Hace tan solo un año que a todos nos ha cambiado la vida radicalmente. Es cierto que unos viven este cambio con mayor intensidad que otros, pero lo que está claro es que el mundo que conocimos antes del virus parece que se ha ido (o se lo han llevado) para no volver (o no traerlo de vuelta) en una larga temporada. Mucho de lo que nos está tocando vivir es simple consecuencia directa del comportamiento natural del hombre hacia lo desconocido y potencialmente peligroso: el recelo a las relaciones sociales, la limitación de la vida pública, cambios en los hábitos o la sobreprotección de los más débiles (incluso en muchos casos hasta el punto del abandono), son reacciones que cualquiera puede llegar a tener si realmente teme por su vida o por la de sus seres queridos. Sin embargo, hay alteraciones que no son naturales ni tan siquiera racionales.

Estoy hablando por supuesto de los arrestos domiciliarios indiscriminados, la imposición de la mascarilla en cualquier situación, el cierre de negocios perfectamente legales, la relativización de los derechos civiles o el abandono de la rigurosidad científica en pos de la seguridad nacional. Todas estas perturbaciones impostadas de la razón humana y la vida en sociedad son medidas arbitrarias, diseñadas por una caterva de tecnócratas de poca monta y que en muchos casos carecen hasta de una justificación empírica y se contradicen entre sí. Tan arbitrarias e injustificadas son que cuando te las anuncian lo hacen en espacio cerrado, en rueda de prensa y sin mascarilla ni distancia. Pese a esto, el relato suele matar al dato, y como consecuencia tenemos a una sociedad dócil que no es capaz de plantearse un debate de mayor trascendencia que la cuestión bizantina de turno que les presente Vicente Vallés como gran ídolo de la disidencia controlada de las 22h sobre si los franceses se están pasando con nuestra hospitalidad o no.

Para mi el peligro de toda esta situación ha dejado de ser que la gente no comprenda la realidad de a lo que se está enfrentando. Habiendo personas que se tatúan al “doctor” Simón en el brazo o que te explican cuantas horas deberías estar encerrado para llevar a cabo su solución infalible para el virus, sin ser ellos capaces de situar a Taiwan en un mapa, esta claro que es una batalla perdida. Para mi el peligro real es lo que viene ahora: la relativización de los principios. Todo el mundo va de entendido haciendo llamadas de Zoom con una gran estantería de libros de fondo y soltando los mantras culturetas de “la Historia se repite”, “los extremos se tocan” o “no existen soluciones fáciles para problemas difíciles”. Todo el mundo cree que la policía debe actuar con mesura, que los políticos son unos inútiles y mentirosos, que el Estado debe estar al servicio de los ciudadanos y que nadie va a venir a sacarnos las castañas del fuego. Todo el mundo se cree muy coherente e inteligente con ideas muy sólidas. Pero a la hora de la verdad, todo esto es humo. Incluso los liberales que tanto presumen de su tercera posición son incapaces de rechazar medidas propias de un estado de excepción.

Todo el mundo parece haberse vuelto esclavo de una idea: la idea del Estado. Como si de la idea de Dios en la Edad Media se tratase, la gente es incapaz de vivir una vida conforme a sus valores sinceros sin que hayan pasado el filtro de la aprobación del gran hegemón. Por mucho que se presuma de irreverencia, objetividad y convicción, las ideas duran lo que duran las circunstancias que las forjan: “estos son mis principios, y si no le gustan (al Estado), tengo otros”. Parece que han dejado de existir valores universalmente válidos como que la libertad está bien y la coacción está mal, para dejar paso a medias mentiras y parches “por tu bien”. “Tan solo es por unos meses”, “tan solo es una mascarilla”, “tan solo son unos bares”, “tan solo es un toque de queda”, “tan solo es una vacuna”, “tan solo están entrando en una fiesta ilegal”. El Estado es el opio del pueblo. Y esto es solo el comienzo.

 

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1 Comentario

  1. Si todo esto nos suena al ‘soma’,de un mundo feliz de Aldux Haxley.Nos gustan siempre las reflexiones que dais,como es posible que un Señor o Señora Catedráticos,que han leído cientos de libros se crean lo de la falsa pandemia,o se pongan la mascarilla?,parece ser que tantas lecturas les han vuelto un poco estupidos.Por qué la gente común, no tiene el por qué saber tanto,ni tampoco estar expuestos a malos gobernantes,que encima les cierran sus fuentes de ingresos,les perjudican la salud y en el peor de los casos les coartan la libertad,con medidas totalitarias y abusivas.Mientras unos llevan la carga de sus inmensas fortunas que les cierran las puertas del cielo,otros sufren miles de penurias.Ha llegado el tiempo adecuado para la reflexión,el de la Semana Santa,hagamos ayuno y abstinencia en solidaridad con aquellos que no tienen que comer,aprendamos a tolerarnos los unos a los otros,y tengamos paciencia,las cosas solo pueden ir a mejor.

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