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Escuchando a un líder de la radio en su horario matutino, hablaba un médico que razonaba todo aquello que la vulgar conciencia de un neófito en la materia necesita escuchar para permanecer quieto (como la famosa rana mientras se cuece viva en el cazo, sin saltar al estar confortable y calentita), y sus razonamientos eran convincentes además de estar bien estructurados con argumentos sólidos, seguramente resultantes (supongo) de su larguísima trayectoria. Y se expresaba consecuentemente con cifras de contagiados y fallecidos dando plazos (dos años), para que la pandemia estuviera controlada, explicando como el virus muta sin debilitarse (y puso el ejemplo de la viruela) comentando que los virus se adecuan a los cuerpos que los transportan e invaden para sobrevivir, y que la ciencia aporta tratamientos para sobrellevarlos mejor, pero que de momento para el covid, no hay nada a diferencia de por ejemplo con el SIDA.

Reconocía las maravillas del usar la mascarilla al disminuir considerablemente otras enfermedades comunes y lo ventajoso ante las alergias primaverales poniendo como ejemplo China. No como forma de sometimiento a la población imponiendo la prescripción de las mismas, sino por la obligación de usarlas por el bien común, es decir, que la verdadera razón, no es protegerse de la contaminación en algunas ciudades de aquel país, que también, sino la imposición aplicada desde la educación en la idea del respeto al prójimo y del ahorro de costes.

El presentador (“socialdemócrata conservador”) ensimismado lo proponía como ejemplo para sustituir al experto Fernando Simón, por las explicaciones tan profesionales. Y para remate, los tertulianos (dos conservadores y un progresista, tapado habitual en medios conservadores) aplaudían como si no hubiera un mañana. Y terminaba este ilustre doctor afirmando que la mascarilla había llegado para quedarse y nadie cuestionó tal afirmación.

Por lo tanto, para estos intelectuales, la defensa de una medida implantada por un país comunista, experto en desarrollar la ingeniería social más abyecta en su propio país, y gran exportador de la misma y más cosas, les parecía perfecta explicada por el reconocido galeno. Cuando minutos antes todos, criticaban las medidas impulsadas por el Gobierno, responsable de la pésima gestión de la pandemia, y al que denominaban socialcomunista como responsable y acelerador del apocalipsis del país.

Y claro, este humilde “juntaletras” (como me definió hace un par de días un encantador “odiador”), que no aspira a ganarse la vida por lo que escribe semanalmente en varios medios, o por lo que piensa en voz alta en la radio diariamente, se empequeñece al comprobar que me pego contra el muro sin piedad, mientras que otros se enriquecen fingiendo que se empotran en ese mismo muro. Y dan ganas de dejarlo aquí mismo y seguir con otras cuestiones… Sin embargo, al rato retomo los hábitos convencido y espiritualmente recargado, como las baterías de los coches eléctricos, esos que nos meten por los ojos, para que los compremos cuando no hay donde cargar la puta batería.

Y leo a otros ilustres (también que se dan contra el muro) como Pérez Reverte o Juan Manuel de Prada y algunos más, y parafraseando al último, me reafirmo como “antitragacionista” y me resigno a que el futuro sea feo y chusco como pintan, diciendo que ceder será maravilloso y nos proporcionará paz espiritual, porque no tendremos que preocuparnos de nada puesto que unos pocos, pensaran por nosotros, nos gestionaran los bienes, el tiempo libre, la forma de distribuirlo y disfrutarlo en el entorno que nos digan, con el tipo de familia que decidan, hasta la edad que les convenga, comiendo lo que consideren que es lo más sano, comportándonos como debe ser según sus reglas, disfrutando del sexo (o no) como nos ordenen, bajo condiciones inclusivas oportunas y resultantes del mundo diverso, donde el reconocimiento de las minorías, sea obligatorio para financiar a los que juzguen al margen de los jueces y su justicia, los comportamientos desviados de la hoja de ruta autoimpuesta.

Esa elite que a través de los medios de comunicación y las escuelas divulgan esas premisas de comportamiento, adoctrinando a la tierna infancia en las aulas de los colegios, usando a las criaturas como correctores con derecho a denunciar a sus propios progenitores “A” y “B” (viejos e inservibles a los cincuenta años) y a sus abuelos, a los que luego abandonaran en los morideros (como cita De Prada en su artículo “Viejos”) por padecer la tara de la edad, y como según el reconocido escritor dice, se trata a la “chatarra humana” según las ideas aplaudidas recientemente aprobadas en la Ley de Eutanasia. ¡Oh ley regeneradora de la felicidad absoluta!

Miren da igual cuando lean esto y si quieren, repitan conmigo: “CUANDO PUEDA ME VOY A METER UN CHULETON DE AVILA (a la piedra y sin mascarilla, para que me vea el de enfrente), QUE SE LE VAN A SALTAR LAS LAGRIMAS AL DIOS DEL TOFU, Y A LA MADRE QUE MAL PARIO A LOS INVENTORES DE LA CARNE DE MENTIRA, HECHA EN IMPRESORAS 3D”, que además son los culpables de la mayoría de las cosas que pasan (esto también es aplicable a los que prefieran un buen pescado). Y ya se puede comer en la tele algún famosillo las hamburguesas falsas que le dé la gana (por contrato) en horario de máxima audiencia, o ya pueden anunciarlas las televisiones con anuncios a millón de € pagados por las grandes cadenas de distribución; que las proteínas animales, (dicho de toda la vida también por afamados doctores) incluidas en la dieta de forma responsable, además de dar alegría al cuerpo contribuye al sostenimiento del ecosistema, igual que los toros, la caza, la pesca un buen puro o el pertinente “gin tonic” para después de comer con los amigos… Por lo que y ya para terminar, olvídense de eso de “café para todos” y pidan lo que les de la real gana, mientras puedan, y la salud y el bolsillo se lo permita.

Nota: un simple filete o unos huevos fritos con patatas acompañados de unos pimientos fritos, (de esos por los que ahora piden reconocimiento legal) tampoco es baladí…

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