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Se anunciaron en Almería dos festejos para saludar a la Virgen del Mar, habitualmente la cosa taurina es el plato fuerte de la Feria, mas este año, obligados por la plandemia sólo los toros han venido a presentar sus respetos a la patrona. Los antitaurinos que rigen los destinos del coso de la Avenida de Vílchez, programaron dos corridas preñadas de figuras y ganaderías de postín, pero lo que a la postre salió por los chiqueros, fue una docena de cabras que remotamente recordaban a un toro de lidia.

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El público almeriense que es, por definición, festero y generoso suele empezar saludando con una ovación la presencia de la terna, pero no dijo ni mu de los simulacros de toros que a bien tuvieron  ofrecerles los empresarios que, sin ningún rubor, cobran sus prestaciones como si ofreciesen oro, incienso o mirra.

Este año, vino a pasar unos días con nosotros una amiga culta, divertida y abierta, aunque ciertamente no sé si muy culta, puesto que la tauromaquia para ella es algo tan exótico como el haka de los All Blacks. Nuestra amiga es de Las Palmas y, en sus hitos aventureros, que los hay a cientos, destaca la osadía de haber saltado en paracaídas, pero sentarse en un tendido era su gran asignatura pendiente. Sabedores de su carencia, decidimos incluir en nuestro programa de visitas una corrida de toros. Tuve que hacer de tripas corazón para que, en el fragor de sus preguntas, limitar mis explicaciones al ensueño que suele acontecer cuando hay verdad, para escamotearle el timo al que estábamos asistiendo. En ningún momento Esther, que así se llama mi amiga, dejó de prestar atención a todo cuanto sucedía, a socializar con su contagiosa simpatía con los vecinos de localidad, a fotografiar, en suma, a tomar nota de cuanto estaba experimentando, porque sí, resultó toda una experiencia iniciática para ella y, generosa como es, no dejó de agradecernos el haber incluido en su agenda el coso que vigila Relampaguito.

Viendo los desechos de tienta que nos echaron los antitaurinos, que hacen las veces de empresarios en Almería, me maldecía por no habernos quedado gozando en alguna de las maravillosas playas del Cabo de Gata, en lugar de estar ahí, engordando la cuenta corriente de algunos desaprensivos.

Ver a las figuritas haciendo cucamonas ante aquellos novilletes, causaba rubor, cuando no vergüenza ajena. Yo hacía encaje de bolillos, para explicar a Esther, que no, que aquello era sólo un simulacro, que el rito taurino es algo que tiene que ver con el respeto, la integridad, el riesgo y la actitud ante un hecho trascendente, el torero es un sacerdote que se enfrenta a un tótem, no un artista que pinta modelitos.

Como Esther es una mujer sensible, ya tenemos planes para vernos en Madrid, Francia o en cualquier lugar donde se anteponga el rito por encima de todo. Hasta en Cenicientos se quiere ganar dinero, actitud perfectamente lícita y necesaria, sin embargo lo de tomar el pelo, entra en otra categoría. Yo he visto trileros en la Gran Vía, más elegantes y honrados que los antitaurinos que se dicen empresarios y organizan charlotadas de gato por liebre.

Incauto de mí, que empecé la tarde creyéndome Mario Cabré o Luis Miguel, porque me fui a los toros con tres hembras de bandera, ante las que Ava Gardner palidecería de envidia, me tuve que retirar con el rabo entre las piernas, por la vergüenza vivida ante el trampantojo lleno de oprobio que se nos ofreció.

Al día siguiente, más de lo mismo, pero ya sólo en compañía de una Ava.

A Dios pongo por testigo que, al modo de Escarlata O´Hara, donde ejerzan de empresarios estos afamados antitaurinos, el mindundi que firma estas letras, no volverá a financiar la picardía y el descaro.

Almería no es una plaza de carros, es de segunda categoría y ha conocido tiempos mejores, hora es ya de rescatar el mejor pasado y, sobre todo, no faltarle el respeto a quien con tanto esfuerzo contribuye a que los toros sigan vertebrando lo que queda de nuestra irrepetible España.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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