sonrisa

Conocí a una mujer que nunca perdió su sonrisa. Un día me invitó a comer en su casa, con su familia. Había lentejas para todos, menos para su marido, que era bastante tiquismiquis con la comida, como pude comprobar. A él le sacó un arroz al horno, en su cazuelita de barro, con su morcillita, su tomatito, sus costillitas, sus patatitas. No le faltaba detalle. Tan pronto la dejó sobre la mesa, el hombre la apartó a un lado, sin mirarla apenas y dijo, secamente: ¡No me apetece! Ella la volvió a coger y la llevó de vuelta a la cocina, sin dejar de sonreír.

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Hacerse cargo de las emociones es no permitir que otro te amargue la vida, pudiendo evitarlo. Es aquello de “A mal tiempo, buena cara”, pero no fingiendo sino conservando esa buena cara que sabes que tienes, que todos tenemos, en el fondo. Eso solo se puede lograr dejando de juzgar si es malo o no el tiempo que hace. El tiempo es siempre cambiante y así hay que tomarlo ¡Todo sea por conservar la buena cara!

La mente cree que es imposible lograr algo tan sencillo. No es sorprendente si tenemos en cuenta que, la mente, entre dos posibilidades, siempre elige la que te lleva a poner la cara más seria. -Piensa mal y acertarás- te dice, porque la mente siempre prefiere acertar a ser feliz. La conciencia, en cambio, te dice -Piensa mal y perderás la sonrisa- ¿Recuerdas aquella imagen del angelito y el diablillo susurrándote al oído?

Imaginemos, por un momento, que la vida es como la caja de un rompecabezas. Imaginemos que las piezas son tus años, tus días, tus minutos, tu tiempo. Imaginemos que las piezas blancas son aquellos momentos en los que te sientes contento y las piezas negras, tus enfados. ¿Cuántas piezas quieres que haya de un color y de otro en la caja de tu vida? ¿Cuántas blancas? ¿Cuántas negras?

Hacerse cargo de las emociones implica responder “No quiero negras en mi caja, si puedo evitarlo”. Es entender que, si tu sonrisa depende de lo que haga otro, haces a otro dueño de tu sonrisa. Hacerse cargo de las emociones es recuperar la propiedad de tu sonrisa, lo cual solo puede hacerse guardándose mucho de los consejos de la mente. Porque, si a la mente le preguntas ¿Me la pegará? siempre te responderá ¡Seguro que sí! Y te obligará a poner cara de desconfiado, de atemorizado, de infeliz ¿O alguien es feliz teniendo miedo? Y así conservarás esa mala cara, hasta que te des cuenta, o hasta que te mueras (Lo que tú elijas, que para eso tienes libre albedrío).

La mente que llega a este punto se queda sin argumentos lógicos. Lo único que se le ocurre objetar es que, pensar así nos llevaría a sonreír en un entierro, y eso sería una locura. Tampoco hay que extrañarse, teniendo en cuenta que, entre dos opciones, la mente siempre elige la que te lleva a ponerte más serio. La conciencia diría, en cambio, que la locura es no sonreír cuando se supone que al muerto le espera “una vida mejor” ¿O es que se supone lo contrario?

No guardarse de los consejos de la mente te lleva poner, una vez y otra, mala cara; te lleva a acumular más y más piezas negras en la caja de tu vida, hasta verla como un pozo negro que hay quién llama “depresión”. Hay quienes han visto deprimidos que, al llegar al fondo, echan a reír espontáneamente. Entonces les dan pastillas para que se pongan serios, y con pastillas se hacen dueños de sus emociones, unas personas que nunca se hicieron cargo de las suyas propias.

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2 Comentarios

  1. Excelente artículo!!, ,

    Hay que observar los entresijos de la mente “ordinaria” ,-que suele ser la que normalmente utilizamos- para poder darnos cuenta que tenemos muchas otras posibilidades (y mejores ) de ver la vida desde la “otra” mente: la de la mente consciente.

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