La Palma

Era insultantemente joven cuando en 1972 me enviaron a La Palma a trabajar unos meses. “Vergel de belleza sin par”, todo verde, absoluta paz y tranquilidad, primeros jubilados centroeuropeos que se establecían allí optimizando su pensión, allí morían y allí eran enterrados, aeropuerto con única pista de aterrizaje que parecía ibas a amerizar en vez de tocar tierra, lapas a la plancha, chicharrones, potaje de trigo, mojo palmero y vino malvasía. Y unas postales para mi colección particular, que incluyo en la presente y que muestra la diferencia con la vida y desarrollo actual de esa isla.

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La mayor fuerza conocida es la naturaleza, y cuando se enfurece viene con las escrituras de propiedad de aquellos terrenos que le pertenecen y que los humanos le hemos arrebatado, sea un arroyo, el cauce de un río o las laderas de un volcán. La España de las tres -C- cerveza, cemento y corrupción marchan indisolublemente unidas, construyendo en dónde nunca se debió hacerlo. Y en esta ocasión, ha sido La Palma el territorio español que ha quedado arrasado por la erupción de un volcán, noticia anunciada por los expertos con suficiente antelación como para que hubiera dado tiempo a poner los medios que paliaran la tragedia. Ha sucedido y ahora lo que hay que hacer es mirar adelante

Nuestros políticos, esos que vienen a servir al pueblo y no a servirse del pueblo, han visitado la isla: Pedro Sánchez ha apagado el fuego con fotografía oficial, y después lo ha rematado Pablo Casado con un extintor ahogando los rescoldos, también con la correspondiente foto oficial. Todo solucionado.

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Digo yo que, adicional a las ayudas establecidas por el Gobierno, escasas a ojos de cualquiera que haya perdido su vivienda, su terreno, el ganado del que vivía y todas sus pertenencias, al igual que se está haciendo en la empresa privada en reducción de gastos de viajes, comidas y resto de gabelas en las reuniones de sus directivos, utilizando las videoconferencias y viajando solamente en aquellos casos imprescindibles, ¿por qué no se hace lo mismo con cualquier persona que ocupe un cargo público que no sea funcionario de carrera? Ahorraríamos gasto en trenes, aviones, taxis, comidas, dietas, no solo de ellos sino también de sus escoltas, asesores y resto de personal acompañante y de protocolo, todos ellos por cuenta del erario. Y el 50% del presupuesto previsto, a niveles municipales, autonómicos y estatales, en un periodo de seis meses, por ejemplo, donarlo a los afectados por la tragedia.

A ello se podría unir el 1% de todas las subvenciones de este año 2021 a organizaciones, ONG, sindicatos, chiringuitos y resto de sinecuras existentes en el Estado.

Añadiríamos el 1% de los ingresos de un mes, incluidos óbolos, de todas las religiones.

Y el 1% del ingreso líquido o beneficio de un mes de cada ciudadano, particular y empresarial, nacionales y extranjeros, desde el primero hasta el último.

Como el dinero es más peligroso que el plutonio, se constituiría una fundación integrada por aquellos que eligiesen los propios afectados, auditada por dos Inspectores de Hacienda de dos Delegaciones diferentes, de provincias no sospechosas de influencia nacional: Lugo, Huesca, Ciudad Real, Zamora, Jaén y ciudades similares.

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Ni que decir tiene que todo ello sería voluntario y sin obligar a nadie. Cuando yo visité La Palma por primera vez, el eslogan era “Prohibido prohibir”; ahora es “Las opiniones las controlan los políticos, no los magistrados”. Esta sería una buena ocasión para que el Gobierno se apuntase un tanto, declarando bonificable un porcentaje de la donación, considerado donativo, en el IRPF.

Ya sé que esto es el sueño de una noche de otoño de quien piensa que la solidaridad empieza por uno mismo, unos en este caso, y esos son nuestros hermanos isleños de La Palma.

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Antonio Campos
Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías. Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.