progreso

El hombre está hoy tan preocupado por dominar el mundo que se olvida de dominarse a sí mismo. Piensa tanto en cómo hacerse con las cosas, en cómo lograr que todo salga según su conveniencia, que se olvida de sus limitaciones y del primordial requisito de conocerse y controlar sus apetitos. Sin esto último, nada puede ni podrá llevar a cabo, pues cuando quiera dominar el mundo sin haberse dominado antes, se verá abocado al desastre de no saber cómo controlar su parte más animal, que le cegará y envilecerá; y cuando quiera dominarse -cuando, de hecho, lo consiga-, dejará de ansiarlo todo, pues se habrá dado cuenta de que esas ansias de poder sólo eran deseos de su parte menos racional.

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Son muchos los que, ingenuos, piensan que el progreso quiere decir desarrollo, creación, descubrimiento. ¡Cuán equivocados están! Ya el mero hecho de que sean tantos los que razonan de esa forma debería hacer dudar a cualquiera que se considere algo inteligente de su veracidad. Porque la verdad difícilmente es aceptada por el inculto; y en términos estadísticos, la mayoría de la población mundial es inculta, ergo lo que la mayoría de la población mundial asevere con convicción ha de ser mirado siempre con reticencia por los sabios, escasos por antonomasia y siempre ávidos a las afirmaciones no coaguladas. El progreso es a desarrollo lo que el cine es al cinismo; y en este breve ensayo me dispongo a explicarlo de tal forma que hasta el progresista con más títulos honoris causa lo entienda y logre escapar de la necedad en la que está sumido.

La etimología de la palabra progreso, progressus en latín, expresa la acción de ir hacia adelante, avanzar. La pregunta es: ¿avanzar adónde? Porque se puede avanzar hacia un precipicio, una catarata o una zona peligrosa u hostil. Progresar, en sí, conlleva meramente dar pasos hacia el futuro, pero un futuro que no tiene por qué ser el óptimo; ni siquiera tiene por qué ser bueno. Avanzar, por ende, no es un valor seguro de mejora. Porque una cosa muy diferente es, por ejemplo, el uso de la palabra prosperar. Ésta, viniendo también del latín, toma su etimología de la palabra sperare, que significa esperanza, y está precedida del prefijo pro, que viene a indicar el hacia adelante que tan huérfano determina a la palabra progreso. La esperanza, spes en latín, es la confianza que tiene alguien en que se realice algo que desea. Para progresar hacia lo deseado, antes es menester prosperar. Por ende, la palabra progreso en sí es errónea. Y como tal se utiliza hoy por todos aquellos que basan sus designios en falacias y quimeras en su torno.

El progreso -repito: andar hacia adelante, avanzar– al que está avocada la sociedad en la actualidad es sobremanera infausto. La sociedad camina, sí; pero lo hace hacia un acantilado cuyo ardid embelesa a quienes se aproximan a él. Que estamos progresando es un hecho, pues es imposible evitar el movimiento; que lo hacemos hacia nuestro propia devastación, también lo es. Por esta razón es hoy muy necesario pararse a pensar en el quo vadis que con tanta vehemencia considero en el capítulo introductorio.

El mundo se dirige hacia su propia destrucción: el hombre empieza a creerse Dios y a pensarse capaz de cualquier cosa que se proponga. Y esto no es así. De hecho, esto sólo refleja que el hombre -y únicamente él- es capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Ya Adán y Eva cometieron el mismo error que hoy se está consumando paulatinamente, a fuego lento, y a ellos les siguieron muchos más a lo largo de la historia -el caso de la famosa Torre de Babel, por poner otro ejemplo-. Cuando el ser humano se autodiviniza, pierde toda su condición divina, ya inherente, para entregarse a sus propios límites de criatura. El alma humana es infinita -y por eso sirve de vínculo con Dios-, pero cuando se ansía el poder por el poder, cuando las maquiavélicas pericias obnubilan a la razón, se ve menoscabada y arrastra al ser humano hacia una hominización que lo reduce a la altura del resto de animales finitos. En ese preciso momento, el hombre no es más que hombre: deja de ser humano y, por ende, se hace uno con el reino animal.

El progreso de hoy contempla los métodos más avanzados en anticonceptivos, la eutanasia, el aborto, el control vía microchips internos, hipererotización, mecanización perfeccionadora de nacimientos, fecundación artificial, búsqueda del superhombre, deseo de inmortalidad, volición dominadora, tecnologización de su especie y un etcétera tan extenso que harían falta varias páginas para recogerlo. ¿Es esto un progreso -un andar- hacia un acantilado o hacia un verde valle lleno de frutos silvestres? Supongo que está más que claro: el progreso, hoy por hoy, implica un sentido peyorativo. En cambio, cuando se habla de progresar en la prensa o en los distintos medios, el referimiento a los ejemplos mencionados está implícito en el discurso e incluso en el propio significado -falaz, cuanto menos- que éstos le dan a esa palabra tan tergiversada.

Sólo hay una manera de referirse hoy al progreso, y es contando con los aspectos, tan tácitos como perjudiciales, ya mencionados. Y todo aquel que se salga de esa línea es excluido del título de progresista. Es decir, una persona que busque progresar hacia el verde prado en lugar de hacia el acantilado porque es conocedor del desastre que éste lleva consigo, será tachada de antiprogresista -siendo generosos y no recogiendo aquí los innumerables insultos que suelen aplicarse a estos individuos “rebeldes”- a pesar de estar, con ellos, progresando, sólo que animando a hacerlo en un sentido distinto.

El progresismo de hoy, con todas sus consustanciales premisas, es a progreso lo que la prosperidad es para aquellos que van en contra de lo que éstos defienden. El mundo está lleno de progresistas de verdad que, por el simple hecho de haberse apropiado de la palabra que expresa andar hacia adelante un grupo ideológico cerrado y excluyente, no pueden ya considerarse como tales; de hecho, han de saberse detractores.

¡Cuán importantes resultan las ideas! ¡Cuán importante el lenguaje! Una cultura sin lenguaje y sin ideas no sería cultura, sino mera comunidad. La cultura es el arma más valiosa en términos ideológicos; y los progresistas, conocedores de todo esto, se han apropiado de la palabra progreso. También de muchas otras, pero no concierne recogerlas aquí.

El hombre, cuando nace, parte de cero, sale de sí, conoce, nombra y asume lo conocido, apropiándose de ello por medio del lenguaje. El lenguaje precede al conocimiento. De hecho, pensamos a través de las palabras, normalmente en nuestra lengua materna. De ahí que se haya popularizado la comprobación de que has aprendido con éxito un idioma nuevo si te das cuenta de que tus sueños empiezan a embelesarte con el uso de aquella lengua. El lenguaje determina aquello que antes desconocíamos para poseerlo y, desde ese momento, aprehenderlo. De ahí que la batalla de la lengua sea tan relevante en lo concerniente a la implantación ideológica y de las ideas. Con esto se entenderá -al menos eso espero- que el significado de progreso haya sido tan tergiversado que hoy no se pueda utilizar sin expresar de forma implícita todas las sandeces que le han inyectado; se entenderá que es menester dar un paso adelante y recuperar la lengua que nos pertenece, haciendo un buen uso de ella y acuñando a las palabras el verdadero significado que albergan. De nosotros depende la supervivencia de nuestra lengua; de nosotros depende la supervivencia de nuestra cultura.

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2 Comentarios

  1. El progreso se refiere a la esclavitud y al sometimiento, yo me imaginaba que era otra cosa, algo bueno, pero me he dado cuenta que es todo lo contrario, el progreso es una dictadura camuflada y han puesto en los países los mejores expertos para llevar a cabo esta dictadura totalitaria, mientras la gente está aletargada nos llevan directos a la esclavitud y a la muerte.

  2. El hombre cuando nace parte de cero y puede que de menos que cero, pues viene cargado con todo lo bueno y con todo lo malo que cabe en su alma… Trae, de no se sabe donde, alguna virtud, además de todos los defectos de este mundo, pues cuando nace, por instinto o no se sabe por qué, cree que está aquí por una razón muy especial, que se lo merece todo y que es el eje del universo… Trae todo el egoísmo, toda la arrogancia y todas las ganas de ser mejor que nadie, pues no entiende que esto pueda ser de otra manera…
    Con el tiempo, con el rodar de la vida, algunos se pulen a sí mismos, se perfeccionan, pues comprenden que sus creencias iniciales eran instintivas, un principio que debe corregir…
    Este poder de corregirse a sí mismo, no está generalizado, ni ocurre siempre, y hay quien consume toda su vida sin corregir nada, sin comprender que es parte de un todo que desconoce, que no tiene por qué ser mejor que nadie, y que no hay ninguna razón para creerse el eje de ningún universo…
    Quizá el verdadero significado de la palabra progreso, el más profundo, sea precisamente el de perfeccionarse a sí mismo, el de corregirse día a día, el de comprender la insignificancia de nuestra propia existencia…

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