síntesis

Dicen que a Madrid, o a una parte de la ciudad, le ha concedido la FIFA o la UNESCO, o alguna otra democrática institución de igual o parecido porte, un premio a la mejor no sé qué, de no sé qué relumbrón. Ignoro por completo, el arrastre crematístico que pudiere llevar consigo el preciado galardón, cosa que no habría que desdeñar en absoluto. No están las cosas para andar con gentiles frivolidades.

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Llegué a Madrid, cuando la ciudad estaba llena de descampados y todavía era un poblachón manchego, o sea, soy uno de los millones de madrileños nacidos donde Dios quiso, que a día de hoy, aun viviendo a cientos de quilómetros de la calle de Alcalá, todavía se nos hincha el pecho, cuando avizoramos la Villa y Corte. No les digo nada, cuando estamos frente al Campo del Moro o de Las Ventas.

El paleto antimadrileñismo llegó a su paroxismo, cuando en la trapisonda de la formación de las autonomías, nadie quiso encamarse con el casposo centralismo tardofranquista. Qué error, qué inmenso error. Viendo el devenir histórico de ambas Castillas, algunos vivos salieron gananciosos, con hípicas y todo, pero el pueblo llano fue llevado, otra vez, al rincón de los olvidados.

El caso es que Madrid, por primera vez en la historia, es el motor de España. Parece una broma, pero no, Madrid es ya sí, el espejo en el que mirarse sin rubor, al que deberían adherirse sin demora y con gran alharaca leoneses, cántabros, riojanos y, por supuesto castellanos. De la misma manera que algunos jetas siguen pidiendo segregaciones, nuevas provincias, corredores y más chorradas, para cuándo un grupo de valientes que trabaje sin denuedo, por la reagrupación del absurdo de las autonomías. El dinamismo de la capital y todo su entorno, debe ser algo más que un reclamo, ya que el riesgo de convertir la tensión centrífuga en algo completamente insoportable, es demasiado suicida.

El nuevo e ilustre reconocimiento internacional, no deja de ser una suerte de déjà-vu para los madrileños de nación o de adopción, tanto da, puesto que un madrileño de Peñaranda de Bracamonte o de Minglanilla, vale lo mismo que uno de Lavapiés; la ciudad de Madrid en suma, a pesar de su evidente cosmopolitismo, atesora gran parte de su grandeza en su alma provinciana, de la que no sólo no se arruga, sino que presume. Bueno, presume de eso y de lo que sea menester.

Los políticos y demás parásitos colaterales, no van a mover un dedo para perder sus canonjías, subrayando de esta manera su analfabetismo funcional y, obviando torpemente el hecho, de que la tristeza castellana terminaría por llevárselos por delante.

A Madrid la obligaron a partir Castilla en mil pedazos, puesto que todos, por espurios intereses la repudiaron, hora es ya de que todo vuelva a su ser. La riqueza que se genera a la vera de la diosa Cibeles, debe servir para regar y devolver la dignidad a la madre patria, o sea: Castilla.

“Castilla creó España y España destruyó Castilla”, les dejo con Sánchez Albornoz y Ortega y Gasset.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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1 Comentario

  1. Madrid no es motor de nada es un centro de especulación financiera eso es como pasa con Barcelona que es otra basura especulativa. Es de verguenza lo que esta ocurriendo pero lo es aún más que se articulos alabando esta basura de modelo.

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