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La fiesta de los toros vive desde tiempos inmemoriales en crisis, por tanto, no sé de qué nos sorprendemos. A nosotros nunca ningún poder público nos mimó, ni nos prestó la más mínima atención por si necesitábamos algo, nosotros no tenemos a nadie que nos baile el agua, ni miles de televisiones -si no hay sangre humana de por medio-, mendigando una transmisión. La crisis que nos azota inmisericorde, vapulea a todo el planeta, en particular a Occidente porque, en realidad, es más bien una crisis de valores, la subsiguiente e inevitable carestía económica es consecuencia de aquélla.

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Ay, si nosotros gozásemos de los soportes de los que disfrutan otros, que patean balones con desigual fortuna, cuántos ayuntamientos mantienen equipos de todo pelaje y de toda disciplina, más o menos deportiva que dé unos cuantos votos. Caros votos. Si por alguna mala pasada del destino, Dios no lo quiera, la tauromaquia tuviese que echar el cierre, a los diez minutos cerrarían estadios, teatros y así un largo etcétera de actividades, que no pueden sobrevivir sin respiración asistida. A nadie escandaliza que las diversas administraciones mantengan inmensos recintos, que nunca nadie ha visto llenos y que acarrean gastos sinnúmero. No me consuela por el mal de muchos, mas no nos volvamos más locos de lo que ya estamos.

Por mucho que me duela, que me duele, sigo pensando que, si salimos de esta, saldremos en condiciones de mirar a la cara, o por encima del hombro, al más analfabeto de los antis. Siempre hemos tenido antitaurinos, pero antaño, al menos, leían algo. Antitaurino (salvo los jefes de la claque) y analfabeto, hogaño, son sinónimos.

Causa fatiga en nuestras huestes, la desunión de todos los gremios que componen nuestro tesoro más preciado y, aunque siempre fue así, ya va siendo hora de tirar de cordura. Y humildad. Debería ser de otra manera, pero si hemos llegado hasta aquí, a pesar de nuestro desorden endémico, quién es el guapo que dice que hasta aquí llegó la riada. A lo peor resulta que necesitamos el caos, acompañado de su inevitable cuadrilla de trileros y vividores. Mira que si nos ponemos a ordenar el asunto y se nos extravían las ideas y las fuerzas; como esos toreros habituados a vérselas con marrajos y toros-toros, que un día se ponen delante de un torete aseadito y pasan una fatiga así de grande.

Había hecho el firme propósito de obviar la situación y dedicarme a hablar de toros, toreros, ferias y rogar, a quien corresponda, precios de entradas menos dolosos y, ya lo ven, me he trasconejado con lo accesorio. Lo importante, se nos escapa como agua entre los dedos. Estar en crisis es consustancial al mundo nuestro, por ello no nos distraigamos más de lo estrictamente necesario.

Y lo nuestro no es, ni más ni menos, que vestirnos para la ocasión, acicalarnos y predisponernos a asistir a alguna de las docenas de funciones programadas este año. Por cierto, mucho menos extraño que el pasado, con lo que, si seguimos con el silogismo, llegaremos a la conclusión de que, en 2022, al modo de Marcel Proust, iremos a recuperar el hermoso tiempo que algunos golfos y maleantes, decidieron sustraernos por la cara.

La tauromaquia, sólo fenecerá, cuando todo haya terminado.

P.D.- También en los toros se conceden demasiados indultos.

*Un artículo de Bienvenido Picazo

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