demasiado corta

“El amor vence siempre”, gritaba un fervoroso San Juan Pablo II, a quien la edad parecía no hacerle mella; “ama y haz lo que quieras”, sentenciaba un San Agustín que tras haberlo probado todo descubrió el valor del amor verdadero. El amor es un asunto sumamente importante para el ser humano, pues sin él nada podría hacerse, nada podría pensarse, nada podría sentirse. Al fin y al cabo, el amor es lo que mueve el mundo —no el dinero, como muchos piensan—, y sin amor la vida no tendría sentido.

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Dentro del amor existen diferentes “categorías”: está el amor a lo inerte y el amor a lo vivo, y dentro de esta última, el amor personal y el impersonal. Pues bien, cuando se habla de sexo, se está aludiendo al subtipo de amor personal que se circunscribe al ámbito del matrimonio: el amor conyugal. Es este género de amor humano el que hoy voy a analizar en aras de regresar a su cauce algunos conceptos que parecen habérsele descarriado.

Todo lo creado por Dios es bueno; el sexo, como tal, también. Pero todo bien ha de ser ordenado: bien y orden van siempre de la mano. Si una mesa —buena en sí misma— es utilizada como asiento, está siendo mal utilizada, ergo está siendo una mala mesa. El ser humano, en tanto que humano, no puede conferir al sexo —bueno en sí mismo— una razón que se salga del orden, del camino prestablecido por su creador. El sexo es bueno cuando se le da un uso correcto, esto es, cuando se lleva a cabo dentro de los contornos del camino que demarca su naturaleza. Todo ejercimiento del sexo fuera de ese camino es malo; malogra tanto a la persona que lo realiza como al propio sexo.

¿Y cuál es ese orden? ¿Qué se incluye dentro del camino? Para alcanzar una respuesta a esta inquisición no será necesario más que hacer uso de la lógica. Todo bien tiende a un fin que le es propio. El sexo, como bien que es, tiende también al suyo. ¿Y cuál es el suyo? ¿Para qué tendrá el hombre esa inherente tendencia a las relaciones sexuales? ¿Por qué le atraerán tanto las personas del otro sexo? Es evidente que, así como tiende de manera natural a deleitarse con la comida —e incluso a ansiarla de forma exacerbada en ocasiones de mucha hambre—, el sexo suscita en el ser humano un apetito implícito y a veces pujante. Esto lleva a deducir que el sexo es tan necesario para nuestra especie como el comer. De hecho, sin sexo, así como sucede con el alimento, no perduraría nuestro legado. Si los hombres no tuviésemos la misma tácita tendencia sexual hacia las mujeres —y viceversa— que la que tenemos hacia la comida, ya nos habríamos extinguido.

Pues bien, sabiendo que el fin del sexo es la reproducción, se deduce fácilmente que todo lo que lleve a la reproducción es bueno. Hasta aquí la “ronda” biológica, que casi resulta más que suficiente: ella sola basta para desechar los argumentos de quienes buscan mantener relaciones sexuales por puro placer, así como los de aquellos que, aun queriéndose, prefieren evitar la “incomodidad” de tener un hijo, ambos acudiendo a métodos poco ortodoxos (desordenados, malograntes) en el ámbito de la naturaleza humana como el preservativo, la píldora, el anillo, etc. Si el fin del sexo es el que hace que éste sea bueno, todo lo que difiera de ese fin es en consecuencia malo. Y si el fin del sexo es la reproducción, todo lo que se salga del camino reproductivo (véase los métodos anticonceptivos) es malo; no sería más que un grave desorden en la sexualidad; una enajenación momentánea de una de las partes del todo sexual humano para satisfacer egoístamente los apetitos del ego (tanto del hombre como de la mujer; en este caso da igual que ambos se pongan de acuerdo: el mal no cambia, es el mismo. No vale la excusa de “ella también quería”, porque ella también estaría desodenando y malogrando el sexo; sería como si ella también quisiese robar un banco contigo). Por lo tanto, una pareja que mantiene relaciones sexuales y hace uso del preservativo está haciéndolo mal. Aclárese aquí que no estoy hablando ni de religión ni de cultura; no me hace falta: es la propia naturaleza humana la que ha salido a colación en defensa de su propia integridad.

Además, si se tiene en cuenta que el fin del sexo no es solo la reproducción de forma abstracta o concluyente, sino que ésta, una vez se efectúa, requiere de otras actuaciones, también naturales, que la acompañen y prosigan el camino de la perpetuación de la especie, se llega a la conclusión de la también inherente necesidad de la familia. Y si es necesaria la familia, y el matrimonio —la unión de hombre y la mujer, padre y madre, hasta que la muerte los separe— es el pilar sobre el que ésta se sostenta, tampoco tendría sentido —sería desordenado— mantener relaciones sexuales fuera de él. Entonces, ¿para qué va alguien a acotarse con una persona si no va a hacerlo con el fin que es connatural a esa acto y, además, no piensa continuar cuidando el fruto de aquello para lo que el acto es precursor? Sería como plantar un árbol para luego no regarlo.

Pero esto no es todo: si además se tiene en cuenta el factor “amor”, la tonalidad se vuelve exponencialmente distinta. Pues bien, siendo el amor salir de sí para ir hacia el amado; olvidarse del ego, del yo, para ocuparse de los problemas y necesidades del otro, del amado, no tendría sentido mantener relaciones sexuales de forma desordenada, pues haciendo eso sólo se estaría causando un mal al amado (además de a uno mismo, evidentemente). Si una persona, al hacer algo de forma desordenada, esto es, fuera del camino establecido por la naturaleza de aquella acción, se hace daño a sí misma y malogra también la realidad de la propia acción que realiza, ¿por qué iba a permitir que la persona a la que ama se lastimase, se hiciese un mal? Si de verdad la quiere, no querrá que así suceda. De hecho, si de verdad la quiere lo único que deseará es, como decía Platón para definir el amor, “engendrar en la belleza”, hacer que el amor que le profesa sea fecundo, dé fruto; y eso sólo se lograría siguiendo los órdenes naturales establecidos.

Una vez visto esto, será más fácil vislumbrar la crisis afectivo-sexual en la que está sumida la sociedad contemporánea. Desde las letras de las canciones, pasando por las redes sociales todas, la explicitud sexual en los videojuegos y las series, hasta el fácil acceso de cualquier joven —por desgracia, también del adulto— a una amplísima gama de contenido pornográfico gratuito, efectivamente, no es el mejor momento para decidir ser ordenado sexualmente. Pero las personas se forjan en la adversidad, se hacen más fuertes superando problemas y vicisitudes: no se pule un diamante sin darle con el cincel, ni se construye una estatua sin romper a golpes lo que le sobra. Animo, por ello, a todo el que me lea a levantarse en pos de la verdad y a defender el orden y el bien allá donde vaya. La vida es demasiado corta para vivirla en el engaño.

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1 Comentario

  1. Sin inmiscuir religión, qué manera tan clara que exponer el orden natural al que ya estamos obligados a regresar. Debemos desandar lo mal andado

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