:

–Caballero, la máscara-

-¿Es usted médique?-

-No, soy agente judicial- Me contesta orgullosa, como convencida de que es más que médico. Tres beneméritos acuden a su llamada. No se muestran agresivos.

–Caballero, piense que nosotros estamos para proteger al ciudadano-

-Bien, pues protéjannos del gobierno. Investiguen el asesinato de ancianos en residencias, por ejemplo. Algún día nos puede pasar a nosotros-

-No nos lo han ordenado-

Salgo a la calle. Decido comer en la Albufera, en el “El Palmar”. No quiero estar en la ciudad ni un minuto más de lo necesario. Noto el ambiente demasiado cargado (de mala leche). Empiezo a relajarme cuando me siento en la terraza dispuesto a zamparme un buen arroz, pero en eso se presenta una chica acompañada de un cámara. –Somos del programa “Equipo de Investigación”, de “La Sexta”- (Se ven en la necesidad de aclararlo, porque han quitado del micro el llamativo cubito verde. Desde hace un tiempo prefieren no llamar la atención por la calle).

-Vaya, sois de esos que graban a pobres autónomos que facturan cuatro perras sin IVA, y hacen que parezcan delincuentes. ¿Por qué no os metéis con las empresas del IBEX? ¡Como si no hiciéramos todos, lo que podemos, para pagar lo menos posible a esos sinvergüenzas del gobierno! ¡A mí no me grabéis! ¡Televisión, manipulación!-

-No es usted muy educado, que digamos, caballero- Me suelta la chica.

-¿Cabe peor falta de educación que mentir a la ciudadanía? Explica en tu programa por qué llevas máscara cuando te graba el cámara y te la quitas cuando deja de grabar-

En esas sale el dueño del restaurante. El pobre infeliz se deja entrevistar pensando que conseguirá publicidad gratuita. –Piénseselo- le digo –Creo que nunca nadie ha salido favorecido en “Equipo de Investigación”. Sabiendo cómo es esta gente y sabiendo que se acerca la fecha de la cosecha y quema de rastrojos, no le extrañe que estén haciendo un “reportaje” en el que los pobres agricultores queden como delincuentes ecológicos, como responsables del calentamiento global, que es lo que retomarán ahora que el “pandemónium” no da para más-.

El hombre se queda un momento pensativo y espeta.

-Cómase la ensalada. Es natural-

-No se ofenda, pero tengo un huerto ecológico, y para mi, comerme su ensalada es bajar el listón –

-¡Ah!… Usted que puede, caba…-.

-¡No! Muchos podrían, si vendieran su piso en la ciudad y lo cambiaran por una casa en el campo. Yo vengo por su arroz negro, no por la lechuga-

-Arroz negro- Oigo repetir –Tal vez sería un buen título para el programa-

 

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4 Comentarios

  1. Magnífico artículo!!!. Las ciudades se convirtieron en jaulas de imbéciles.
    Observando los tiempos que corren, la ciudad es el infierno de un mundo distópico.
    También soy una persona que no soporta ya, la estupidez de la inmensa mayoría…
    (Aun sigo siendo humano).

  2. Muchas gracias José Miguel. Un soplo de aire fresco ante tanta noticia pesimista. Por unos momentos me he olvidado de nuestra actual patética sociedad. Gracias.

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