La Mancha

He pasado unos días en La Mancha, sí, ese lugar situado alejado del mundanal ruido, del glamur, de los mentideros más empoderados y de tertulias tan sesudas como catódicas. Es el lugar más famoso de España en el mundo, pero apenas cuatro indocumentados lo conocemos; total, para qué interesarse por un lugar que no sale en los medios de desinformación, nada más que para hablar de la España profunda. Qué pena que el sintagma “España profunda”, esté lleno de oprobio y los ciudadanos libres que campan por nuestras intelectuales urbes, lo asocien a todos los males que nos asolan. Mutatis mutandis, me recuerda al no menos oprobioso “Leyenda negra”.

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La incultura de los ciudadanitas, causa pavor, hasta desconocen el significado real de la voz “cultura”, la que recoge la Real Academia. Sea.

El silencio, sí, eso que gran parte de los habitantes del planeta desconoce, es aquí gozo e invitación al viaje interior, pero más allá de mi mejorable descripción, no es broma que pasear por los campos infinitos y hablar con las gentes, verdaderamente cultas, que pueblan estos despoblados lugares, es equivalente a cualquier yoga u otra neoactividad postmoderna, por venir. Excuso relatarles la diferencia crematística, entre aquellas actividades y las que gozan del aplauso mundial del público abducido por los botones, las pantallas y las apps.

No trato de vender ninguna moto, sólo quiero dar las gracias a los que, con su honradez, nos han brindado unas jornadas de buenas viandas, mejor trato, gestos ya periclitados en los entornos urbanos y, en suma, dignidad y respeto. La pedantería, ya la ponía yo.

Solemos parar en Puerto Lápice, quijotesco lugar e ideal para avituallarse, protegidos por un particular y abierto corral de comedias, pero esta vez, decidimos almorzar en Villarta de San Juan, convenientemente atendidos, la mesonera tuvo a bien apagar la televisión a nuestra demanda y dejó que nos sintiésemos como en nuestra casa. Esto lo dejo a modo de migaja de ejemplo.

Si algo ha tenido de bueno la plandemia, no ha sido otra cosa que obligarnos a quedarnos en casa, el hecho de sustituir Punta Cana por Cáceres o Tailandia por Soria, hay que agradecérselo muy de veras a los globalistas que nos siguen manipulando a modo. Amén de dejar de ser menos horteras, nos ha ayudado a redescubrir nuestro terruño, ahorrar unas buenas perras, que buena falta hace, para soportar lo que se nos avecina y descubrir paisajes y rincones que, brutos de nosotros, no sabíamos tan excelentes. Los más avezados, han podido comprobar el nivel de su incultura y vergüenza, por no haber reconocido antes, la calidad de su vecindario, volver a hablar de Segóbriga y similares, causa sonrojo. El caso es que por toda España hay muchas Segóbrigas, ya sean románicas, góticas, dehesas, históricas, naturalezas, cuevas magníficas, recuerdo de pasada la de las Maravillas, que descubrí el año pasado en Aracena. Ni nadie me había informado, ni yo ¡ay!, había mostrado inquietud. Mucho Roma, mucho Gante, mucho Tikal, pero poca o ninguna Sierra Mágina o Médulas bercianas. Son sólo ejemplos de cuanto atesoramos y ninguneamos con entusiasmo paleto.

Seguramente volveré a salir de la piel de toro, bueno, si me dejan los sectarios psicópatas que nos pastorean, pero me dejaré de pamplinas y me dedicaré a recorrer mi pueblo, o sea, mi España. Como los catetos prevaricadores que manejan los presupuestos, no se toman la molestia de darle publicidad a los miles de rincones fantásticos que tenemos a mano, me dedicaré a investigar por mi cuenta, y a seguir descubriendo gastronomías, lugares, y según las fechas, en soledad, que ayuda a pegar la hebra con cualquiera y seguir desasnándome aprendiendo y disfrutando.

La Mancha, es tan buen punto de partida como cualquier otro, el Canal de Castilla o una sidrería en Tapia de Casariego, también valen para empezar a disfrutar de cuanto hemos, tontamente, arrumbado durante demasiado tiempo.

Hacer un inventario exhaustivo de todo lo que significa España, haría palidecer de envidia a cualquier vendedor de crecepelo anglosajón, por ejemplo. Sigo sin entender cómo hay tanto vendedor de estos, que posee pasaporte español, gozando de solventes cuentas corrientes y tirando enormes pedruscos contra nuestro tejado común. Se necesita ser muy gilí o muy malnacido.

España es muy fuerte, para seguir soportando tanto delincuente patrio. A lo peor es nuestro eterno instinto suicida lo que nos mantiene todavía enhiestos.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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