vida
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Hay muchos derechos y tantas más obligaciones en todas las Cartas Magnas de Occidente. Pero, en ocasiones, las naciones que las albergan se olvidan por completo de la pregunta esencial: ¿de dónde vienen esos derechos? Los diputados y ejecutivos de todos los gobiernos están tan obcecados en hacer nuevas leyes y en hacerlas cumplir que se olvidan de la fuente de la que todas ellas emanan. Ahora hay leyes que incluso vigilan a los maltratadores de animales: no se les puede ni tocar, hay que aplicarles toda una serie de vacunas, darles una cantidad holgada de alimento, proporcionarles una estancia adecuada y satisfactoria -que corresponda con su “dignidad”-, etc. La ley llega, inclusive, a las propias casas: ya no se puede educar a los hijos como se vea conveniente -nada menos que como los padres fueron educados por sus propios padres, los abuelos por los suyos, y así sucesivamente-; la palabra de la esposa multiplica a la del marido en credibilidad frente a una demanda; si alguien okupa una casa, la ley se entromete para en lugar de ayudarte a sacar al allanador, defenderlo, etc. Las leyes dilatan de forma paulatina su presencia en las vidas privadas de los ciudadanos mientras la privacidad de éstos mengua de una forma tan vertiginosa y silente que incluso muchos ni siquiera reparan en ello.

Hoy se defiende más el “derecho” de algunas personas a ir casi desnudas por las calles -a pesar de conocer la elevada concurrencia de niños en ellas- o a mostrarse del mismo modo -aún de alguno peor- en internet y las redes sociales en lugar de defender a aquellos que, vulnerables e inocentes, han de transigir y, de un modo u otro, “tragarse” las perjudiciales escenas que esa permisibilidad suscita. Y la ley defiende esto con una vituperación vigorosa, nunca vista en la historia del hombre.

¿Y para qué digo esto? ¿Qué propósito persigo con ello? Espero, con lo acuñado hasta el momento, mostrar a mi lector la tesitura histórica en que se encuentra la humanidad. La ley ha tomado un tamaño tal que se ha olvidado de su razón de ser; ha perdido de vista que ha de ser ella para el hombre, y no al revés. Las leyes asolan las sociedades, las someten a las maquiavélicas pericias de sus gobernantes. El mundo se encuentra hoy sumido ante un positivismo legal [1] que ha penetrado hasta la cocina -nunca mejor dicho- de todos los hogares. Ahora, con cada día que pasa, el ser humano pierde libertad, se ata las manos en pos de la voluntad de dirigentes nacionales y supranacionales. La ley ha de girar en torno a la vida humana, no alrededor de las pretensiones inhumanas de los gobernantes. Por eso, tras haber comprendido esto, procedo ahora a explicar el culmen del colmo: las leyes del aborto y la eutanasia.

La vida es el eje sobre el que la ley y el derecho han girado siempre y han de seguir haciéndolo. Sin este centro gravitatorio, sin esta raíz inalienable e inquebrantable el ser humano se verá abocado a su fin. Y la cima de todas las descabelladas jurisprudencias antes mencionadas -sólo he nombrado la punta del iceberg, pero con eso supongo habrá bastado- es el ataque frontal al eje, al centro gravitatorio, a la raíz de todos los derechos humanos: la vida. El positivismo legal ante el cual nos encontramos ha llegado a un punto tal que incluso ahora mismo hablar del aborto o la eutanasia para criticarlos sería una macabra idea. Pero la enorme preocupación que este problema suscita en mi corazón es suficiente para hacerme dar un paso al frente en defensa del don más importante que tenemos los hombres.

No me extraña que el mundo haya llegado hasta aquí. Ahora sólo toca ceñirse el cinturón y volver sobre nuestros propios pasos, retroceder, pues nos hemos salido de curva y como continuemos caminando caeremos al acantilado de nuestra autodestrucción.

El hombre es para la vida. Sin la vida el hombre no sería. Por ello, habría que preguntarse muy profundamente: ¿si el hombre es para la vida, y sin la vida el hombre no sería, por qué el mismo hombre ataca sin cesar aquello para lo que es? ¿Quién sería tan incauto y pertinaz para clavarse lentamente una daga en su propio corazón? Muy sencillo: aquellos cuyo único fin es acabar con el orden social, destruir a la humanidad para instaurar la tiranía por medio de la revolución y el desorden. Además, también están metidos en este embrollo multitud de personas que buscan manipular a las poblaciones a su antojo, experimentando con ellas y moviendo a los demás como si de simples números se tratase. Y quieren hacer pensar al resto que son ellos quienes tienen la razón.

Estos entes, que yo denomino suprasociales, persiguen con más vehemencia inculcar a las sociedades y las culturas de todo el orbe sus ideas que la propia ejecución de estas. Por desgracia, no son pocos los que, inocentes, caen en sus anzuelos; los que se piensan que lo que han estado viendo en los programas de televisión, en la prensa o en la publicidad es la realidad. Creen, merced a la incesante repetición de su mensaje, que el aborto es un derecho o que la eutanasia consiste en una muerte digna.

Imagínese la siguiente situación: usted tiene un revólver y hay una persona -la que se lo ha dado- que le dice que apunte al centro de una cortina opaca que tiene justo delante de sus narices. Tras esa cortina -le dice la persona que le acompaña- hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que se encuentre otra persona, un ser humano como usted y como yo. Ahora bien, hay otro cincuenta por ciento de posibilidades de que detrás de la cortina no haya nadie. La misma persona le dice que si dispara el revólver un enorme grillete que tiene atado al tobillo y le une forzosamente a una pesa de veinte quilogramos se le soltará, dejándole libre de toda subyugación. Mas si, por el contrario, prefiere no disparar, la cortina se correrá y habrá dos posibilidades de consecuencia: la primera -si resulta que hay una persona detrás de ella- es que la pesa seguirá atada a su tobillo durante diez años más, y luego se soltará. En cambio, si no hay ninguna persona tras la cortina, la pesa dejará su tobillo de inmediato. Como ve, tiene dos opciones: o deja el arma y no dispara, en cuyo caso habría una enorme posibilidad de que la pesa, al haber alguien tras la cortina, continúe aferrada a su tobillo; o bien decide disparar, asumiendo la responsabilidad de asesinar a una persona inocente, pero se asegura de que la pesa deja su pie, y con ella el suplicio que conlleva cargarla. ¿Qué haría usted? Es complicado, ciertamente, pero estoy casi seguro de que lo último que haría cualquiera que se encontrase en esa situación sería apretar el gatillo, pues no saber si hay una persona inocente tras la cortina es una razón más que suficiente para no hacerlo.

Nada más allá de la realidad: esto es lo que se está viviendo hoy con el aborto. La persona tras la cortina es el bebé nonato; la que está al lado de quien dispara, ofreciéndole las posibilidades y convenciendo a la que tiene el arma de que elija disparar para librarse del peso que supone lo que lleva atado al tobillo, el Estado y lo que yo llamo entes suprasociales; la persona que tiene el revólver en la mano es la madre del inocente; la pesa es la carga del parto, sumada a la de manutención, educación y vestimenta. Los porcentajes hacen alusión a la enorme división vigente hoy en torno a la existencia de una vida humana en las entrañas de la embarazada; una división protagonizada por expertos igual de bien preparados, todos ellos provenientes de las mejores universidades de medicina. La cortina es el desconocimiento real tanto de los expertos, que solo pueden intentar adivinar lo que hay detrás de ella -de ahí la división en mitad y mitad de las posibilidades-, así como el del resto de personas que opinan sobre el tema -familia, amigos, conocidos, asesores, maestros-. Así de complicado es todo, pero así de real. Y la última decisión, por desgracia, está en las manos de la madre del nonato. Esta mujer -representada, como digo, por la persona que sostiene el revólver-, en su igual o menor desconocimiento de la verdad, ha de elegir si disparar -es decir, pedir el aborto- o no hacerlo y dejar que el bebé nazca. Es su responsabilidad tomar esa decisión tan grave.

No he necesitado ni siquiera posicionarme al respecto de este tema -el ejemplo es totalmente imparcial y se basa en contemplar la situación desde fuera- para dar a conocer la gravedad de la situación. Es importante saber que esto no es un juego, que la vida de una persona como todos nosotros está de por medio. Y hay un alto porcentaje de posibilidades de que lo que se esté llevando a cabo en un aborto sea el asesinato de una persona que, además de indefensa, es completamente inocente.

Una vez hecha esta pequeña introducción por medio del ejemplo esbozado, voy a dar mi parecer al respecto. Una mujer que, tras haber sido imprudente manteniendo relaciones antes del matrimonio -esto ya está mal en sí, al tratarse de un desorden en el amor humano- se encuentra con que está embarazada y decide interrumpir el embarazo para evitar las cargas que comporta me recuerda a aquel hombre que entró a robar a una casa y el residente le pilló, siendo -lúcido de él- su respuesta asesinar al dueño de la casa. Se pensaría el ingenuo ladrón que por matar al dueño de la casa en la que había entrado a robar tendría menos posibilidades de acabar en prisión, cuando provocaría lo contrario: terminaría multiplicando su condena.

Algo muy similar ocurre con el aborto: la mujer, pensando que, tras haber cometido el grave error de tener relaciones antes del matrimonio, la solución está en asesinar a su propio hijo, lo único que consigue es empeorar las cosas. Pues el niño morirá, sí. Pero el problema se verá dilatado exponencialmente, ya que el hecho de asesinar a tu propio hijo es un acto que la conciencia no perdonará jamás y que, por lo tanto, te perseguirá durante el resto de tus días. Pan para hoy, hambre para mañana; vender la herencia por un plato de lentejas: eso es el aborto.

Y la eutanasia, por otra parte, es algo que tiene un carácter -si cabe- aún más serio. ¿Quién si, paseando por la calle, ve a una persona dispuesta a tirarse desde un puente no va corriendo a detenerla? ¿Quién, a pesar de las insistencias del suicida en terminar con la faena y quitarse de una vez la vida, no perseveraría con audacia hasta el punto mismo de, si fuese necesario, lanzarse sobre él para detenerlo? Pues bien, si la inmensa mayoría de la población mundial, dada nuestra ley moral natural, actuaría así, ¿cómo es posible que hoy la eutanasia, que es exactamente lo mismo, esté vigente en multitud de países y en proceso de legislación en el resto? Muy simple: igual que ocurre con la idea de que el aborto es un derecho, las sociedades están sumidas en el engaño de que la eutanasia es una muerte digna. Y esto no es así: lo que digan los ya mencionados entes suprasociales no tiene por qué ser la verdad. De hecho, hay grandes probabilidades de que no lo sea, teniendo en cuenta que los planes de estas entidades son perjudiciales para la raza humana.

La vida es lo más valioso que tiene el ser humano. Es su esencia y el pilar sobre el que se sostiene, aquello que le permite ser en este mundo. En consecuencia, toda ley que vaya en su contra es deplorable, malévola y perjudicial.

*Un artículo de opinión de Enrique López Fernández

[1] Concibo por positivismo legal a la superposición de la ley para con la Verdad y la Naturaleza, esto es, una hipervaloración legal que degenera en la denigración de la humanidad.

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